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"Si yo lloraba, el perro me secaba las lágrimas”: la desgarradora historia de un veterano de Malvinas que combatió con su ovejero

José Cruz participó del conflicto bélico como infante de marina desde la sección Perros de Guerra, acompañado por el ovejero alemán Vogel. Fueron 18 los perros que viajaron a las islas y dos quedaron allí. El veterano reclama que los caídos de cuatro patas sean reconocidos formalmente como “héroes".

03 de septiembre, 2026 | 07.00

José Cruz recuerda ver el vaho blanco saliendo de la boca de su perro Vogel durante las noches heladas en las Islas Malvinas. Recuerda haberse recostado sobre la panza de su amigo de cuatro patas sabiendo que ante el menor ruido el animal iba a inquietarse y alertarlo. Recuerda decirle “negro, estamos bien”, “vamos bien”; y ver en la mirada de ese ovejero alemán una respuesta que él interpretaba como un “yo también estoy acá y vamos a salir”. 44 años después, la Legislatura porteña reconoció a ambos por su trayectoria y compromiso.

“Vogel era mi familia, mi escudo, mi lanza, mi ángel de la guarda. Puedo ponerme a llorar contándote lo que significó ir a la guerra de Malvinas con un ser tan especial. Mi perro no habría sobrevivido si yo no le daba de comer y yo tampoco si él no me hubiese acompañado”, explica con la voz entrecortada 44 años después de la guerra.

El encuentro de José y Vogel se dio por varias situaciones azarosas que comenzaron mucho antes de la guerra de Malvinas. Cuando tenía 15 años y vivía en San Miguel de Tucumán, influenciado por su hermano mayor Víctor, José se introdujo en el mundo de la crianza y adiestramiento de los ovejeros alemanes. Juntos y con mucho esfuerzo, él y Víctor pudieron adquirir un ejemplar de la raza e ir costeando los diferentes cuidados que necesitaba el animal.

“Me fasciné. Me compré libros en alemán y empecé a estudiar sobre las líneas de sangre, cuáles eran las órdenes y los ejercicios, y cómo hacer para que el perro se arrastrara o atacara”, cuenta el veterano de guerra sobre aquellos primeros acercamientos a la raza.

Tiempo después, en 1978, José se trasladó con su familia a Buenos Aires. En situaciones normales; hubiera tenido que hacer el servicio militar un año después, pero como se había atrasado con la escuela pidió una prórroga y le tocó recién en 1981. El destino fue la Base Naval Puerto Belgrano, en la localidad de Punta Alta. Al llegar al predio, tenía 20 años y rápidamente supo qué era lo que quería hacer allí.

“Cuando estoy ingresando para el lugar en el que iba a ser instruido, pasé por la vereda de lo que es el Batallón de Seguridad y escuché ladridos de perros. Entonces, volteé la cabeza para mirar y me di cuenta de que había toda un área que decía ‘Sección Perros de Guerra’. Me voló la cabeza y pensé ‘yo quiero venir acá’. Cuando terminé la instrucción, me asignaron el campo de golf de los oficiales, pero insistí tanto que me mandaron con los perros”, cuenta José.

En aquel momento había en la base entre sesenta y setenta perros. Todos eran ovejeros alemanes. “Cuando me lo dieron, Vogel era un animal de unos cuatro años que ya estaba adiestrado. Me lo asignaron porque era uno de los mejores y yo tenía conocimiento sobre el ovejerismo”.

Los héroes de cuatro patas

Tras el desembarco en Malvinas del 2 de abril de 1982, fueron seleccionados 18 perros de Puerto Belgrano para participar de la guerra. “Yo sabía que Vogel había sido elegido porque era uno de los mejores. Después nos reunieron a nosotros, nos dieron el equipo y nos preguntaron si alguno no quería ir. Uno dijo que no quería y le dijeron ‘muy bien, mándese a mudar’”, cuenta José sobre cómo fue su experiencia en la previa a la partida a Malvinas.

José fue a las islas en el buque ARA Bahía Buen Suceso (que luego resultaría hundido en el conflicto), durante la Semana Santa. Dice que nunca había estado tanto tiempo en un barco, y que él y otros de sus compañeros sufrieron fuertes descomposturas. Los perros viajaron abajo, en las bodegas. Llegaron el 10 de abril a la tarde, pero como estaba empezando a oscurecer desembarcaron el 11 a la mañana.

“Me llamaba la atención el ruido de los helicópteros y los uniformados con granadas que estaban patrullando por todos lados. Era una mezcla de miedo con sorpresa”, describe la escena.

José y Vogel estuvieron en Malvinas en distintos lugares y cumpliendo diferentes funciones. Primero, les tocó en el sector del Cuartel Royal Marines junto a otros tres binomios de infantes y perros. Allí, acompañaban durante las noches a un suboficial que estaba a cargo de distribuir gente en los alrededores. Los perros les servían como guías para ubicar en la oscuridad a quienes estaban en posiciones.

Luego, fueron a Puerto Argentino donde también hicieron patrullajes y guardias. Además de realizar misiones juntos, José cumplía con los trabajos de cuidado de Vogel (le daba de comer, lo cepillaba y lo sacaba a pasear), mientras que formó parte del servicio de apoyo al combate, cargando y descargando aviones.

En ese entonces los perros se consideraban más estrictamente como un bien “material” de las fuerzas y permanecían con su encargado humano solamente en momentos de cuidados y misiones. “En los tiempos de bombardeos ellos percibían los ruidos de los aviones antes de que nos dijeran que había alerta rojo. Empezaban a aullar y sabíamos que venían”, cuenta José sobre otra de las funciones operativas de Vogel. Sin embargo, el acompañamiento de su perro fue muy importante en el plano emocional.

“A veces, cuando salíamos a hacer una guardia, mis amigos me reclamaban una oración para pedir por un momento de paz o que se abriera el cielo y viéramos una estrella. Yo soy de la iglesia de los mormones y para que la oración sea más potente siempre lo hacemos de rodillas y con el corazón abierto. Mi perro me acompañaba y, si yo lloraba, me secaba las lágrimas”, ejemplifica.

Sobre el final de la guerra, José y Vogel fueron enviados a las primeras filas junto a otros cuatro binomios para participar de la batalla en el cerro Sapper Hill. Llegaron un domingo 13 de junio al mediodía, con la misión de cuidar las ametralladoras de ataques nocturnos, y estuvieron toda la jornada sin comer. En esas horas, el ataque enemigo fue intenso. “Desde ahí yo vi como mis hermanos pelearon cuerpo a cuerpo defendiendo las posiciones, mientras los ingleses tiraban unas bengalas enormes”.

El 14 de junio, cuando empezaba aclarar, los soldados se metieron en la trinchera que era una pequeña cueva para comer galletitas y pronto llegó la orden de replegarse hasta Puerto Argentino. En la vuelta tuvieron que pasar por una zona de bombardeos en la que se perdieron dos de los cinco perros: Negro y Ñaro. “Esos perros eran seres vivos y yo hoy, por ser criador y adiestrador, levanto mi voz diciendo que fueron soldados de cuatro patas. Y si fueron soldados tienen que ser reconocidos porque los héroes son los que dieron la vida por la patria”, reclama José.

Sin despedida

Cuando terminó la guerra, José arribó a Puerto Belgrano y de ahí tenía un pasaje en tren para regresar a la estación Constitución. Pronto estaría en Buenos Aires, pero su familia no lo sabía. Su papá trabajaba en ese momento como telegrafista en la sucursal 28 del Correo Argentino, ubicada en la Avenida Cabildo. Entonces se le ocurrió una idea: se dirigió al correo de Punta Alta y pidió permiso para establecer una comunicación con la sucursal porteña. El operador local lo recibió y le envió el mensaje a Rubén Cruz: “Quiero decirle, colega, que estoy junto a su hijo que volvió de la guerra. Mañana a las siete de la mañana llega a Constitución”.

“Mi papá me fue a esperar con mis hermanos y unos amigos. Para mí fue una emoción muy grande ya que esa noche había viajado deseando que pasaran rápido los kilómetros. Con uno de mis hermanos teníamos un chiflido para identificarnos a la distancia y cuando bajé en Constitución ambos lo hicimos. Ahí supe que estaba mi familia esperándome”.

La posguerra no fue fácil para José. Ni bien regresó, contó con dos semanas de licencia para compartir con sus padres y hermanos. Dice que en ese tiempo tuvo la mirada perdida y que, a pesar de que le preparaban comida abundante y con sabor hogareño, el apetito no aparecía. Esos primeros días serían quizás un anticipo de un proceso que duraría años, incluso luego de formar su propia familia; un proceso triste que, remarca, no fue contenido por los gobiernos sucesivos.

“El regreso fue de mucho dolor y de mucho odio porque vimos hipocresía y falsead en la gente. Me hicieron creer que era un pobrecito y un perdedor y me sentí como tal. Pasaron 25 años y caí en un pozo, toqué fondo, perdí mi hogar, mi esencia y mi rumbo. Perdí todo y ahí fue cuando empecé a hacer terapia para intentar ponerme de pie. Entonces comencé mi camino de recuperación”.

José cuenta que logró reconstruir su vida y los lazos familiares que se habían roto. Actualmente, trabaja como paisajista diseñando jardines y se convirtió en conferencista profesional motivacional transmitiendo las enseñanzas de su experiencia de vida. “Un veterano de guerra es una persona extremadamente sensible que lo dio todo. Ojalá nunca más haya una guerra”, repite.

A Vogel, después de la guerra, lo vio sólo una vez más. Cuando terminó la licencia con su familia, tuvo que volver a Puerto Belgrano por una semana. En esos días, le jugó y lo acarició. Luego le dieron el alta y la barrera de la base se abrió para que saliera a la calle siendo un civil otra vez. “Ese fue mi último encuentro con él. Creo que salí huyendo. Pasaron más de diez años hasta que empecé a preguntar qué había pasado con mi perro. Entonces, tristemente, me enteré que murió en 1992 y que lo enterraron en el Batallón de Seguridad, en donde nació, creció, sirvió a la patria y envejeció. Quizás él me estuvo esperando, pero yo no estuve a su altura, no estaba entero. Mi mente estaba rota y mi corazón también”.

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