Murió Diego Maradona: se fue el hombre, el mito existirá por siempre

26 de noviembre, 2020 | 21.38

El paso a la inmortalidad de Diego Armando Maradona tuvo lo que Diego generó. Amor, abrazos, caos, descontrol y una energía desbordante. Aun para los que mejores intenciones tenían. Desde el momento en que se supo que el mejor jugador de la historia del fútbol mundial encontró su lugar en el olimpo, todo se quedó en silencio. Por lo menos un instante. La adoración llevó a que un mundo de personas pasen en vela en una vigilia para decirle algo parecido a un adiós. Hoy fue ese día que todo el mundo pensó alguna vez, pero jamás se preparó para eso. “¿Te imaginás cómo será el día que se muera Maradona?” Y el día llegó. No estábamos preparados.

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Una noche entera, con sueño en la vigilia de madrugada, en medio de una pandemia, filas largas para los que llegaron más tarde, interminables, bajo el sol, con poca distancia, con calor y con el pleno conocimiento de que Diego Maradona, en su combo descomunal, también traía caos. El amor de un pueblo hacia su símbolo es difícil de explicar. Las acciones de un pueblo no tienen que ver con los buenos modales, las buenas formas. El desparpajo, la lucha contra el poder y el orden se vio a lo largo de todo el día.  Hombres, mujeres. Chicos, chicas. De 70, 60, 40 o menos de 35 años. Ese es el número mágico. En los menores de 35 no existen los vivos recuerdos del momento exacto en el que Diego Maradona se convirtió en leyenda por dejar en el camino tanto inglés para que el país sea un puño apretado. Pero ahí estaban. Una fila. Larga, molesta, pesada, con calor y con barbijos. 

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Todo pasó como alguna vez creímos que sería, pero una cosa es inventarlo en nuestras mentes y otra muy distinta es ponerle el cuerpo y la voz a la Historia. No faltó un solo símbolo de la liturgia maradoniana, esa religión plebeya: el recuerdo a su origen humilde (La Poderosa le dedicó varios pasacalles), como el de mucha gente que fue a despedirlo, el hombre convertido en símbolo de la argentinidad y a la vez orgullo mundial (no faltaron banderas de Perú, Colombia y Venezuela, por ejemplo). 

Era (perdón...es) un símbolo trasgeneracional. Muchos padres llevaron a sus hijos, hermanas, hijas, nietos y nietas: toda la familia intentó llegar a saludar al Pelusa como se habrá juntado a ver las hazañas de México o el Nápoli. Pero a no confundirse, la foto del amor a Maradona es en HD, no en blanco y negro: la mayoría de quienes esperaron bajo el sol y se bancaron los palazos de la Policía y la desorganización no gritaron en vivo el Gol del Siglo. Son los herederos del legado, más que los testigos contemporáneos. 

Para cada uno de ellos hay un Diego. En palabras de Cherquis Bialo, "existen mil Maradonas. El barro de Fiorito y el siete estrellas de Dubái. El hermano de sus hermanos, el padre de sus hijas y el padre de sus padres. El extraordinario jugador de fútbol". Cada uno de los que estaban en las filas era una interpelación distinta. Camisetas de Boca, de River, de Arsenal, de Colón, de Arsenal. Argentinos, peruanos, italianos, napolitanos hablando por teléfono con sus familiares argentinos para estar cerca del velorio de su ídolo. Aquel ídolo -y en esto primerearon a Argentina- que pusieron a la altura de San Gennaro, el protector de la ciudad. 

¿Qué pandemia? Se habrá preguntado más de uno. No era un evento de DISPO: el funeral de Diego Maradona (cuánto cuesta decirlo entero y no releerlo para creerlo) fue una final de Copa Libertadores. Se alentó a Maradona, se cantó por Maradona, se gritaron por enésima vez sus goles que se veían en una pantalla colocada a la entrada de Plaza, sobre Avenida de Mayo. En el medio, spots del gobierno que pedían mantener distancia y ponerse alcohol en gel. Parecía un chiste, pero no lo era. 

El aguante para Diego también se convirtió en el aguante de los palazos de la Policía de la Ciudad. Ocurrió lo que muchos temían y aun así pasó: el tsunami humano que quería despedir a Maradona no iba a entender de jornadas reducidas y horarios puntuales, que se anunciaron a la medianoche anterior del, quizás, evento masivo más importante de la década y uno de los más grandes en la historia popular argentina. 

Fue tan popular que rompió enemistades históricas. Como hace tanto no ocurre en el país, convivieron camisetas de todos los clubes: de Boca a River, de Independiente a Racing, Ferro, Estudiantes, Gimnasia, hasta Napoli y Junior de Barranquilla. “Hoy no hay camisetas”, le decía un hombre del Rojo mientras abrazaba a un desconocido frente a la Casa Rosada. 

Durante todo el día, el dolor interpeló. A las filas largas, tediosas, molestas y calurosas bajo el sol se le ganó con amor. El amor de los que llegaron últimos y que, sabiendo que no llegaban a entrar a la Casa Rosada, se quedaron igual en los costados de la 9 de Julio. Sentados esperando que pase en un auto gris para decirle adiós. Para mostrarles su cariño. Maradona fue un hombre que convivió con su propio mito. Diego, Pelusa de Fiorito, se vio cara a cara con su legado para la posteridad. Su cuerpo descansa en Bella Vista, pero el símbolo Maradona queda en cada uno. Y por eso duele tanto su pérdida. 

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Mariano Parada Lopez

Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA), Posgrado en Periodismo Digital (UPF). Editor de El Destape. Trabajé en la corresponsalía de Radio Colonia, Minuto Uno y colaboré con Buenos Aires Herald, Ámbito Financiero, The Guardian (Inglaterra) y The Globe and Mail (Canadá). 

Interesado en la política. Oriundo de Villa Luzuriaga, partido de La Matanza.  

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