Palabras del Papa, situación de los pueblos

05 de octubre, 2020 | 08.56

Cuando Jorge Bergoglio fue electo Papa de la Iglesia Católica, muchas impresiones pasaron por nuestras cabezas porque en efecto se trata de un hecho con matices históricos. De las muchas implicancias que su designación generaban, su proveniencia del tercer mundo era sin dudas un de las más relevantes. Luego de siglos de una Iglesia conducida por Europa, un obispo proveniente de un país periférico se haría cargo de su conducción, es un resultado cuya génesis debe rastrearse en la realización del Concilio Vaticano II entre 1962 y 1965 y que llevó a la Iglesia a una importante renovación. En esa llegada de un latinoamericano, un argentino, a Roma se podía percibir que incluía el desembarco de algunas ideas y visiones, más allá de la misma persona de Bergoglio. Y eso sucedió. La situación religiosa en general y del cristianismo en particular es muy distinta en América Latina que en Europa, también porque sus sociedades viven contextos  muy distintos; y con ellos las preocupaciones y las expectativas son otras. Se ha percibido eso en los gestos y en los escritos de Francisco: hay otras inquietudes, nuevas prioridades y la búsqueda de establecer diálogos nuevos. Desde luego, la Iglesia es una institución milenaria y como tal ha tenido transformación notables a lo largo de la historia, en movimientos lentos, medidos, también contradictorios. Hoy Francisco presenta un nuevo documento, Encíclica en el lenguaje eclesial que titula utilizando las palabras de San Francisco de Asís: “Fratelli Tutti”. El tema: la fraternidad y la amistad social, conceptos vinculados a la tradición cristiana pero el primero también incluido en los principios nada menos que de la Revolución Francesa. Desde el mencionado Concilio Vaticano II que varios documentos de la Iglesia buscan conectar con mayor intensidad con los debates políticos contemporáneos, justamente parte de esa apertura. No puedo dejar mencionar una de las primeras frases: “Abrirse al mundo es una expresión que hoy ha sido cooptada por la economía y las finanzas”, dice el Papa. Una frase que pudiera estar cargada de sensaciones, acciones y sentidos colectivos, el neoliberalismo la redujo a bajar al impulso por bajar salarios y reducir cada vez más, los impuestos a las empresas. La fuerza de las trasformaciones emprendidas hace más de 40 años a escala global, nos han llevado a renunciar a muchos sueños y esperanzas. Durante esta pandemia, que calificamos de crisis global, los multimillonarios han acrecentado sus fortunas. La salida de la crisis será con un mundo aún más injusto. El posibilismo nos ha llevado a un minimalismo político y económico que no para de acrecentarse desde hace años. La renuncia no solo a las trasformaciones radicales, sino a un mundo más justo parece dominar el escenario mundial; convivimos con decenas de pronunciamientos acerca de mejorar las condiciones de vida, y la concentración del ingreso es cada vez más alta. El mundo no era una maravilla antes de los 70 cuando el neoliberalismo inicio su ascenso irresistible, pero existían márgenes de discusión y desde el fin de la Segunda Guerra Mundial muchos país, el nuestro incluido, habían vivido experiencias reales de algún tipo de desarrollo que impactó positivamente en las condiciones de vida. Para que esta situación haya variado tanto hacen falta muchos factores. Entre ellos hay un dato incuestionable: los líderes del escenario global  plantean estas preocupaciones, cuando lo hacen, con una preocupante moderación que paraliza la posibilidad de mejoras. Son tantas las condiciones previas planteadas para hacer valer los derechos humanos en todo el mundo, que las acciones políticas para hacerlos efectivos queden detrás de una larga fila, donde primero se presentan el respeto a la propiedad privada y a los inversores. La política ha renunciado a la capacidad de transformación, muy especialmente en el mundo desarrollado. En la primera década del siglo XXI conocimos en nuestra región los intentos contemporáneos más importantes por retomar esas luchas con no pocos logros. Pero el escenario mundial no es fértil en esas búsquedas. Por eso estamos haciendo mención aquí a las palabras de un Papa, líder de una de las iglesias más importantes, pero que no es un representante político y eso también manifiesta la crisis en la que vive las aspiraciones democráticas a nivel mundial. Me atrevería a decir que hay ciertas palabras, ciertas afirmaciones que solo son dichas por Francisco sin que encontremos a otro u otra líder o lideresa mundial que las estén sosteniendo, y eso no puede ser bueno; la democracia necesita de referentes que apuesten a acrecentar derechos porque lo nuevo que estamos observando es la consolidación de dirigentes intolerantes, retrógrados cuando no racistas que ya gobiernan en algunos países, y propensos a sostener el ideario neoliberal sin demasiada oposición. Por eso hoy los vemos también refractarios a los discursos de Francisco. Por caso la derecha local, que no goza hoy de grandes intelectuales, repite que mensajes del Papa como este, ensalzan un “pobrismo”; que Francisco alienta la continuidad de personas en situación de pobreza, porque eso hace al poder de la Iglesia. Curiosamente profieren esta suerte de acusación, quienes defienden sistemas económicos generadores interminables de pobreza; critican mientras defienden el libre mercado generador de exclusión. Y tampoco les agrada que el Papa haga referencia a un concepto central de la historia latinoamericana: pueblo. Hay una carga política y simbólica en la idea de pueblo, a tal punto que la derecha ni siquiera parece capaz de pronunciar el término. En ocasiones es imprescindible contar con una bandera. Es cierto que el establishment se ha apropiado de algunos términos para diluirlos, pero no ha podido hacer lo propio con la idea de pueblo y la de justicia social. La encíclica construye en esa línea, habla de todo lo que no está y ese es sin dudas su mejor lectura para vincularse con las luchas por los derechos que a tantos y a tantas hoy, le son negados. 

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