Dólar a $ 73 y el negocio del hambre | El Destape con Roberto Navarro Suscribite

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Es altamente probable que el Frente de Tod@s gane las elecciones y llegue al gobierno. Se presentará la tarea de reorganizar y reconstruir pieza por pieza un país que habrá quedado devastado luego del “terremoto” neoliberal. ¿Cómo restablecer, en serio y no como mera frase marketinera, el orden y la seguridad de un país que habrá quedado completamente devastado y desorganizado? Será fundamental que la conseguida unidad del campo popular no se limite a ser una herramienta electoral, sino que se mantenga como fuerza viva, como potencia democrática.

Hoy sabemos que para emanciparnos del poder corporativo que pretende dominar no alcanza con ser gobierno. También sabemos que al poder no le gusta perder y que no cree en la democracia, menos aún si es inclusiva y orientada por lo popular. El poder neoliberal es desestabilizador, capaz de realizar cualquier operación con el objetivo de manipular la subjetividad, instalar odio, demonizar a los adversarios y disciplinar a través de los afectos en sentido contrario a la comunidad.

Será necesario custodiar activamente la unidad popular conseguida, asumiendo la decisión de radicalizar la democracia como gobierno del pueblo, esto es, una hegemonía fundamentada en la voluntad popular.  Dicho de otro modo, se tratará de fortalecer la participación de todos y todas asumiendo, como decía Kant en ¿Qué es La Ilustración?, la mayoría de edad, que en este caso se traduce en hacerse cargo del proyecto nacional.

El comienzo de la solución para salir del atolladero radica en la unidad y organización del campo popular. Construir el “Nosotros” significa mantener palpitante el conflicto político, la brecha ontológica, que no significa “la grieta”. Implica que la democracia rechace el neoliberalismo y toda forma de colonialismo, dejando de tener una mirada eurocéntrica o hacia los países “en serio”, y se eleve con decisión a la dignidad de lo nacional y popular.

Tenemos por delante la tarea de construir una democracia inclusiva en la que entremos todxs, con instituciones fuertes y capaces de escuchar al pueblo. No será fácil en una cultura en la que se han instalado con fuerza el odio y los imperativos neoliberales, hacer que los ciudadanos pierdan el escepticismo y la desconfianza respecto del Estado y la política. Volver a hacer que el trabajo sea un organizador social junto a la igualdad y los derechos como puntos de partida, dejando fuera de juego la meritocracia como destino clasista.

 Necesitamos una cultura viva, despierta, capaz de no ceder a la seducción neoliberal que estará al acecho. Precisamos de un cuerpo social que se oponga a la violencia machista y teja lazos en una práctica permanente del encuentro. Una democratización que expanda al máximo la libertad, lo que no significa ausencia de límites o regulaciones. Será necesario volver a esgrimir un compromiso con la verdad rechazando el cinismo y la posverdad.

Resulta un problema político principal construir una comunidad que no sólo articule razones sino que incluya las pasiones, que no son sinónimo de violencia o primitivismo, como suele afirmar el poder mientras reprime y disciplina. Será necesario deconstruir las sedimentaciones sociales de odio estimuladas por el neoliberalismo, que promueven conductas racistas o xenófobas, y sustituirlas por otras orientadas por la solidaridad, la  participación activa y una vida política tejida entre todxs,  de modo que el deseo de comunidad sea mayor que el interés de excluir o desintegrar.