Los resultados de las pruebas PISA 2025 mostraron un fuerte retroceso de los estudiantes argentinos con respecto a 2022 en Lectura, Matemática y Ciencias, y encendieron las alarmas de la opinión pública. Sin embargo, detrás de los números, se esconde una compleja situación imposible de medir en un solo examen, que trasciende la frontera de las aulas y combina desigualdad social, deterioro de las condiciones de enseñanza/aprendizaje y una transformación acelerada de las formas de acceder al conocimiento. Por supuesto que la inteligencia artificial (IA) y las pantallas son parte de la trama problemática, pero también tecnologías propias de un cambio de época vertiginoso que la escuela, al igual que la mayoría de las instituciones, todavía está intentando procesar.
Los exámenes PISA, que se realizan desde el año 2000 y evalúan a 760.000 estudiantes de 15 años en 91 países, son parte de una evaluación internacional anual de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) que busca evaluar conocimientos y habilidades "esenciales" para participar de forma plena en las sociedades modernas. Lo llamativo de los últimos resultados es que registraron el "nivel medio de rendimiento más bajo jamás observado" a nivel mundial, sobre todo en lengua y matemática, deterioro que alcanza picos en varios países latinoamericanos y europeos, y no se limita a los sectores socialmente más vulnerables: en distintos países también se observan retrocesos entre estudiantes de niveles socioeconómicos favorecidos.
Según los datos difundidos por Argentinos por la Educación, a nivel local los 11.200 estudiantes alcanzaron 367 puntos en Matemática ( puestos 75), 389 en Lectura (puestos 62) y 393 en Ciencias (puestos 71). El país registró así algunos de sus peores desempeños de la serie histórica, especialmente en Matemática y Ciencias, y mostró una caída respecto a la edición anterior. Al analizar los niveles por área se observa que en matemática solo el 24% alcanzó el nivel mínimo de competencia; en lectura el 55%; y en ciencias solo llegó el 41% al nivel mínimo.
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Frente a un escenario de esta magnitud, reducir los resultados a un diagnóstico sobre “la mala educación argentina”, leer una foto del momento puntual como si fuera la representación completa del sistema educativo o atribuir mecánicamente sus resultados a una gestión gubernamental específica, supone simplificar un fenómeno que es necesariamente acumulativo y multifactorial.
Gabriel Brener, licenciado en Ciencias de la Educación por la UBA, especialista en Gestión y Conducción del Sistema Educativo por FLACSO y profesor de Enseñanza Primaria, advierte sobre el riesgo de convertir los resultados en un espectáculo para causar indignación: “La espectacularización contribuye a soldar esas ideas de catástrofe o de colapso educativo -en los '90 le llamaban la tragedia educativa- y no porque no sea grave lo que ocurre, sino porque ya sabemos sobre lo mal que estamos, de lo que nadie habla seriamente es de lo que se debe hacer”. La advertencia apunta a analizar el problema, no solamente desde la constancia de los aprendizajes están deteriorados, sino apuntando a identificar las condiciones que produjeron ese deterioro y qué políticas pueden modificarlas.
“Solo mirar resultados te hace dejar de ver las condiciones que los hicieron posible. Allí es preciso intervenir”, sostiene Brener. El formato de PISA permite observar algunas capacidades y compararlas internacionalmente, pero no puede por sí solo explicar qué ocurre dentro de cada sociedad o país, qué condiciones materiales y de vida atraviesan los estudiantes, cómo trabajan y cobran los profesionales, qué lugar ocupa la educación dentro de PBI, qué recursos son dedicados a las escuelas, o en qué situación socio cultural o económica viven las familias. El dato de los resultados es importante, como indica el especialista, pero no puede recaer sobre una generación como una mochila pesada o herencia irrecuperable.
Una crisis global, pero también una responsabilidad argentina
Los resultados muestran un deterioro que excede ampliamente a la educación Argentina y que comenzó, en muchos sistemas, antes de la pandemia del Covid-19. Incluso el informe oficial de PISA 2025 deja claro que estamos frente a un fenómeno de dimensiones mucho más amplias que obliga a mirar más allá de las fronteras y preguntarse qué está ocurriendo con las condiciones sociales en las que hoy se produce el aprendizaje. No casualmente la entidad hace especial foco en que el descenso más marcado se constata en la lectura, lo que resulta "especialmente preocupante" ya que constituye la base de cualquier aprendizaje escolar.
La escuela no es una isla protegida de los cambios y peligros sociales, ni una institución que educa y transmite conocimiento en el vacío. Su trabajo en pleno siglo XXI es socializar, transmitir conocimientos, construir hábitos de estudio y desarrollar capacidades cognitivas en una sociedad atravesada por una transformación radical de las formas de consumir información, comunicarse y relacionarse con el conocimiento. Por eso, entre los factores y causas que identifica la OCDE, menciona el creciente uso de las pantallas, la pérdida de costumbre e interés por la lectura, los efectos sociales e institucionales de la pandemia y la incorporación todavía incipiente y desigual de herramientas de inteligencia artificial (IA).
La caída de los aprendizajes no comenzó con la gestión de Javier Milei y sería metodológicamente incorrecto atribuirlo a las políticas de los últimos años. La trayectorias y aprendizajes que mide una evaluación internacional son el resultado de procesos más largos. Paradójicamente, fue el propio gobierno de Milei que utilizó este argumento para responsabilizar a las gestiones anteriores y sostuvo que los resultados reflejan problemas estructurales que se remontan, al menos, a 2013. Pero que un problema sea estructural no constituye una razón para desentenderse. En el sentido contrario significa que requiere políticas de Estado, en todos sus niveles, sostenidas en el tiempo, capaces de trascender los ciclos electorales y los mandatos.
Según el Observatorio de Argentinos por la Educación, la inversión nacional en educación representaba pasó del 1,48% del PBI en 2023 al 0,91% en 2024, y 0.88% en 2025. Los datos más recientes citados por el Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA muestran que el financiamiento educativo nacional acumula una caída real cercana al 47,7% durante los primeros años de la gestión libertaria, con una inversión estimada para 2026 cercana al 0,75% del PBI. Es decir, mientras Argentina enfrenta resultados preocupantes, el Estado nacional viene reduciendo fuertemente la inversión destinada a educación.
En ese sentido el licenciado Brener explica que el malestar eventual por los resultados académicos es paralelo al malestar social generalizado por la crisis socio económica, o el malestar en los salarios docentes que son los más bajos de los últimos 20 años: “También sabemos del malestar en las familias y en especial las más humildes que ya no pueden alimentarse dignamente. O el de tantas familias que deben sumar más trabajos porque el mes no llega al final del salario, o las que se endeudan para financiar alimentos. Si el factor del nivel educativo alcanzado por los padres es decisivo: ¿cómo podemos pretender que estos adultos acompañen a las trayectorias escolares de sus hijos?".
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Si el diagnóstico es que Argentina necesita fortalecer aprendizajes, alfabetización, acompañar a las escuelas y docentes, reducir las brechas, es inevitable no preguntarse por los recursos materiales, humanos e institucionales a disposición. “Está demostrado que los chicos que mejor aprenden son quienes acceden a la material de lectura en soporte escrito y tecnológico, cuando en la realidad se discontinuaron las entregas de libros y de tecnología; que los grupos no tan numerosos son condiciones propicias para una mejor enseñanza y aprendizaje, mientras sucede que en los distritos más ricos del país como la Ciudad de Buenos Aires se cierran escuelas y unifican grados; y especialmente se sabe que si la docencia estuviera en el centro de las políticas educativas, los docentes enseñan mejor y ampliarían sus horizontes cognoscitivos y culturales", señala el docente.
Escuelas, pantallas y una disputa permanente por la atención
Un punto clave en el análisis de los resultados es que se ve un deterioro marcado de los aprendizajes en diferentes latitudes y desde antes de la pandemia. Partir de esta base nos permite desechar rápidamente la hipótesis que pone a las IAs como principales culpables. En un grupo más extendido sí podemos analizar los efectos en la lectura, la atención, la resolución de problemas y los procesamientos cognitivos de otras tecnologías más habituales como las pantallas, los teléfonos celulares, y las redes sociales. La realidad muestra la resistencia constante de una escuela que intenta producir atención y presencia en una sociedad cuya economía funciona, en buena medida, comparándola para fines comerciales.
Esta disputa por la atención queda plasmada en un estudio conjunto realizado recientemente entre el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires y el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) sobre una muestra representativa de 3.261 estudiantes secundarios, que encontró que pasan en promedio 6 horas y 10 minutos diarios frente a las pantallas, lo que equivale a 92 días al año. Además, se ve que el tiempo aumenta con la edad y entre quienes dedican tiempos más elevados, llegan a superar las 11 horas diarias. Por otro lado, la investigación advierte que 4 de cada 10 estudiantes presentan al menos una señal de alerta en alguno de los cuatro indicadores de bienestar socioemocional (ansiedad, depresión, somnolencia diurna y uso problemático del smartphone), síntomas causados, en general, por un mayor tiempo de exposición. El texto final subraya que el tiempo de pantalla resulta relevante, pero el uso problemático del celular y de la tecnología, la falta de controles parentales y los contenidos consumidos, parecen tener mayor peso sobre el bienestar.
El tiempo entonces es un factor importante, pero enmarcado en un problema más amplio: qué tipo de relación con la atención y el conocimiento producen los entornos. El ecosistema digital contemporáneo está organizado alrededor de la velocidad, la interrupción permanente, la respuesta inmediata, la gratificación rápida y el consumo fragmentario de información, mientras que buena parte de los aprendizajes escolares exige condiciones casi opuestas: concentración sostenida, repetición, lectura prolongada, tolerancia a la frustración, espera, capacidad para equivocarse, trabajo colectivo y disposición para permanecer frente a un problema incluso cuando todavía no aparece una respuesta. La atención, en ese sentido, no puede pensarse como una cualidad puramente individual o innata, sino una capacidad socialmente construida, que hoy es disputada por un mercado digital cuyo modelo de negocios depende precisamente de capturar y retener la atención.
“Otro gran malestar creciente es el que nace de los nuevos modos de estar en este mundo atragantado por la vertiginosidad y las pantallas, al ritmo de las redes y la IA, el consumo problemático digital, las deudas desde temprana edad, las apuestas y las afectaciones en la salud mental de adolescentes. Asuntos que entran a la escuela sin pedir permiso y suelen chocar con su tradición de la imprenta y los cambios lentos. Ya sabemos mucho sobre estos malestares, lo que resulta imperioso es saber sobre qué políticas de Estado se realizan, más allá de la gestión de cada gobierno, para que los chicos aprendan más y mejor”, explica Brener. La IA introduce una tensión nueva ya que es una tecnología que, bajo el slogan de asistencia o ayuda a la hora de resolver un problema, puede producir el efecto contrario y hasta volver innecesario el ejercicio cognitivo mediante el cual las capacidades se construyen. Si el recorrido por el cual se resuelve algo (formular hipótesis, equivocarse, revisar, establecer relaciones y desarrollar estrategias) se delega en una máquina, el resultado puede llegar más rápido pero, al mismo tiempo, producir menos aprendizaje.
El futuro requiere entonces un cambio en el ecosistema cultural en el que se forman las nuevas generaciones. “El sólido matrimonio que la escuela mantuvo con la sociedad durante años, incluso con las familias, está bajo escrutinio. Ya no es la escuela el monopolio de la transmisión del saber: también está Twitter, Instagram y la IA. Todos somos parte de estos nuevos escenarios en los que crecen y aprenden las nuevas generaciones, manifiesta Brener. Y agrega: “En estos días lo que comanda es un capitalismo financiero, de plataformas, en el que las vidas son tan volátiles como la bolsa de valores y estamos asistiendo a un proceso cada vez más creciente de uberización social, también educativa, en el que muchos quedan al margen y se naturaliza el descarte. Allí pierden los más pobres, los más viejos, y se sacraliza al mercado como único árbitro social”.
Le desigualdad social como factor determinante de aprendizaje
La desigualdad social en una Argentina cada vez más injusta agrega otra capa decisiva ya que los resultados educativos no se distribuyen de manera homogénea. Como explica el docente de primaria: “Existe una correlación muy fuerte entre origen económico-social y el rendimiento escolar”. Los estudiantes de sectores socioeconómicos más vulnerables pasan, en promedio, alrededor de una hora y media más por día frente al celular que aquellos de mayores ingresos. La desigualdad, entonces, no desaparece en el mundo digital, sino que se profundiza en las formas en que se habita, el tiempo de conexión y las condiciones materiales y culturales.
Algo similar ocurre con las diferencias de género: las estudiantes mujeres registran mayores niveles en los cuatro indicadores de alerta y, en promedio, pasan unos 30 minutos diarios más frente a las pantallas que los varones.
La escuela puede compensar parte de esas desigualdades pero difícilmente pueda eliminarlas cuando las condiciones materiales de vida, el acceso a bienes culturales, el tiempo disponible para estudiar y las posibilidades de acompañamiento de los adultos son radicalmente diferentes. Tal como señala Brener: "Si las desigualdades sociales se trasmutan en desigualdades escolares, la clave debe estar en las políticas educativas que permitan mejorar las condiciones materiales de docentes y estudiantes, y fortalecer la enseñanza para generar algún cambio”.
