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Invap cumplió los 50 y sigue haciendo realidad lo imposible

Con un plantel conformado en un 85% por técnicos e ingenieros, diseña y produce altísima tecnología que compite con la desarrollada por potencias del área nuclear y espacial

02 de septiembre, 2026 | 20.30

Hubo una torta, aplausos y, sobre todo, una palabra que se repitió varias veces: familia. Ocurrió este miércoles 2 de septiembre en el salón de actos del Instituto Balseiro cuando autoridades de esa casa de estudios, de la Universidad Nacional de Cuyo y de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) se juntaron para homenajear a Invap por su medio siglo de vida, y para entregarle un doctorado honoris causa a Conrado Varotto, el físico que hace cincuenta años se animó a plasmar uno de los sueños más audaces que podía concebirse en ese momento: que la Argentina diseñara y exportara tecnología de punta desde la Patagonia.

Según un comunicado difundido por la institución, el acto culminó con una caminata hasta el Pabellón 6, un edificio de piedra verde a metros de allí donde funcionó la primera oficina administrativa de la empresa. En ese lugar anodino arrancó lo que no es exagerado calificar como una epopeya protagonizada por egresados del Balseiro que se propusieron tender un puente entre la universidad y la industria.

Acto en el Instituto Balseiro y homenaje a Conrado Varotto

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La directora del Instituto, Graciela Bertolino, definió el vínculo entre ambas instituciones como dos caras de una misma convicción. Recordó el “triángulo de Sábato”, la idea de que el desarrollo real se alcanza cuando el Estado, la ciencia y la producción se unen, y dijo algo que resume bastante bien el ADN de Invap: que su verdadero activo es la capacidad de arriesgarse a empresas que parecen imposibles.

Muy a tono con su estilo, Varotto, que después de ser el primer gerente general y técnico de Invap fue director ejecutivo de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales durante 24 años, invitó a avizorar al futuro en lugar de mirar al pasado. Habló de los desafíos de la inteligencia artificial, de tierras raras, de la necesidad de que la región se ponga de acuerdo antes de que las disputas por los recursos se vuelvan un problema serio.

El modesto edificio en el que comenzó la. historia

En el horizonte de la tecnología

Para entender lo que significa este cumpleaños en un país como el nuestro, hay que retroceder a los setenta. Varotto, nacido en Italia, pero llegado a la Argentina a los nueve años, había vuelto de su posdoctorado en Stanford, donde se había sentido fascinado al observar cómo la ciencia universitaria podía convertirse en algo útil para la vida real y se había convencido de que el talento argentino no tenía nada que envidiarle al de otros países. Reunió a un puñado de egresados del Balseiro (como él) con una idea tan simple como ambiciosa y poco transitada por estas latitudes: crear una empresa tecnológica que viviera de lo que vendía.

El 1° de septiembre de 1976 se firmó el convenio entre el gobierno de Río Negro y las autoridades de la Comisión Nacional de Energía Atómica. Nació así lo que primero se llamó "Programa de Investigación Aplicada". El capital inicial fue de apenas 200 mil dólares aportados por la provincia, que nunca los retiró.

Lo que vino después es una sucesión de apuestas que, vistas desde afuera, parecían delirios de sobremesa: un reactor de investigación para el propio Instituto Balseiro, la construcción de una planta de enriquecimiento de uranio cuando apenas un puñado de países dominaba esa tecnología, el desarrollo de esponjas de circonio de calidad nuclear en un momento en que los dos únicos proveedores del mundo habían dejado de vender. Cada uno de esos proyectos, aparentemente aislados, terminó siendo la base de algo más grande: la exportación de reactores a Argelia, Egipto, Australia; la fabricación de satélites propios que hoy monitorean el clima y las cosechas en todo el territorio nacional; los radares que vigilan el espacio aéreo argentino.

El director ejecutivo de la empresa durante más de tres décadas, Héctor Otheguy, solía explicar el fenómeno diciendo que Invap era una sociedad del Estado que se comportaba como una empresa privada, con un único dueño, la provincia de Río Negro, que reinvertía la gran mayoría de las ganancias y repartía el resto en partes iguales entre todos los empleados, del gerente al pasante. Esa cultura de austeridad y de reparto parejo, sostenida a través de gobiernos de todo el espectro político fue tan parte de su ADN como la capacidad de su personal para aceptar los retos más desafiantes. A fines de 2024, dejó de ser una sociedad del Estado y adoptó la modalidad de Sociedad Anónima Unipersonal (SAU) para adecuarse a lo dispuesto en el DNU 70/2023.

Que la empresa haya sobrevivido a la debacle de fines de los ochenta, cuando tuvo que reducir su planta en tres cuartas partes y hasta hubo empleados que le prestaron dinero para comprar insumos, y haya llegado a este aniversario exportando alta tecnología a media docena de países dice bastante sobre la resiliencia con la que se sostuvo este proyecto.

Aun hoy, con unos 1200 empleados que son su segunda y tercera generación, un promedio de edad que ronda los cuarenta años y más de dos mil proveedores, sigue siendo una rareza: una empresa rionegrina que compite de igual a igual con potencias nucleares y espaciales, y que, si hay que creerle a sus propios fundadores, todavía no se cansó de intentar lo que parece imposible.

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