Internas en el Frente de Todos: debatir es impostergable de cara al 2023

Camino al próximo año electoral, las peleas en la coalición oficialista provocan desaliento en la militancia y desconcierto en la ciudadanía. 

16 de mayo, 2022 | 00.05

Los desacuerdos en torno al rumbo del Gobierno vienen produciendo un elevado grado de desaliento en la militancia, como de desconcierto en la ciudadanía, que es imprescindible atender y encontrar el cauce para darles respuestas positivas.

Internas del Frente de Todos

Los cruces que, desde hace bastante tiempo, con distinta intensidad y motivaciones diversas se verifican en la coalición gobernante es absurdo negarlos, disfrazarlos o restarles importancia más allá de la entidad que en definitiva se les acuerde.

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Su existencia justifica preocupaciones de cara a las elecciones de 2023 donde se pone en juego la presidencia de la Nación y el futuro de la Patria -sin exageraciones-, no se trata de rasgarse las vestiduras ni de presentarlo como una extraña anomalía en un espacio político como el del FdT en el cual, desde un inicio, se sabía que consistía en una unidad electoral de la diversidad panperonista y otras fuerzas progresistas afines con un objetivo principal y excluyente, impedir la reelección de Macri y la consolidación -acentuada- de un neoliberalismo devastador y mafioso.

Una vez obtenido el objetivo primario era de manual que comenzarían a marcarse las diferencias, particularmente las que se proyectaran en el día a día de la gestión y que, como en tantas otras ocasiones, a diferencia de la histórica máxima romana (“Roma no paga traidores”) la lealtad garpa poco en nuestra tradición política frentista popular y nacional.

De allí que tampoco podría sorprender que exigiría redoblar esfuerzos, controlar ansiedades e incrementar los niveles de tolerancia para sostener esa alianza, ni que se generarían naturales disputas por la hegemonía que, en definitiva, constituye el núcleo alrededor del cual se alinean o se dispersan las corrientes internas y las voluntades que a futuro se constituyen en votos.

Un fenómeno tan disruptivo e inesperado como la pandemia es cierto que significó un escollo de gran relevancia para la gobernabilidad, aunque también es necesario reconocer que las alternativas que se vienen enunciando no fueron producto de esa peste que, a lo sumo, pudo ralentizar algunas y acelerar otras, pero que de todas maneras emergerían inexorablemente.

Ese internismo no es patrimonio exclusivo del oficialismo, en tanto igual se advierte -con similar virulencia- en la mayor fuerza opositora (Juntos por el Cambio), como también en las de “izquierda” siguiendo su eterno patrón de conducta política.

Sin embargo, aún reconociendo todos esos datos de realidad y eludiendo un engolado espanto por los debates internos, menester es analizar quienes pueden capitalizar más y mejor las desavenencias de los adversarios, colocándonos otra vez en la disyuntiva electoralista que se avecina y en la definición del “para qué” de cualquier juntada a la luz de las experiencias de gobierno que los principales oponentes exponen a la sociedad.

“Ismos” insustanciales

Es común tomar el nombre o apellido de un dirigente como “raíz” y completarla con un “ismo” para denominar una determinada identidad política que, si bien puede justificarse por el predominio de una figura con algún nivel de liderazgo, en la Argentina muestra un uso abusivo y extendido sin correlato con la realidad en buena parte de los casos.

Así, quienes coyunturalmente desempeñan algún cargo de gestión y ambicionan proyectarse más lejos, personalidades o personajes de ámbitos ajenos a la política que se entusiasman o son lanzados mediáticamente a esas arenas, o simples punteros que repentinamente se miran en un espejo en el que -engañosamente- creen ver una imagen de una envergadura de la que carecen, se valen -ellos mismos o algunos de los que los rodean- de esos modismos para configurarlos como rótulos.

Claro que estas tendencias fácilmente constatables en infinidad de casos o situaciones sólo cobran relevancia, y merecen una mirada más detenida, en contextos históricos en los cuales ese tipo de construcciones toman como centro a personas que invisten una representación institucional destacada y cuando detrás de aquéllas es posible avizorar mayor voluntad de distanciar que de arrimar posiciones dentro de un mismo espacio político.

Una manifestación de este tiempo que es factible encuadrar en la categorización antes descripta, es el llamado “albertismo”, que se pretende erigir como una corriente prevalente encarnada en el Presidente de la Nación. Más aún, como antagónica y superadora -cuanto menos potencialmente- de la representación popular reconocida a Cristina Fernández.

Desde esa perspectiva algunas reflexiones se imponen para despejar el panorama que nos proponen propios y extraños, que resulta de pronunciamientos de protagonistas variopintos y que se encargan de interpretar los medios de comunicación.

La candidatura de Alberto Fernández sorprendió a todos, incluso a él mismo como expresamente lo manifestara en más de una ocasión, y resultó de la nominación que obtuvo de la hoy vicepresidenta, quien ostentaba el mayor caudal de votos estimables, si bien no suficientes para ganar las elecciones como, también, fue expresado por ambos y admitido por el resto de los que se iban sumando a ese proyecto frentista.

La fórmula electoral en ese sentido no tenía precedentes, menos todavía, que quien ocupara la vicepresidencia fuera una mujer que venía de ser dos veces Presidenta, que al concluir su segundo mandato -perdiendo su fuerza política los comicios de 2015- había sido despedida fervorosamente por cientos de miles de personas que desbordaron la Plaza de Mayo, que ostentaba una extensa trayectoria política y un liderazgo -como un temple- capaz de resistir las operaciones más abyectas que sea posible imaginar.

Esa conjunción política importaba, necesariamente, tanto la aceptación de la premisa fundante como una faz programática y de gestión común para su realización efectiva, con los consiguientes compromisos mutuos y que, sin mengua de las competencias funcionales específicas, suponía inaugurar una etapa novedosa en la toma de decisiones estratégicas.

Cualquiera sea la opinión que merezca la situación descripta, teniendo en cuenta lo ocurrido en las elecciones de medio término, parecería ilógico y todavía menos probable que los casi cuatro millones de votos perdidos por el FdT constituyeran una licuación del capital electoral propio de Cristina que, a juzgar por los efectos de sus periódicas apariciones públicas en la escena política, mantendría virtualmente incólume su caudal de adhesiones, cercano al 30% del electorado.

En lo que respecta a Alberto, quien llegó al gobierno sin estructura organizacional previa ni contando en su haber con antecedentes electorales que permitieran adjudicarle sumar votos propios, luego sometido al natural desgaste que implica el ejercicio de la presidencia y, más aún, en circunstancias tan extraordinarias como las registradas desde marzo de 2020, enfrentando duros desafíos cuya vías de resolución han generado insatisfacción cuando no fuertes críticas en la militancia frentista y en la ciudadanía, difícil sería presumir que haya emergido como un referente de peso suficiente como para conformar y liderar una fuerza propia al interior de la coalición o por fuera de ella.

Más factible es que, animados por distintos intereses y sin descartar el temor -propio o de allegados de diferente prosapia- ante la fortaleza del liderazgo de Cristina, haya una dirigencia que impulse formaciones alternativas que alienten primacías para arribar al año 2023 y que, careciendo de sustancia política, vean en el Presidente la posibilidad de generar una corriente convocante a esos fines.

En todo caso, hoy por hoy, el “albertismo” no pasaría de ser el intento de una construcción superestructural, sin arraigo real y como medio que brinde una apariencia suficiente para trascender e intervenir con mejores perspectivas en el reparto que precede a toda contienda electoral.

Parece faltar lo que más se necesita

Entendiendo como inherente a la política las tensiones derivadas de las relaciones y disputas de poder, las ambiciones personales y los posicionamientos en torno a los modos de llevar a cabo la gestión de gobierno, es razonable que surjan conflictos cuando las desavenencias se acentúan y abarcan cuestiones centrales que hacen a la identidad del Frente de Todos.

Promover el debate es sin duda el camino más adecuado para zanjar diferencias, sin prescindir del riesgo de las rupturas que pudieran ser su consecuencia y, en cualquier caso, se haría necesaria una seria ponderación tanto de lo que implicaría evitar esas confrontaciones, como de los efectos nocivos de llevarlas a un extremo que provoque una fragmentación que favorezca a una oposición decidida a echar por tierra un proyecto nacional, popular y de justicia social que sentó las bases programáticas de la coalición gobernante.

El lanzamiento prematuro de candidaturas, la exposición permanente y consignista de las disidencias, las estigmatizaciones personales innecesarias y la resistencia extrema a implementar los cambios que fueran menester, no son justamente conductas que permitan tender los puentes para la reconstrucción de una fuerza capaz de recuperar y acrecentar el apoyo ciudadano.

El debate de cara a la sociedad es valioso, sin que ello exima de esforzarse por evitar hacer públicas tensiones inconducentes y ejercitar una prudencia política indispensable para que sea fructífero.

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Álvaro Ruiz

Abogado laboralista, profesor titular de derecho del Trabajo de Grado y Posgrado (UBA, UNLZ y UMSA). Autor de numerosos libros y publicaciones nacionales e internacionales. Columnista en medios de comunicación nacionales. Apasionado futbolero y destacado mediocampista.

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