Prueban un asfalto con carozos de aceituna y pino que podría cambiar las calles para siempre

Un proyecto desarrollado en España reemplaza parte de los componentes tradicionales del asfalto por biochar obtenido de residuos de aceituna y pino. Los resultados de laboratorio muestran un rendimiento similar al de las mezclas convencionales, con una drástica reducción de la huella de carbono.

30 de junio, 2026 | 12.44

La fabricación de asfalto es una de las actividades más contaminantes dentro de la construcción de infraestructura vial: consume grandes cantidades de energía y depende de materiales cuya producción genera importantes emisiones de dióxido de carbono (CO2). Reducir ese impacto es uno de los desafíos centrales de la ingeniería civil en la actualidad.

Para enfrentarlo, las empresas españolas Agustí i Masoliver (AMSA) y Asfaltos y Construcciones Elsan (ELSAN), en conjunto con la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC), desarrollaron una propuesta que reemplaza por completo el filler mineral utilizado en las mezclas bituminosas por biochar, un material que se obtiene a partir de la transformación térmica de biomasa.

La iniciativa fue distinguida como la solución ganadora del reto urbano "La sección de calle del siglo XXI", según informó el sitio español especializado Bithabitat, por combinar innovación, economía circular y reducción de emisiones sin alterar el comportamiento esperado del pavimento.

De residuos agrícolas a un material de alto valor

El biochar se produce mediante pirólisis, un proceso en el que los residuos orgánicos se someten a altas temperaturas con muy poco o nulo oxígeno. Durante ese tratamiento, gran parte del carbono contenido en la biomasa queda fijado dentro de un sólido extremadamente estable.

En este caso, el material se obtiene a partir de carozos de aceituna y restos de pino, dos residuos abundantes en buena parte de la región mediterránea y que históricamente tuvieron un aprovechamiento limitado. Convertirlos en insumo para el asfalto les da una segunda vida, en lugar de que terminen quemados o descompuestos liberando carbono nuevamente a la atmósfera. La propuesta conecta así dos sectores que normalmente no se cruzan: la gestión de residuos agrícolas y forestales con la construcción de infraestructura urbana.

Carreteras que almacenan carbono durante años

Una de las características más interesantes del biochar es su capacidad para actuar como almacén de carbono de larga duración. Mientras que la biomasa común se degrada con relativa rapidez al estar expuesta al aire libre, la estructura química del biocarbón permite inmovilizar ese carbono durante décadas, e incluso por más tiempo según las condiciones de uso.

Al incorporarse al firme, parte del carbono que los árboles capturaron durante su crecimiento queda retenido dentro de la propia infraestructura vial. Esto convierte a las carreteras en algo más que simples superficies de circulación: también pasan a cumplir un rol, aunque acotado, dentro de las estrategias globales de captura y almacenamiento de carbono.

La construcción también avanza hacia la economía circular

Durante mucho tiempo, la descarbonización estuvo asociada casi exclusivamente a la generación eléctrica o al transporte. Sin embargo, la construcción representa una porción significativa de las emisiones globales debido al enorme volumen de materiales que demanda.

En los últimos años surgieron iniciativas que incorporan áridos reciclados, cementos con menor contenido de clínker, asfaltos fabricados a temperaturas más bajas y mezclas que reutilizan neumáticos en desuso y plásticos recuperados. El biochar se suma a esa tendencia: reducir la dependencia de materias primas vírgenes aprovechando residuos disponibles localmente.

Además, el uso de biomasa proveniente de podas agrícolas o trabajos forestales podría contribuir a una mejor gestión del territorio, disminuyendo la acumulación de restos vegetales que en algunas zonas incrementa el riesgo de incendios.