Sabado 3 de Octubre del 2026 Sab 3 Oct
Cotizaciones
Dólar Oficial $1540
Dólar Tarjeta $2002
Dólar Blue $1560
Dólar CCL $1623.8
Euro $1716.8
Riesgo País 655
EN VIVO

De la presión en redes al riesgo cardíaco: la trampa detrás del consumo de anabólicos en cada vez más jóvenes

Especialistas advierten sobre el aumento en el consumo de esteroides entre jóvenes en gimnasios de Argentina. Los riesgos físicos y psicológicos del fenómeno "Gymbro" impulsado por redes sociales.

03 de octubre, 2026 | 19.00

Cada vez más jóvenes, sobre todo varones, suman la rutina del gimnasio y pesas a su vida cotidiana con el objetivo de conseguir un cuerpo musculoso y definido. Si bien el ejercicio físico es un comportamiento saludable, hay también una búsqueda de resultados fáciles y rápidos que naturaliza una práctica que durante mucho tiempo estuvo asociada al fisicoculturismo y al alto rendimiento: el consumo de esteroides anabólicos. La llamada “química” o "papota” ya se ha incorporado como un consumo más dentro del universo de los entrenamientos, las proteínas, la creatina, los suplementos, las dietas y las rutinas de preparación física. Su uso indiscriminado, la falta de información y los mensajes de influencers en redes sociales como TikTok e Instagram han generado una normalización peligrosa del consumo de estas sustancias hormonales de alto impacto que terminan siendo percibidas por algunos jóvenes como un paso necesario para la optimización del cuerpo.

El aumento del consumo de suplementos y anabólicos surge a raíz de la expansión de la cultura del gimnasio y de la transformación del cuerpo “masculino” o "viril” en una forma de presentación social. En Argentina, según el informe Cuerpo sin cuerpos, elaborado por el observatorio Trama de VML Argentina, la musculación aumentó un 50% entre 2021 y 2023 en aquellos que practican deportes, y dicho salto forma parte de un cambio más amplio: el cuerpo como territorio de optimización, los músculos como materia prima para el trabajo permanente, y la imagen como producto final para monetización en redes sociales.

En ese escenario es que aparece la figura del Gymbro, cuyo modelo de masculinidad se asocia directamente a la fuerza, el volumen muscular, la definición, la potencia corporal y la disciplina como forma de identidad, reconocimiento y estatus. A diferencia de lo que pasaba en los 90 y 2000 cuando estas imágenes se circunscribían a la estética de fisicoculturistas o atletas de alto rendimiento, en la actualidad la medición permanente se incorporó al consumo cotidiano. El vértigo del siglo XXI, y la valorización de los resultados inmediatos más que el proceso en sí mismo, producen una suerte de ansiedad y una necesidad que no coincide con el tiempo, el esfuerzo y la dedicación que lleva durante años construir naturalmente ese cuerpo deseado. Lo que se generó es una subcultura en la que conviven influencers que muestran rutinas de entrenamiento, recomendación de dietas para definición, historias de superación y transformaciones físicas, y la venta de suplementos y estrategias para ganar masa muscular en poco tiempo.

Lisandro Diguini, profesor de Educación Física, especialista en halterofilia y preparación física, conoce hace décadas el funcionamiento de los gimnasios y sostiene que el consumo de anabólicos no es una novedad, pero lo que sí trastocó la problemática es el contexto cultural que lo rodea: “siempre en los gimnasios hubo gente que vendía o dealers que se hicieron unos manguitos vendiendo - explica y agrega- hoy esta problemática está acentuada por la necesidad imperiosa de mostrar un cuerpo hegemónico, un cuerpo musculoso, muy definido, con mucho más tamaño que antes, con mucha más marcación y el hecho del peso que tiene en el estatus social, como salgas en las fotos o en los videos”. El proceso forma parte de “la gran industria de la imagen a como dé lugar”, y los anabólicos aparecen como el camino para conseguir rápido y fácil un ideal corporal instalado como legítimo o deseable.

Si bien estos jóvenes no necesariamente llegan al gimnasio pensando en consumir, e incluso no saben que se trata de una droga, el camino hacia los anabólicos es bastante lineal y frecuente: una persona que entra a un gimnasio puede empezar por una rutina de entrenamiento, modificar su alimentación, consumir proteínas y luego ir incorporando creatina. Mientras tanto en las conversaciones a su alrededor va a escuchar la pregunta más extendida sobre construcción corporal, “¿sos natural?”, y en las redes sociales se va a encontrar con influencers y referentes del tema que exhiben su alimentación, hablan de suplementos, calculan las horas de entrenamiento y exhiben sus músculos, mientras venden un manual sobre cómo transformar el cuerpo en poco tiempo. En ese universo, la llamada “química” puede aparecer como un paso más para acelerar los resultados.

Qué son y cómo actúan los anabólicos

Los esteroides anabólicos androgénicos son versiones sintéticas de la testosterona, la principal hormona sexual masculina, y su utilización en dosis suprafisiológicas puede alterar el funcionamiento normal del organismo. Para un varón joven que busca resultados rápidos ese riesgo puede quedar opacado por una promesa mucho más sencilla de más músculo en menos tiempo. Pablo Dragotta es médico cardiólogo y especialista en medicina del deporte, y lleva alrededor de tres décadas trabajando en ámbitos deportivos y observando los efectos de estas sustancias. Si bien aclara que la preocupación por el consumo de anabólicos no es nueva, explica que “las redes sociales modificaron la manera en que se perciben los beneficios y los riesgos”. En particular, advierte sobre el impacto que puede tener la normalización de su consumo entre adolescentes y jóvenes, que pueden llegar a ellos a través de entrenadores, compañeros de gimnasio, grupos de WhatsApp o Telegram, vendedores en Marketplace y contenidos de internet sin contar con información adecuada.

En términos técnicos, mientras los testículos de un joven producen 50 miligramos por semana de testosterona, como promedio, la primera dosis de anabólicos que suele darse es de 250 o 500 miligramos por semana. Para entender por qué la práctica resulta tan atractiva, Dragotta hace referencia al ejemplo de un joven de alrededor de 1,75 metros y entre 65 y 70 kilos: "mientras puede ganar aproximadamente dos kilos de masa muscular en dos meses si entrena correctamente, come bien, descansa y sostiene el esfuerzo; si consume determinadas sustancias, en cambio, puede ganar hasta 7 kilos sin entrenar”. Además aclara que con el paso del tiempo cada kilo adicional requiere progresivamente más tiempo, esfuerzo, alimentación, descanso y constancia. Con los anabólicos, esa lógica se acelera de manera drástica.

No es casual que esto suceda en medio de la sociedad del rendimiento en la que suelen reproducirse los discursos sobre la optimización del cuerpo, el trabajo en uno mismo, el cambio físico como reflejo de un cambio mental, el músculo como forma de incrementar el valor personal, omitiendo información médica fundamental como la diferencia entre un suplemento nutricional, una droga ilegal o una sustancia hormonal. La transformación del lenguaje y los códigos entre pares, la incorporación de los anabólicos y la química a las conversaciones y prácticas habituales, y la circulación de un saber informal que puede competir con la información médica, terminan modificando la percepción del riesgo.

Diguini analiza que la “apología” que puede existir hoy alrededor del consumo está directamente relacionada con el peso que adquirió la imagen corporal: “por un lado están en algunos países las chicas volviendo a la delgadez extrema de los 90 con el uso de inhibidores del apetito y por otro lado mujeres y hombres utilizando anabólicos para lucir mejor en las fiestas o en las fotos, nada más”. Ambos fenómenos son síntomas paralelos de una cultura en la que la apariencia corporal funciona cada vez más como una forma de capital, algo que se exhibe, se compara y se utiliza para producir reconocimiento. En el caso de los varones, el músculo está asociado a la imagen tradicional de la masculinidad: un cuerpo fuerte, grande, marcado y disciplinado. Y en tiempos donde la imagen vale como contenido para Instagram, TikTok o YouTube, la satisfacción personal también se mide en seguidores, reconocimiento, oportunidades comerciales y estatus. Como dice el entrenador, detrás de todo esto hay “una necesidad imperiosa de mostrar un cuerpo hegemónico”.

Los efectos en la salud: del “bajón” a la falla cardíaca

Dragotta explica que las dosis utilizadas de manera recreativa pueden ser varias veces superiores a las dosis terapéuticas. El organismo, sin embargo, no interpreta esa testosterona adicional como una simple ayuda para desarrollar músculo ya que cuando el cerebro detecta que existe suficiente hormona circulando desde una fuente externa disminuye las señales que estimulan a los testículos para producirla. Mientras los músculos aumentan y el cuerpo se acerca al resultado buscado, el organismo está reduciendo una función hormonal propia: “con esa sola inyección o esa sola primera toma, tus testículos dejan de funcionar, o sea, dejan de producir testosterona”. Al interrumpir el consumo o irse el efecto de la droga, la recuperación del funcionamiento normal del organismo no es necesariamente inmediata sino que puede llevar entre tres y seis meses y, en algunos casos, alrededor de un año, dependiendo de la persona, las sustancias, las dosis y la duración del consumo.

En el corto plazo entonces resulta casi imposible identificar el problema y encima pueden aparecer algunas sensaciones y efectos en la salud mental que contribuyen a reforzar el consumo. Dragotta explica que los primeros síntomas pueden ser estar más alerta, sensación de bienestar, aumento de la autoestima, y en algunas personas predispuestas también pueden potenciarse la irritabilidad y determinadas conductas agresivas. El cuerpo parece responder exactamente como lo esperado para quienes están ansiosos por llegar a un tipo de cuerpo legítimamente aceptado: aumento de la masa muscular, una nueva apariencia, sensación subjetiva de mayor confianza y autoestima.

El problema empieza a hacerse notar cuando se interrumpe el ciclo o cuando la sustancia deja de hacer efecto, ya que en muchos casos la producción natural de testosterona puede todavía no haberse recuperado. En ese momento aparece lo que los usuarios identifican como “el bajón” tanto anímico como de la masa muscular conseguida: se pueden generar cambios de humor, síntomas depresivos, ansiedad, irritabilidad, sensación de apatía, falta de energía, somnolencia y dificultad para concentrarse. “En los consumidores más jóvenes, un tema muy grave puede ser la depresión que puede llevar al suicidio", subraya. En ese momento depresivo, para recuperar el estado perdido, muchos suelen comenzar un nuevo ciclo de consumo entrando en un círculo adictivo difícil de romper. Hace unos meses el influencer fitness Tomás Mazza habló en redes sociales sobre su experiencia y contó como el consumo lo condujo a una depresión muy fuerte en 2024: “Una cosa lleva a la otra y arrancás a tomar esteroides por ignorancia, por desconocimiento, porque te lo pintan de color de rosa, pero una vez que entrás no podés salir”.

A esto se suman otros efectos posibles a mediano plazo como acné, caída del pelo, insomnio, alterations de la presión arterial y del colesterol y los triglicéridos, además de posibles daños hepáticos y renales según la sustancia utilizada y la forma de administración. Así como en los varones particularmente puede aparecer ginecomastia (crecimiento mamario) producto de la conversión de parte de la testosterona en estrógenos, en mujeres pueden producirse cambios de voz, crecimiento del vello, modificaciones de la distribución corporal y otros efectos de masculinización. Además al alterar de forma severa el sistema hormonal puede provocar infertilidad tanto en hombres como en mujeres. El médico describe este proceso como una especie de “polifarmacia terrible” ya que a medida que aparecen distintos efectos secundarios, muchos usuarios incorporan otras sustancias o medicamentos para intentar contrarrestarlos.

A diferencia de la rapidez con la que aumentan la masa muscular, las consecuencias más graves sin embargo aparecen años, hasta décadas después. El cardiólogo identifica algunos de los riesgos cardiovasculares vinculados con el consumo prolongado: hipertensión, alteraciones del colesterol y los triglicéridos, aceleración de procesos de aterosclerosis, endurecimiento de las arterias, mayor riesgo de trombosis y modificaciones en la estructura y funcionamiento del corazón. “Yo tengo algunos pacientes de 30, 35, 40 años con insuficiencia cardíaca por estas medicaciones”, cuenta. También puede ocurrir que la supresión de la producción natural de testosterona se prolongue y el organismo no consiga recuperarla adecuadamente, generando un hipogonadismo secundario que requiera tratamiento hormonal.

Dragotta insiste en que una de su mayores preocupacion es el riesgo que corren los jóvenes dado que son una personas atravesando una etapa vital particularmente vulnerable: necesidad de validación, dismorfia corporal, presión estética impulsada por las redes sociales, deseo de resultados rápidos, fácil accesibilidad a las drogas, desinformación, percepción distorsionada del riesgo, y priorización de la recompensa inmediata. Además, termina pasando que para las propias familias, amigos y seres queridos resulta difícil detectar que existe un consumo problemático dado que el gimnasio o la musculación aparecen, a primera vista, como una actividad saludable. Mientras tanto, los circuitos informales de acceso se expanden por internet, redes sociales, entrenadores, vendedores y grupos de mensajería. Al mismo tiempo, la falta de estadísticas nacionales precisas dificulta saber con exactitud cuál es la dimensión del fenómeno en Argentina y cuál debería ser el rol del estado en las campañas de prevención y acompañamiento.

Las más vistas