No hace falta leer los refritos de la prensa internacional para enterarse que eso que el macrismo llama “el mundo” le bajó el pulgar a la Argentina. Saltando el día a día del vértigo de los mercados financieros, la secuencia de la caída es bastante corta. Ya en 2017 las finanzas globales advirtieron tardíamente que Argentina se había sobreendeudado.

En los primeros meses de 2018 el crédito externo se cortó por completo y se recayó en el FMI. Las causas de los acontecimientos eran y son simples: una economía que en 2015 tenía un problema de escasez relativa de dólares avanzó transitoriamente por la vía del endeudamiento. Como la deuda se destinó a la fuga y no al desarrollo el problema se agravó. “Los mercados” lo advirtieron y cortaron los flujos de divisas hacía el país. Los grandes fondos de inversión valorizaron el carry trade, el diferencial que habían hecho en pesos con las Lebac, volvieron a dólares y comenzaron a retirarse de Argentina. En la línea de largada estuvieron los más informados. El resultado casi inmediato fue la pérdida de la mitad del valor de la moneda local, con un dólar disparándose de 20 a 40 pesos.

El debate técnico sobre los modos de intervención es hoy irrelevante. Una mejor o peor intervención en el mercado de divisas puede postergar o acelerar los acontecimientos, pero no cambia el problema estructural, que sigue siendo una demanda de dólares muy superior a la oferta.

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Frente a la debacle, Estados Unidos a través del FMI decidió ponerle un pulmotor al amigo argentino. Fue y es geopolítica: evitar la caída de un gobierno clave en la región y, con ello, evitar también el regreso del llamado populismo. La llegada del FMI agravó la percepción de los actores financieros. La lectura fue que una economía a la que el Fondo le prestaba más de 50 mil millones de dólares seguramente tenía problemas peores a los que se veían en la superficie. El plan con el Fondo fue la bandera de largada para una compleja toma de decisiones de los fondos de inversión. La pregunta clave fue por el mejor momento para salir de la economía argentina minimizando pérdidas.

En principio el FMI aparecía como una garantía de suministro de dólares para la salida, pero a medida que los dólares disponibles se reducían apareció la amenaza del fenómeno “Puerta 12”. Hoy todos los fondos de inversión con papeles argentinos saben que van a perder. De lo que se trata entonces es de salir lo antes posible. Por eso los títulos de deuda y acciones locales se queman en el aire. El resultado económico es el aumento sostenido del riesgo país y la caída de los ADR, los acciones de firmas locales que cotizan en Nueva York. Con el cruce de la barrera de los 800 puntos los operadores asumieron el derrumbe, por eso en pocos días se superó la barrera de los 1000 puntos. El pico del dólar a 47,5 es apenas un emergente de lo que viene. No habrá barrera de tasas y ventas de divisas que quiebre la tendencia en tanto nadie esté obligado a liquidar exportaciones y no existan restricciones para la salida de capitales.

La economía local ya está en default. El desafío dejó de ser la administración de la restricción externa. De lo que se trata hoy es de controlar el derrumbe. Pero el efecto Puerta 12 no le conviene a nadie. Hay alrededor de 10.000 millones de dólares del FMI para llevarse y bastante más de Reservas Internacionales. Todo dependerá de cómo se manejen los tiempos y las ansiedades. Es verdad que una barrera de varios miles de millones de dólares puede ser más útil para frenar una corrida que las liquidaciones a cuenta gotas que “autorizó” el FMI, pero una mejor intervención en el mercado de divisas no cambiará el problema estructural. Los flujos de demanda de dólares seguirán siendo superiores a los de oferta, un tic tac para la economía macrista que no se resuelve ni procesando en Comodoro Py a la totalidad de la oposición. Mientras tanto, millones de argentinos que viven de su trabajo seguirán presenciando en vivo y en directo cómo día a día se licúan sus ingresos y sus esperanzas y como la economía se precipita a un vacío cuyo fondo aun no se vislumbra.

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