Bajo una lluvia insistente que acechó todo el fin de semana, con la puja clásica entre quienes piden ver el escenario y quienes quieren levantar banderas, la ciudad de Buenos Aires fue aclamada como próxima sede del Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y No Binarias, con la intención declarada de aportar potencia a la lucha contra el modelo de país que propone el gobierno de Javier Milei: un país en el que crecen la pobreza, el desempleo, el endeudamiento, la persecución racista, la misoginia y la transfobia institucionalizada, como decía el texto que consensuaron organizaciones feministas y transfeministas, sociales, sindicales, de derechos humanos y partidarias.
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“2027 en CABA contra el fascismo”, decía la bandera que se presentó en el escenario de cierre. El año en el que tiene que terminar el gobierno de Javier Milei, insiste el documento. Y una movilización de cerca de 100 mil personas que cruzó toda la ciudad de Córdoba es el respaldo para esa decisión estratégica de llevar el Encuentro a la Capital Federal del país.
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Es un hecho histórico: este año se cumplieron 30 años desde que el Encuentro estuvo por segunda vez en Buenos Aires —el primero fue en 1986—. El próximo será el número 40: cuarenta veces de organizarse en muy distintos territorios para llegar como sea al lugar designado y cambiar completamente la fisonomía de una ciudad con los recorridos que hacen los grupos de mujeres, trans, travestis y lesbianas que viajan con sus sindicatos, escuelas, partidos políticos y agrupaciones deportivas, que fortalecen sus militancias y las ponen en contacto con otras. Nunca se vuelve igual de un Encuentro Plurinacional. Seguramente en esta gimnasia de discutirlo todo cada año, de insistir en cambiarlo todo, esté una de las claves para pensar la brecha de género en el apoyo al gobierno libertario. El relevamiento citado no ofrece datos específicos sobre las disidencias sexuales, pero, en el caso de las mujeres, un 68% quiere un cambio de gobierno en 2027, según el Monitor Socio-Político del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA, mientras que entre los varones el porcentaje baja al 47%: 21 puntos de diferencia.
El Encuentro Plurinacional se va a meter, además, en la campaña electoral del año que viene, aunque todavía no está confirmado el cronograma. De hecho, en este Encuentro en Córdoba la coreografía adelantada de las próximas elecciones fue nítida: hubo un acto multitudinario con Myriam Bregman, una plenaria nacional del Movimiento Derecho al Futuro, una plaza llena por Cristina Libre y otros actos partidarios que también buscan ubicar sus candidaturas en 2027. Y es que, aunque el Encuentro sea autónomo, parte de su potencia política se debe también a esta convivencia entre la escena institucional y la callejera, entre el debate horizontal y los límites a la participación con los que todavía suelen enfrentarse las mujeres y, más aún, las disidencias sexuales en sus organizaciones. Esa tensión se hace evidente en la mayoría de los sindicatos y eso se escucha fuerte y claro en los talleres que sesionan durante dos días entre marchas, asambleas y fiestas. Porque la fiesta es parte de la acción política.
“¿Y cómo vamos a hacer con la policía de Jorge Macri?”, se preguntaba una feminista en el debate sobre si llevar o no la sede a CABA. “¿Qué vamos a hacer con la persecución racista?”, insistía con preocupación, aunque así sumaba razones para que “el pluri” se haga porteño en 2027. Sin embargo, sí va a ser ardua la construcción que se viene para la comisión organizadora que ya se está formando, sobre todo en tiempos en que se profundiza la criminalización de la protesta, algo que no es para nada ajeno a los movimientos feministas.
En San Luis, en San Juan, en la ciudad de Buenos Aires y en la provincia de Buenos Aires —en Necochea— se ha perseguido con causas penales a activistas por hacer grafitis, por denunciar la violencia machista o reclamar salario social para las trabajadoras de la economía popular. Yanina Opasa es sanjuanina y cargó con una causa por “daño agravado” durante tres años. En la acusación, el juez le había endilgado además ser “sexista”, “de corte feminista que agravia la condición masculina”, entre otras perlas que nunca llegaban a mencionar cuál era el daño. Opasa está en la marcha de cierre del Encuentro junto a compañeras y compañeres de Ni Unx Menos San Juan. Cuenta su historia mientras se acumula gente en la calle hasta cubrir las 20 cuadras que se movieron juntas por la ciudad de Córdoba.
“¡Las tierras saqueadas serán recuperadas!”, cantaban mujeres de los pueblos maya k’iche, diaguita, comechingón y mapuche, junto a mujeres afrodescendientes. Algunas son internacionalistas que conectan las luchas que atraviesan todo el continente y tienen que ver con el extractivismo, cada vez más acelerado e impulsado por la expansión de la tecnología digital. “El transfeminismo tiene para aportar capilaridad, transversalidad, gimnasia política y metodologías para la producción del conocimiento crítico a los desafíos de la tecnología. Que no es neutral pero tampoco nuestro enemigo”, dice Valen Avelluto, integrante de los talleres de tecnopolítica y tecnoactivismo de los que formaron parte 300 personas.
Casualmente, estos talleres funcionaron en la misma escuela que los de pueblos originarios, movimientos campesinos e indígenas y soberanía alimentaria. Y es que “al final, la disputa es por la riqueza concentrada en las manos de cinco tecnomagnates a costa de la apropiación de nuestros datos y trabajo invisibilizado”. Avelluto fue una de las organizadoras del Laberinto Tecno Transfeminista, una jornada que inauguró el día cero del Encuentro en la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación de la Universidad Nacional de Córdoba.
El extractivismo, los desalojos de las comunidades originarias, el asedio sobre defensoras de la tierra como Berta Cáceres, asesinada en Honduras en 2016, el cuidado de la semilla frente al avance de los agrotóxicos y también el cuidado de los cuerpos frente al cansancio que producen el pluriempleo y el endeudamiento obligado para sostener la vida fueron temas principales en la Asamblea de Abya Yala —una forma originaria de llamar al territorio americano—, que ocupó prácticamente toda la superficie de la Plaza del Poder Político, junto a la intendencia. Entre las experiencias de resistencia frente al saqueo del agua o los desalojos, contadas en primera persona, y la memoria de resistencias ancestrales, esa multitudinaria actividad fue uno de los puntos vitales del Encuentro.
“Locura no es crueldad”, denunciaba uno de los carteles producidos en el taller de Orgullo Disca, que buscó el resguardo del Museo Caraffa para reflexionar colectivamente sobre las narrativas que afectan a las personas con discapacidad, a sus deseos y sus goces. Hubo risas y complicidad, también preguntas sobre “el deseo de encajar” y algunas remeras provocativas que eran declaraciones políticas: “Anticapacitista y transfeminista por convicción, garchadora por vocación”, decía la que lucía una mujer que usaba muletas.
“Liberqué, Igualiqué, Fraternicuándo” fue otro de los carteles que se produjeron en el taller y que después se instalaron en la “ranchada disca”, un espacio al costado de la marcha de cierre, una manera de participar de la movilización y a la vez sostener los cuidados y la alerta sobre el capacitismo y la situación de emergencia que sigue asediando a las personas con discapacidad.
La masividad de este Encuentro y la decisión de seguir haciéndolo crecer, contra todo pronóstico de una supuesta marea baja de la potencia feminista, serán lo que anime la tarea de organizar un evento de dimensiones exorbitantes para el año que viene. Una excitación anticipada se sentía entre quienes se quedaron hasta el final de los tres días de agite y debate. Todo el mundo reseñaba los talleres que tenían que desdoblarse en tres, cuatro y hasta cinco grupos de 50 o 70 personas para que el intercambio fuera posible. También fue visible y significativa la presencia de mucha juventud, chicas y chicxs menores de 20 años que cubrieron el Encuentro, llenaron de preguntas las actividades y contagiaron entusiasmo.
Al mediodía, la ciudad de Córdoba se fue vaciando. En los paradores de las rutas se vaciaban las góndolas, se agotaban las viandas; en un comedor contaron 50 micros cuyas pasajeras y pasajeres —mujeres, lesbianas, travestis y trans— habían bajado y vuelto a subir con víveres para el resto del viaje. Los cuerpos estaban cansados, pero de otra cosa muy distinta del trabajo a destajo y las cuentas que se hacen todo el día. El Encuentro es una experiencia física, un laboratorio de la escucha —y la paciencia—, un entrenamiento para la acción política. Se siente en el cuerpo y se recicla: del cansancio a la insistencia, del debate a la imaginación, del aislamiento a las conspiraciones y tramas colectivas.
