Este viernes el Teatro Gran Rex se convirtió en el escenario de una celebración que recorrió dos décadas de canciones, transformaciones, amistades y distintas formas de entender el pop. Una noche en la que las butacas duraron poco: entre sintetizadores, coreografías y canciones que atravesaron generaciones, el mítico teatro de la calle Corrientes terminó funcionando como una enorme pista de baile con Alex Anwandter.
El show tenía desde antes una particularidad, no era solamente la llegada de Anwandter a uno de los teatros más emblemáticos de Buenos Aires, sino también el primer recital de este tipo que podía hacer en el país. Hasta entonces, buena parte de sus encuentros con el público argentino habían sucedido en clubes, festivales y espacios asociados al baile. El Gran Rex le permitía, como había explicado pocos días antes en diálogo con El Destape, entrar en una dimensión más íntima de su obra y profundizar la conexión con quienes escuchan sus canciones.
Y esa intimidad no significó quietud. Desde el comienzo, el espectáculo se movió entre la electrónica, el pop y la canción de autor, con una banda que sostuvo el recorrido con precisión y una puesta que evocó la estética de los grandes programas televisivos de música, con una referencia visual al histórico Ed Sullivan Show. El contraste fue parte del encanto, un teatro tradicional transformado, por momentos, en una discoteca.
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El repertorio funcionó como una línea de tiempo que no necesitó ser explicada. Aparecieron canciones de sus distintas etapas, desde los años de Teleradio Donoso y el comienzo de su camino solista con Odisea, hasta Rebeldes, Amiga, Latinoamericana, El diablo en el cuerpo y su material más reciente. “Casa latina”, “Traición”, “Rebeldes”, “Gaucho”, “Precipicio”, “¿Qué piensas hacer sin mi amor?” y “Toda la noche” fueron algunas de las canciones que conectaron épocas diferentes de una misma obra.
Pero si algo había anticipado Anwandter en su conversación con El Destape era que estos veinte años no los quería medir solamente en discos, escenarios o logros. “Supongo que lo que más me gusta son mis amistades musicales”, había dicho, para luego hablar de las “amistades artísticas y amistades personales” que fue construyendo durante su recorrido. En el Gran Rex, esa idea dejó de ser una declaración y se volvió parte concreta del espectáculo.
Por el escenario pasaron Juana Rozas, Emmanuel Horvilleur, Juan Mango, Juliana Gattas y Marcelo Moura. Cada aparición abrió una puerta distinta dentro de la historia de Anwandter y, al mismo tiempo, mostró la red de vínculos que fue armando alrededor de su música. Rozas compartió “Mi vida en llamas”; Horvilleur se sumó a “Precipicio”; y Juan Mango acompañó el costado más electrónico de “¿Qué piensas hacer sin mi amor?”.
La llegada de Juliana Gattas fue uno de los momentos centrales de la noche. Primero para interpretar “Maquillada en la cama”, una canción vinculada a la etapa solista de la cantante y al trabajo de Anwandter como productor y compositor. Después, ambos volvieron a encontrarse para “Siempre es viernes en mi corazón”, una canción que ya forma parte del imaginario compartido entre el artista chileno y la escena argentina.
Y entonces apareció Marcelo Moura. La presencia del integrante de Virus introdujo otra capa de memoria dentro de una noche que ya venía jugando con distintas generaciones del pop. Juntos hicieron “Sin disfraz”, una canción de Virus que conectó directamente la celebración de Anwandter con una tradición argentina que también ayudó a moldear su propia sensibilidad musical.
Hubo, sin embargo, un momento en que el espectáculo cambió completamente de escala. La banda dejó el escenario y Anwandter quedó solo con su guitarra para cantar “Cordillera”. La canción, dedicada especialmente al público de su país, llevó la celebración hacia un lugar más despojado. Después llegó “No soy un extraño”, de Charly García, y el Gran Rex volvió a quedar atravesado por una idea que acompaña buena parte de la obra del músico chileno: el pop puede ser bailable y, al mismo tiempo, hablar de identidad, política, pertenencia y memoria.
El cierre con “Toda la noche” terminó de completar el recorrido. Después de más de dos horas de música, invitados y canciones que atravesaron buena parte de su trayectoria, la celebración encontraba su forma más natural: bailar hasta el final.
