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De un taller abandonado a correr en Brasil: el auto creado por estudiantes de la UBA que se destacó en un certamen internacional

Un grupo de estudiantes de la UBA diseñó y construyó un auto de carreras para competir en la Fórmula SAE internacional. La historia de "Suipacha 901", que nació entre cursadas y finales. 

07 de octubre, 2026 | 06.00

Se cumple el horario, el profesor se despide de la clase y, para ellos, el día recién comenzaba. Entre cursadas, parciales y finales, un grupo de estudiantes de la UBA se unió por un sueño: construir un auto con sus propias manos. Guido Paganini, estudiante en la Facultad de Ingeniería, convocó a varios compañeros y juntos empezaron el camino que los llevó a participar de la Fórmula SAE, una competencia internacional donde equipos universitarios diseñan, construyen y ponen a prueba en pista sus propios prototipos de autos de carrera. 

Al principio, “cada uno hacía el desarrollo por su parte y nos juntamos a veces en un aula a poner cosas en común”, contó Pedro Pérez, estudiante de Ingeniería Electrónica. Ya en 2024 la universidad les brindó un taller abandonado para que pudieran trabajar el proyecto de FIUBA Racing y construir el auto. Quitaron maquinaria, tornos y todo lo que no funcionaba, pintaron, arreglaron paredes e hicieron toda una instalación eléctrica para acondicionar el lugar donde harían historia. “Esa fue la primera tarea del equipo”, rio Juan Pablo Gabrielli, estudiante de Ingeniería Mecánica. Un cartel viejo, que encontraron en medio de la limpieza, les dio el nombre que buscaban: bautizaron “Suipacha 901” al auto que aún solo existía en los planos.

Pero esto era solo el comienzo de su historia. Se pasaron cuatrimestres enteros diseñando y reajustando el monoplaza, incluso fueron a trabajar en el agobiante calor de enero a la facultad para llegar a la competencia. Ese verano marcó un fuerte recuerdo en Victoria Bianchi, estudiante de Ingeniería Mecánica: “Hubo una semana que todos los días se rompía algo. Era muy frustrante porque nada salía bien, agarrabas algo y se rompía”. “Hoy nos reímos, pero ahora veo lo que hicimos con lo que teníamos y es increíble, es verdad que lo que hicimos fue una locura”, aseguró.

Lo humano como motor

El “Suipacha 901” comenzó con el esfuerzo de cada uno de esos estudiantes dedicados a la escudería: “al principio vendíamos rifas a amigos y familiares, comprábamos un premio entre todos y con la plata que conseguimos compramos el motor del auto. Esa pieza hacía que el proyecto fuera más sólido”, recordó Pedro Pérez. Con esos primeros pasos ya dados, los sponsors empezaron a llegar y a confiar aportando capital e insumos.

Pero otra pieza fundamental de FIUBA Racing es el compañerismo. Juan Pablo Gabrielli explicó que el objetivo es que todos los que participan sigan estudiando: “Si vemos que alguien está un poco más atrasado o le está dedicando demasiadas horas al trabajo, le decimos y le pedimos que se concentre en los estudios. Porque no queremos que sea una distracción de la cursada, sino un complemento”. Sin embargo, él mismo comentó que no es una tarea fácil, pero que uno aprende a lo largo de los meses y complementa lo que ve en el aula con este desafío.

Hoy, al grupo de Mecánica inicial se sumaron compañeros de Electrónica, Informática e Industrial, así como alumnos de Diseño de Imagen y Sonido y colaboradores en Marketing y Comunicación. Esta diversidad de miradas fue clave para que cada sector aportara su parte en el ensamblado del vehículo.

Para ellos, ir al taller horas enteras fuera de la cursada no se vivió como una carga, sino como un espacio de encuentro. “Más allá de todo el conocimiento, para mí lo mejor de todo son las amistades que yo me llevo de acá. Aparte de ser una escudería de la UBA, también se hizo un grupo de amigos y eso vale muchísimo”, resaltó Victoria Bianchi.

“Suipacha 901” en su primera competición internacional

“En el momento no caímos en lo que estábamos haciendo y en lo lejos que habíamos llegado. Fuimos a Brasil con mucha ilusión. En ningún momento tuvimos miedo, porque teníamos muy claros los objetivos que nos habíamos propuesto”, contó Juan Pablo Gabrielli. El equipo de FIUBA Racing se convirtió así en la primera universidad pública argentina en participar del certamen.

Al llegar a la pista, el choque de realidades fue evidente. Mientras las universidades brasileñas contaban con camiones, micros propios provistos por sus facultades y boxes completamente equipados, el equipo de la UBA competía con herramientas mínimas y sin presupuesto oficial para el vehículo. “La realidad es que nosotros teníamos muy pocas herramientas, pero es lo que tenemos acá en el taller nuestro en la facultad. No tenemos ninguna locura, es todo muy básico y que hayamos logrado construir un auto con lo que tenemos y en nuestro espacio, la verdad es increíble”, remarcó Victoria Bianchi.

A pesar de la disparidad de recursos y de la falta de experiencia previa, el equipo no se achicó: superó las exigentes inspecciones técnicas de seguridad. “Todo el jurado nos dijo que no solo estaba bien construido, sino que el desarrollo que tenía era muy importante para ser el primer auto. Nunca vieron algo así de un equipo que fue a competir por primera vez”, señaló Juan Pablo Gabrielli.

“Logramos pasar la inspección técnica. Es destacable ya que muchos equipos necesitan varias ediciones para alcanzar la aprobación completa de su vehículo”, publicaron en su cuenta de Instagram al anunciar que acabaron en el puesto 25 de 42. Victoria Bianchi recordó aquel domingo y relató que los jurados les dijeron: “Chicos, ustedes para el primer año están increíbles, están más que perfectos, tienen que estar saltando en una pata”.

“Es muy reconfortante ver cómo sirven todas las horas de estudio, cómo dan frutos y no solo para aprobar una materia, sino también para el futuro laboral”, destacó Victoria Bianchi, estudiante de Ingeniería Mecánica. Contentos de haber logrado su meta en tiempo récord, ya tienen la mirada puesta en el futuro, con planes de construir nuevos autos y hacer crecer la iniciativa para que cada vez más estudiantes puedan ser parte.

El orgullo de ser los primeros en representar a la universidad pública argentina a nivel internacional en este tipo de competencia atravesó a cada uno de los estudiantes. Pedro Pérez, estudiante de Ingeniería Electrónica, sostuvo: “La facultad no solo te da el conocimiento teórico en las materias, sino que también tenés estas oportunidades que te permiten aplicar todo ese conocimiento en un caso real”.

Juan Pablo Gabrielli conectó ese mismo orgullo con el lugar donde arrancó todo: “Hay muchas aulas y espacios en desuso por falta de alumnos y también por falta de financiamiento. Está bueno que existan estos proyectos y que funcionen como una razón para ponerlos a punto y acondicionarlos para que se desarrollen actividades dentro”.

“El ser estudiante de la universidad pública es algo que a mí me encanta. Haber representado a la universidad y al país es algo a lo que voy a estar agradecida toda la vida”, sintetizó Victoria Bianchi con la emoción a flor de piel.

Se cumple el horario, el profesor se despide de la clase y, para ellos, el día recién comenzaba. Entre cursadas, parciales y finales, un grupo de estudiantes de la UBA se unió por un sueño: construir un auto con sus propias manos. Guido Paganini, estudiante en la Facultad de Ingeniería, convocó a varios compañeros y juntos empezaron el camino que los llevó a participar de la Fórmula SAE, una competencia internacional donde equipos universitarios diseñan, construyen y ponen a prueba en pista sus propios prototipos de autos de carrera.

Al principio, “cada uno hacía el desarrollo por su parte y nos juntamos a veces en un aula a poner cosas en común”, contó Pedro Pérez, estudiante de Ingeniería Electrónica. Ya en 2024 la universidad les brindó un taller abandonado para que pudieran trabajar el proyecto de FIUBA Racing y construir el auto. Quitaron maquinaria, tornos y todo lo que no funcionaba, pintaron, arreglaron paredes e hicieron toda una instalación eléctrica para acondicionar el lugar donde harían historia. “Esa fue la primera tarea del equipo”, rio Juan Pablo Gabrielli, estudiante de Ingeniería Mecánica. Un cartel viejo, que encontraron en medio de la limpieza, les dio el nombre que buscaban: bautizaron “Suipacha 901” al auto que aún solo existía en los planos.

Pero esto era solo el comienzo de su historia. Se pasaron cuatrimestres enteros diseñando y reajustando el monoplaza, incluso fueron a trabajar en el agobiante calor de enero a la facultad para llegar a la competencia. Ese verano marcó un fuerte recuerdo en Victoria Bianchi, estudiante de Ingeniería Mecánica: “Hubo una semana que todos los días se rompía algo. Era muy frustrante porque nada salía bien, agarrabas algo y se rompía”. “Hoy nos reímos, pero ahora veo lo que hicimos con lo que teníamos y es increíble, es verdad que lo que hicimos fue una locura”, aseguró.

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