¿Te dan ganas de algo dulce pero la pachorra ataca? ¿Tenés visita inesperada y necesitás un postre ya? Esta receta es para vos: el postre más fácil de todos, un clásico infalible que hasta el más vago en la cocina puede hacer sin dramas. No requiere horno, ni batidora, ni habilidades culinarias especiales. Solo necesitás tres ingredientes básicos que probablemente ya tengas en tu casa y cinco minutos de tu tiempo.
Este postre es una versión argentina y minimalista de un clásico que pasa de generación en generación: una especie de crema dulce instantánea que parece magia. Su gracia está en su textura suave y su sabor a vainilla, que sirve como base perfecta para comerlo solo o para darle tu toque personal. ¿Lo mejor? No tenés que esperar a que se enfríe o a que tome consistencia.
Los 3 ingredientes mágicos
Para esta hazaña culinaria, solo vas a necesitar:
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Una lata de leche condensada. Este es el alma del postre, el ingrediente que le da el cuerpo y la dulzura. Acá no hay margen de error: usá la marca que más te guste, pero que sea leche condensada común, no la light o versiones especiales que podrían alterar el resultado.
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Crema de leche. Acá está el secreto crucial. Tenés que usar crema de leche para batir (la que suele venir en un tetrabrik chico). No sirve la crema de leche líquida común que usás para el café, ni la light. Tiene que tener un buen porcentaje de grasa para que, al batirla, tome la consistencia necesaria. Si no, el postre no cuaja. Fijate bien en la etiqueta.
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Esencia de vainilla. Un chorrito, unos mililitros nada más. Le da ese aroma a postre casero que hace la diferencia. Si no tenés, podés reemplazarla por ralladura de limón, un chorrito de licor o simplemente omitirla, pero la vainilla es lo más clásico.
MÁS INFO
Paso a paso: la hazaña de 5 minutos
El proceso es así de rápido:
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Enfriá todo: este es el tip de oro que asegura el éxito. Meté la lata de leche condensada y el envase de crema de leche en la heladera unas horas antes, o idealmente, tenelas siempre ahí. Que estén bien fríos es fundamental para que la crema bata bien y el postre quede firme.
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Batí la crema: volcá la crema de leche bien fría en un bol amplio. Con un batidor de globo (o incluso unas simples varillas manuales, no hace falta eléctrico), batila hasta que forme picos. Es decir, hasta que al levantar el batidor, la crema se mantenga firme y no se caiga. No la pases de punto, con que esté consistente está perfecto.
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Integrá en un dos por tres: sin dejar de batir (pero ahora con movimientos más suaves), agregá de a poco toda la leche condensada fría. Después, agregá el chorrito de esencia de vainilla. Seguí mezclando con movimientos envolventes hasta que todo esté homogéneo. Ya tenés la base de tu postre.
Cómo servirlo y personalizarlo
Podés simplemente servir esta crema en copas o bowls y comerla así nomás. Pero si tenés un destello de energía, podés potenciarlo:
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La clásica: armá capas en un vaso con galletitas de vainilla humedecidas en café o leche. Es un pseudo-tiramisú exprés.
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Con fruta: servila con frutillas, duraznos en lata o banana picada por arriba. Un chorrito de dulce de leche también es un golazo.
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Al freezer: metelo en un recipiente y llevalo al freezer por 3-4 horas. Te queda una especie de helado cremoso increíble.
