La Cumbre de Nueva Delhi dejó planteada una discusión mucho más profunda que el crecimiento de los BRICS. Lo que empieza a definirse es quién tendrá las capacidades materiales para ejercer poder en el siglo XXI. Inteligencia artificial, industria, energía, minerales críticos, sistemas de pagos, infraestructura digital y conocimiento ya no pueden pensarse como compartimentos separados.
La nueva división internacional del trabajo dependerá de quién sea capaz de integrarlos. Para la Argentina, la pregunta es política: cuando el Sur Global busca aumentar sus grados de libertad, ¿tiene sentido que nosotros resignemos los nuestros?
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Un Sur Global que empieza a crear instrumentos
Los BRICS nacieron asociados a la demanda de democratizar un orden internacional cuya arquitectura institucional ya no refleja la distribución real del poder económico. Ese reclamo permanece: Nueva Delhi vuelve a plantear reformas del Consejo de Seguridad, el FMI y el Banco Mundial. Pero ahora aparece una segunda dimensión. El espacio empieza a desarrollar herramientas para ampliar efectivamente su autonomía.
La Declaración recupera el espíritu de Bandung —igualdad, independencia, no intervención y beneficio mutuo— y reivindica al Sur Global como protagonista de la transformación internacional. Sus miembros distan de constituir un bloque homogéneo y mantienen diferencias importantes. Sin embargo, consiguieron construir una agenda común que atraviesa financiamiento, comercio, energía, industria, tecnología, inteligencia artificial y formación. Ese desplazamiento es central: ya no se trata únicamente de pedir un lugar mayor en la mesa, sino de disponer de capacidades propias para sentarse en ella.
La autonomía también se construye en las finanzas
Algo semejante ocurre con la discusión monetaria. No nació en Nueva Delhi una moneda común ni una “moneda digital BRICS”. Los avances reales son menos espectaculares, pero pueden resultar más relevantes: el BRICS Payment Task Force trabaja en la interoperabilidad de sistemas nacionales de pago y mensajería financiera y en ampliar el uso de monedas locales para operaciones comerciales y de inversión. Paralelamente, el Nuevo Banco de Desarrollo convive con debates sobre plataformas de inversión y mecanismos de compensación y liquidación.
Quizás el cambio monetario no llegue mediante la aparición de un nuevo billete que sustituya al dólar. Puede avanzar a través de una red en la cual una parte creciente del comercio internacional deje de necesitar obligatoriamente la intermediación del sistema financiero estadounidense. No hay autonomía política plena sin capacidad financiera para sostenerla.
La propuesta de Xi: llevar la IA a la fábrica
El aporte más novedoso de Xi Jinping fue colocar la inteligencia artificial en el centro de una estrategia de industrialización. En la primera sesión propuso una “nueva industrialización impulsada por la inteligencia artificial”. En la segunda presentó cinco iniciativas que permiten entender cómo imagina ese proceso: una plataforma abierta de IA para los BRICS, cooperación entre zonas económicas especiales, infraestructura cloud para la industria digital, colaboración en manufactura inteligente y programas conjuntos de formación científica y tecnológica.
Leídas en conjunto, forman una arquitectura: inteligencia artificial, infraestructura digital, zonas económicas especiales, fábricas inteligentes, ingenieros y cadenas industriales.
El objetivo, por lo tanto, no se agota en competir por grandes modelos de lenguaje. Consiste en convertir la IA en una fuerza productiva que atraviese investigación, formación, producción y cadenas de suministro. La Declaración va en esa misma dirección: identifica a la industria como instrumento de transformación estructural y vincula parques industriales, transferencia tecnológica, Industria 4.0, manufactura inteligente y robótica. También plantea ampliar el acceso a la IA y orientarla hacia el crecimiento y el desarrollo del Sur Global.
Shenzhen deja de ser sólo una ciudad
Estas iniciativas permiten entender mejor lo que denomino Momento Shenzhen. Manchester condensó la mecanización; Detroit, la producción en masa; Silicon Valley, la revolución informacional. Shenzhen expresa algo diferente: la posibilidad de articular simultáneamente inteligencia artificial, robótica, baterías, vehículos eléctricos, telecomunicaciones, semiconductores, energía e infraestructura. El salto no ocurre dentro de una única industria sino en la interacción entre muchas. Ford transformó la fábrica; Shenzhen transforma el ecosistema que rodea a la fábrica.
La inclusión de las zonas económicas especiales entre las propuestas de Xi resulta, por eso, especialmente significativa. Shenzhen surgió precisamente de una combinación de experimentación institucional, inversión, infraestructura, incorporación tecnológica, formación de recursos humanos y desarrollo progresivo de cadenas industriales. China parece intentar proyectar ahora parte de esa lógica sobre el espacio BRICS: pasar de la innovación a la producción, de la producción a la escala y de la escala al abaratamiento y difusión de nuevas tecnologías.
RIGI o desarrollo: qué queda después de la inversión
Ese debate interpela directamente a la Argentina. Una zona económica especial integrada a una política industrial puede utilizar la inversión externa para formar proveedores, incorporar conocimiento, desarrollar tecnología y elevar las exportaciones industriales. Un esquema de incentivos concentrado principalmente en facilitar grandes inversiones destinadas a explotar recursos naturales puede generar exportaciones sin alterar la estructura que reproduce la dependencia.
Nueva Delhi sostiene que las economías en desarrollo deben avanzar hacia los segmentos de mayor valor agregado de las cadenas mundiales mediante transferencia tecnológica, cooperación técnica y construcción de capacidades productivas. En materia de minerales críticos, además, plantea que su explotación contribuya al agregado de valor y a la diversificación económica de los países que los poseen. Éste es el punto desde el cual debería discutirse el RIGI: la cuestión no es solamente cuántos dólares ingresan, sino qué capacidades permanecen en el país cuando la inversión ya fue realizada.
Podemos exportar litio sin fabricar baterías, cobre sin desarrollar industria eléctrica, gas sin construir petroquímica y alimentos sin incorporar biotecnología. En todos esos casos pueden crecer las exportaciones y permanecer intacta nuestra posición periférica. Los recursos estratégicos son una oportunidad; el desarrollo depende de quién domina el conocimiento, quién controla la tecnología y dónde se agrega el valor.
La autonomía no consiste en cambiar de tutor
Xi cuestionó en Nueva Delhi el desacople tecnológico y la política de “patio pequeño, cerca alta”. Estados Unidos, naturalmente, procura proteger su liderazgo tecnológico y asegurar sus cadenas estratégicas. El problema para América Latina surge cuando esa estrategia de seguridad económica pretende condicionar qué tecnologías, proveedores o socios pueden elegir terceros países. Pax Silica y las restricciones aplicadas sobre determinadas tecnologías chinas muestran hasta qué punto la rivalidad entre las grandes potencias puede proyectarse sobre nuestra región.
La respuesta argentina no puede ser sustituir una subordinación por otra. No debemos escoger entre Washington y Beijing; debemos impedir que cualquiera de ellos decida por nosotros. Necesitamos vínculos con Estados Unidos, China, Europa, India y con todos aquellos capaces de contribuir a nuestro desarrollo. Si el sistema internacional vuelve a organizarse mediante cercas tecnológicas, nuestro desafío no es decidir de qué lado ubicarnos, sino adquirir suficiente capacidad propia para no quedar encerrados detrás de ninguna.
Malvinas: soberanía sin poder es insuficiente
La cuestión Malvinas muestra con particular claridad esa contradicción. La posición argentina necesita un orden internacional donde tengan peso el multilateralismo, la descolonización, la integridad territorial y la creciente representación del Sur Global. La Declaración de Nueva Delhi reivindica la erradicación del colonialismo y vuelve sobre los principios de independencia y no intervención surgidos de Bandung. China, además, mantiene su respaldo a la reivindicación argentina sobre las Islas Malvinas.
Una política exterior subordinada a Estados Unidos —principal aliado estratégico del Reino Unido— reduce nuestra capacidad para ampliar apoyos internacionales. Pero Malvinas tampoco puede separarse de la cuestión productiva: Atlántico Sur, Antártida, pesca, energía, logística, ciencia y capacidades marítimas forman parte de una misma ecuación. La soberanía requiere poder nacional, y el poder nacional requiere desarrollo.
No alcanza con que el mundo sea multipolar
La emergencia de nuevos centros de poder no garantiza que América Latina deje automáticamente de ser periférica. Podemos abandonar una periferia organizada alrededor de un solo polo y terminar habitando una periferia multipolar. La diferencia dependerá de nuestra capacidad para transformar recursos naturales en industria, tecnología, conocimiento y trabajo.
Los BRICS pueden abrir mercados, ofrecer financiamiento, ampliar alternativas tecnológicas y aumentar los márgenes de negociación. Pero ningún agrupamiento internacional puede sustituir una estrategia propia. La Argentina necesita recuperar un proyecto nacional articulado con una perspectiva regional de desarrollo.
La gran división del siglo XXI no será exclusivamente entre China y Estados Unidos. También separará a los países capaces de apropiarse de las nuevas fuerzas productivas de aquellos destinados a proveer materias primas y consumir las tecnologías desarrolladas por otros. Hace dos siglos conquistamos la independencia política. La tarea histórica pendiente es construir las capacidades productivas, científicas, tecnológicas y financieras que hagan posible nuestra verdadera independencia económica.
