Brasil: la democracia en el cordel

Bolsonaro en la cuerda floja por las 12 mil muertes por coronavirus, las renuncias en Salud y la crisis que detona en el pueblo. 

17 de mayo, 2020 | 00.05

Un presidente investigado. Celebraciones que exaltan la suspensión del Congreso. Un Ministro de Salud que pide la renuncia y abandona sus funciones en plena crisis sanitaria. Militares que cobran de manera extra-oficial 600 reales de incentivo salarial, mientras millones que deberían cobrarlo como parte del plan social de emergencia, no lo logran. Denuncias de impeachment que no prosperan. Más de 13 mil muertos y muertas por COVID-19 y cerca de 800 más en las próximas 24 horas. El ciclo de crisis no se detiene. La oposición, se muestra sin propuestas claras y teje alianzas con otrora adversarios férreos. ¿Qué se puede esperar de un Brasil a punto de estallar? ¿Qué explica la profundidad de la quietud social?

EL APRIETE DE LOS ANTICUARENTENA

 

A menos de un mes de haber asumido, el médico y empresario Nelson Teich, renunció al cargo de Ministro de Salud en Brasil. La renuncia se da en un contexto de presión del Presidente por administrar de manera extendida cloroquina, sin considerar las resalvas científicas que ponen en duda la efectividad de la droga para tratar el nuevo coronavirus. La vacancia del Ministerio se da en el marco del recrudecimiento de los efectos de la pandemia con 800 fallecimientos cada 24 horas y más de 13000 óbitos desde que comenzaron a contabilizarse los casos. El nombre Eduardo Pazuello es el que suena en los corredores para reemplazar a Teich, se trata de un militar de carrera que actuaría en sincronía con el Presidente.

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La falta de una política a nivel nacional y el boicot a las políticas procuarentena implementadas por los gobernadores han sido la tónica de las acciones del Ejecutivo desde marzo de este año. Bolsonaro protagonizó episodios fuertemente cuestionados por la opinión pública, desde la reivindicación de la dictadura militar y un simbólico apoyo a una intervención del Congreso, hasta la reciente celebración en el Palacio de Planalto donde se sacó fotos con niños y niñas en un claro acto de quiebre de la cuarentena.

 

Lo cierto es que los actos públicos en Brasilia cada fin de semana se han constituído en el principal apoyo al Presidente, se trata de una base social que necesita ser visibilizada en tiempos de confinamiento y crisis de liderazgo. Entretanto, el cordel se tensa, el presidente se encuentra envuelto en intensas polémicas mediáticas que recorren los noticieros día a día. El hecho inicial fue la destitución del Jefe de la Policía, Maurício Valeixo, quien investigaba negocios de su familia y una serie de denuncias entre las que se encuentran los nexos que llevaron al asesinato de la “vereadora” o concejala de Rio de Janeiro, Marielle Franco. La decisión de intervenir la Policía Federal no sólo le costó la renuncia de su Ministro estrella, Sérgio Moro, el juez de Curitiba involucrado directamente en la prisión de Lula, responsable de la cartera de Justicia desde el año pasado, sino además, un escándalo mediático que culminó con la publicación de videos en que el Presidente se autoincrimina afirmando que no permitirá que se metan con su familia.

 

¿Qué consecuencias tuvo la salida de Moro? ¿Cayó la imagen positiva del gobierno? ¿Se abren las chances de juicio político? Las condiciones realmente existentes para la efectivación de un juicio político hoy en Brasil, son remotas. Para que uno de los treinta pedidos de juicio político progrese y sea llevado a votación en las Cámaras se necesita de al menos 372 votos afirmativos de un total de 513. Y claramente, el Presidente no cuenta con ese nivel de oposición dentro del recinto. A su vez, el juicio depende de la anuencia del Presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, quien mantiene una relación tensa pero por lo pronto inquebranable de alianza con el Presidente. “Las chances de un impeachment hoy son igual a cero”, habría afirmado Maia.

 

En tiempos de crisis, buscando prevenir posibles futuras acusaciones, Bolsonaro acaba de decretar una auto-amnistía que exime de responsabilidades a su Gabinete y funcionarios públicos de alto rango, de las consecuencias derivadas de las políticas promovidas en tiempos de pandemia. A sabiendas de una mayoría frágil en el Congreso, este decreto le permitiría salir airoso de la crisis desatada por el Covid19.

 

Aunque el hasta ahora apoyo incondicional de sus seguidores parece estar perdiendo fuerza, esta sería una tendencia leve. De un apoyo a la figura del presidente del 47,8% en enero, se alcanzó un 39,2% en la primera semana de mayo, según datos de la Encuesta MDA de la Confederación Nacional del Transporte. Los resultados también muestran que la salida de Moro tuvo un bajo impacto en la imagen del gobierno, 51% de los dos mil encuestados considera que la lucha contra la corrupción continuará siendo prioridad del gobierno. Lo relevante es que continúa siendo un núcleo duro de un tercio de la población quien acompaña la política oficialista.

 

Aún así, no deja de sorprender el impacto en la opinión pública internacional de las acciones del Presidente. Bolsonaro es tema diariamente destacado por los principales medios de países del mundo entero en virtud de sus afirmaciones públicas desopilantes, acciones y omisiones. Lo no dicho es la pregunta sobre cómo un presidente megalómano, evangélico dogmático, homofóbico y de escaso conocimiento de la diversidad social que habita su país logra mantenerse con relativa estabilidad en el cargo en tiempos de crisis. ¿Es efectivamente él quien gobierna?

 

Los militares son la pieza clave que permite entender el entramado que sostiene al gobierno. Además de apoyarse recientemente en los partidos “del centro” cambiando votos por cargos, los militares son quienes otorgan de amortiguación a las decisiones abruptas y dichos desmedidos del primer mandatario. Augusto Heleno, quien preside el Gabinete de Seguridad Institucional y Luiz Eduardo Ramos, desde la Secretaría de Gobierno, aprovechan los ataques del Presidente a la Justicia para deslegitimar a la Corte Suprema y presionar en favor de los intereses de la corporación castrense que giran en torno a mantener altos ingresos y jubilaciones de privilegio entre otras garantías preferenciales. Como afirmó José Dirceu, ex Ministro del gobierno de Lula, ya no es posible hablar de núcleos o alas militares en el gobierno. Con ocho ministerios y una inifinidad de cargos, los militares son el gobierno y no hay dudas de que apoyarían un auto-golpe del Presidente.

 

En esa tónica también puede leerse el manifiesto publicado por el actual Vice Presidente Antonio Hamilton Mourao el día de ayer. Mourao disertó en su columna del periódico Estado de Sao Paulo, sobre las ventajas del federalismo y los riesgos de la interferencia de unos poderes del Estado sobre otros. El general no hacía más que referencia a la necesidad de otorgarle mayor poder al Ejecutivo en desmedro de un Poder Judicial y de los poderes estaduales hoy ejecutivos en las políticas de salud. A su vez, en el texto hace alarde del “daño que Brasil está haciéndose a sí mismo”, sólo que, no habilita crítica alguna a la figura y peso de ese daño vinculado al primer mandatario. A todas luces, Mourao se presenta como actor que apoya al Presidente pero que, en caso de contingencia y posible asunción, fortalecería el poder presidencial y la administración centralizada. Recordemos que se trata de un general que cada año celebra y elogia la dictadura militar.

 

Entretanto, se esperan declaraciones de una oposición que no logra unidad. Lula se vuelve más y más un símbolo pero que aún no articula las demandas de una sociedad precarizada sin mayor orientación. El gobierno está en pleno despliegue, aún restan varias polémicas que seguramente y por razones del todo incomprensibles, sorprenderán más a la prensa internacional que a la propia opinión pública brasilera.

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