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El tesoro milenario que estaba dentro de una vasija y revoluciona la historia de la botánica

Un equipo arqueológico encontró restos de semillas de una flor que hoy sobrevive de forma silvestre en un único rincón del mundo: un área protegida de menos de dos mil metros cuadrados cerca de Ankara. El hallazgo retrasaría en varios milenios la presencia documentada de esta especie endémica y en peligro crítico de extinción.

23 de septiembre, 2026 | 10.00
El tesoro milenario que estaba dentro de una vasija y revoluciona la historia de la botánica

Un equipo arqueológico ha encontrado restos de semillas de una flor que hoy sobrevive de forma silvestre en un único rincón del mundo: un área protegida de menos de dos mil metros cuadrados cerca de Ankara. El hallazgo retrasaría en varios milenios la presencia documentada de esta especie endémica y en peligro crítico de extinción.

El yacimiento se llama Külhöyük y está en el barrio de Oyaca, dentro del distrito de Gölbaşı, a poco más de 20 kilómetros al sur del centro de Ankara. Es un montículo artificial —lo que en arqueología de Oriente Próximo se conoce como tell o, en turco, höyük— de unos 250 metros de longitud y 22 de altura, formado por capas sucesivas de ocupación humana a lo largo de milenios.

La historia del yacimiento

Allí se instaló primero un asentamiento hattita, hacia el III milenio antes de Cristo, que más tarde los hititas ampliaron hasta convertirlo en un centro urbano de cierta importancia, con murallas, poternas y estructuras monumentales que los arqueólogos siguen sacando a la luz.

El sitio se descubrió, como tantos otros en Anatolia, casi por accidente: en 1978, durante unas excavaciones clandestinas que alertaron a las autoridades. No fue hasta 1992 cuando comenzaron las excavaciones de salvamento oficiales, y desde entonces los trabajos han continuado con distintas intensidades.

Hoy Külhöyük tiene el estatus de «excavación sostenida» bajo mandato de la Presidencia turca, dirigida por la doctora Derya Yılmaz Tekin en representación del Ministerio de Cultura y Turismo y de la Universidad de Ankara. Es, según las propias fuentes oficiales, la única ciudad hitita que se excava de forma activa dentro de los límites administrativos de Ankara.

El hallazgo de la vasija y las semillas

En la campaña más reciente, el equipo recuperó una vasija de cerámica de unos 4.000 años de antigüedad —es decir, de la Edad del Bronce Medio, en un contexto cronológico cercano al de los primeros reyes hititas y no muy alejado en el tiempo de Hammurabi en Babilonia—.

Al analizar el contenido, los investigadores identificaron restos de semillas pertenecientes a una especie muy concreta: Centaurea tchihatcheffii -conocida en turco como sevgi çiçeği-, literalmente la flor del cariño o flor del amor. La noticia se hizo pública a través de la cuenta personal en la red social X del ministro de Cultura y Turismo, Mehmet Nuri Ersoy, quien calificó el hallazgo como los restos de semillas más antiguos conocidos de esta planta.

Qué hace especial a esta flor

Centaurea tchihatcheffii es una especie anual de la familia de las asteráceas —la misma que margaritas y girasoles— que produce flores pequeñas de tonos rojos, rosas y morados, a veces con esa cualidad cambiante que le ha dado su nombre popular alternativo, yanardöner («tornasolada» o «cambiante», como la seda que cambia de color según la luz).

También se la conoce como «botón de novia» o «flor del profeta», según la región. Fue descrita por primera vez en 1848 por el naturalista de origen ruso Pierre de Tchihatcheff, que recogió los primeros ejemplares entre las localidades de Gölbek y Yavrucak, muy cerca de donde hoy se sitúa Külhöyük.

Casi dos siglos después de aquella primera descripción, la planta sigue circunscrita casi al mismo punto del mapa. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza la clasifica como «en peligro crítico» y el Convenio de Berna la incluye entre las especies de protección estricta en Europa.

Desde 2019, además, cuenta con una indicación geográfica protegida gestionada por el ayuntamiento de Gölbaşı, que restringe su cultivo autorizado a una superficie de apenas 1.750 metros cuadrados en el barrio de Eymir. Fuera de esa zona vigilada, y de algunos avistamientos puntuales cerca del pueblo de Gölbek, no se conoce ninguna otra población silvestre en el mundo.

Ahí radica el verdadero valor del hallazgo. Si las semillas encontradas en la vasija de Külhöyük se confirman efectivamente como pertenecientes a Centaurea tchihatcheffii, estaríamos ante la prueba de que esta planta -hoy reducida a un puñado de hectáreas- ya crecía en la misma región durante la Edad del Bronce, casi 3.700 años antes de que la ciencia occidental la catalogase por primera vez.

Eso convertiría a esta flor extremadamente localizada en una superviviente de muy largo plazo, capaz de mantenerse en el mismo rincón geográfico pese a milenios de agricultura, pastoreo y más recientemente, expansión urbana en la cuenca de Ankara.

Las preguntas que quedan por responder

Queda por resolver, sin embargo, buena parte de la historia. No se ha explicado públicamente si la vasija contenía las semillas de forma intencionada —como parte de una ofrenda, un almacenamiento ritual o incluso un uso ornamental o medicinal por parte de sus habitantes hititas— o si llegaron allí de manera fortuita, arrastradas por el viento o mezcladas con otros materiales vegetales.

Tampoco se ha precisado si la datación de las semillas es directa, mediante radiocarbono sobre el propio material orgánico o si se infiere del contexto arqueológico de la vasija que las contenía, una distinción nada menor para cualquier lector con formación científica. Y por supuesto, falta la publicación que someta el hallazgo al escrutinio de otros especialistas en arqueobotánica, el campo que estudia precisamente estos vestigios vegetales en yacimientos antiguos. Mientras esos detalles no se aclaren, el hallazgo de Külhöyük queda como lo que es por ahora: un anuncio oficial prometedor, respaldado por una excavación de largo recorrido y una identificación botánica muy específica, pero todavía pendiente de la validación que solo puede dar la publicación científica formal.

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