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¿Por qué Milei volvió a hablar de aborto?

La caída de la natalidad atraviesa a países con aborto legal y también a países donde está prohibido o severamente restringido, lo que vuelve difícil atribuirla a los “pañuelitos verdes”. Sin embargo, el objetivo parece menos explicar un fenómeno demográfico que reactivar una batalla cultural.

20 de agosto, 2026 | 19.07

La verdad es que no nombró la palabra “aborto, tampoco se refirió a los términos que consagró la Ley 27.610, que regula la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE). El presidente, en cambio, fue a buscar en el arcón de las provocaciones “esa pasión por asesinar niños en el vientre de sus madres” porque lo que importa es generar imágenes satánicas, apocalípticas; necesita recrear esas “fuerzas del cielo” de las que tanto hablaba al principio de su mandato, que sostendrían a sus pocos “soldados”, citando una frase bíblica del capítulo de Macabeos.

Pasó no sólo tiempo desde entonces, pasó bastante más de la mitad de su mandato, consiguió ampliar sustancialmente sus apoyos legislativos y pasaron también una serie de errores, fundamentalmente propios, que lo llevaron a decir hoy, en el mismo escenario del Council of the Americas, que no se ven sus logros porque lo “odian” y él mismo también “a veces me odio”. Burlas a quienes miran la economía moverse a distinto ritmo, chicanas a quienes no apoyan sus planes y, por supuesto, a las feministas: “Pagamos muy cara la locura de los pañuelitos verdes”, dijo, tan cara que, según sus propias palabras, “la tasa de crecimiento de la natalidad no permite la reposición”.

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¿Reposición? ¿No será un término un tanto descarnado, deshumanizado para una persona que habla como si fuera un pastor religioso y terminó su discurso hablando de valores morales? “La batalla es moral, no económica (…) el eje de la decadencia es moral, si queremos una sociedad inmoral seremos Sodoma”. La moral, entonces, los valores judeocristianos tal como él los entiende, serían el respeto por la propiedad, los contratos, la libertad y la vida. Pero, a juzgar por sus dichos, sólo la vida desnuda, lista para reponer fuerza de trabajo, con valor de reposición.

El problema de esa explicación es que la caída de la natalidad atraviesa a países con aborto legal y también a países donde está prohibido o severamente restringido, lo que vuelve difícil atribuirla a los “pañuelitos verdes”. Sin embargo, el objetivo parece menos explicar un fenómeno demográfico que reactivar una batalla cultural.

La propuesta moral del presidente es bastante parecida a la respuesta de su ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, sobre el crecimiento de un 30 por ciento de suicidios en las fuerzas que conduce en un año. Sí, admitió, pero la gente se suicida más en todos lados, dijo relativizando el valor de las vidas que se pierden (en las fuerzas y en todos lados). La “pasión por asesinar niños en el vientre de sus madres” no parece preocuparle por esas madres ni por esos embarazos, sino por los efectos económicos de la falta de “reposición”.

¿Vale la pena aclarar que “los pañuelitos verdes” son un movimiento social que luchó y lucha por la autonomía de las mujeres y personas con capacidad de gestar? ¿Que la ley se llama de Interrupción Voluntaria del Embarazo? Son preguntas ociosas, ya que ni el propio presidente parece creer del todo en lo que dice. Más bien monta su teatro —que esta vez no enamoró a ningún público— y hace guiños a sus compinches de la derecha internacional, sobre todo a su líder Donald Trump, para que siga reconociéndole su lugar en la batalla cultural.

Pero el discurso del Council of the Americas no fue un exabrupto aislado. Forma parte de una red internacional que desde hace años intenta reinstalar la agenda antiaborto como eje ordenador de las nuevas derechas. La firma que Pablo Quirno estampó en la Declaración del Consenso de Ginebra —a la que se sumaron una mayoría de países donde ser mujer o formar parte de las disidencias sexuales implica vivir en riesgo— es otro signo en ese sentido. Esa declaración, que no tiene nada que ver con los organismos multilaterales, es una iniciativa impulsada por Trump durante su primera presidencia para hacer lobby contra el acceso al aborto en los países en los que aún no está legalizado, contradiciendo las recomendaciones de la ONU en esta materia.

En 2024, este grupo de países firmantes, a través de una de las fundaciones que alientan a la ultraderecha a nivel global, la Red Política de Valores, buscó influir para que la Corte Interamericana de Derechos Humanos fallara a favor de El Salvador, país que obligó a una mujer a seguir adelante con el embarazo de un feto anencefálico a pesar de que eso impedía a la gestante recibir tratamiento contra el cáncer. Finalmente, la CIDH falló a favor de “Beatriz”  En paralelo, Estados Unidos empezó a recortar fondos a la OEA. La Red Política de Valores —o Political Network for Values—, por su parte, a pesar de perder a uno de sus principales apoyos, Viktor Orbán en Hungría, ganó otro referente de peso en América Latina: José Antonio Kast, exdirector de la Red y una de las figuras más relevantes de la ultraderecha regional. ¿Será que Milei teme perder su liderazgo como referente ultraderechista en la región?

Lo cierto es que, aunque haya cerrado su discurso diciendo que “la batalla no es económica sino moral”, la vida no parece importarle tanto al presidente porque lo que dicen las estadísticas vitales que el propio gobierno publicó, si se mira en serie la mortalidad materna por causas relacionadas con abortos, estas bajaron radicalmente en 2012, cuando el fallo FAL de la Corte Suprema de Justicia de la Nación sentó jurisprudencia para amparar la Interrupción Legal del Embarazo -por causales- y a partir la legalización de la IVE; números que empezaron a cambiar a partir de 2024 cuando este gobierno empezó a desfinanciar la IVE y el sistema de salud en general. Al presidente le importa la vida sólo por su valor de “reposición”. El pez por la boca muere.

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Marta Dillon
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