¿Cómo aprendieron a cultivar los cazadores recolectores de los Andes centrales?

Un equipo transdisciplinario de investigadores argentinos y franceses analizó 46 genomas humanos antiguos del Valle de Uspallata y descubrió que la agricultura llegó allí no por migraciones, sino por transmisión cultural

20 de marzo, 2026 | 10.43

Hace unos 2.000 años, grupos de cazadores-recolectores que llevaban miles de años habitando los valles situados al pie de los Andes empezaron a cultivar maíz. Cómo llegó esa práctica al área de lo que hoy es Uspallata era una pregunta sin respuesta, pero un trabajo transdisciplinario que acaba de publicarse en Nature logró contestarla: no fue mediante migraciones, ni reemplazo de poblaciones, sino que la adquirieron por transmisión cultural.

Esa es una de las conclusiones centrales que surgen del estudio liderado por el biólogo molecular argentino Nicolás Rascovan, director de la Unidad de Paleogenómica Microbiana del Instituto Pasteur, de París, y cuyos primeros autores son el arqueólogo Ramiro Barberena, del Instituto Interdisciplinario de Ciencias Básicas (ICB) del Conicet, en Mendoza, y el genetista de poblaciones Pierre Luisi, del Instituto de Antropología (Idacor), de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y el Conicet. Ellos encabezan un equipo de casi cuarenta científicos argentinos y franceses. La investigación reconstruye más de dos milenios de historia poblacional en el Valle de Uspallata, en el extremo sur de la expansión agrícola andina combinando paleogenómica humana y de patógenos, análisis isotópicos, arqueología y registros paleoclimáticos, y que involucró la participación activa de comunidades indígenas huarpes. Sus resultados iluminan uno de los grandes debates de la prehistoria americana.

Trabajo de campo

“El trabajo es destacable por varios aspectos –opina Rolando Gonzalez José, investigador superior del Conicet y ex director del Centro Nacional Patagónico, que no participó en la investigación–.  En primer lugar, porque se trata de un equipo de profesionales claramente transdisciplinario, que incluye antropólogos, arqueólogos, genetistas, bioinformáticos, pero además representantes de comunidades huarpes, que al ser coautores del trabajo seguramente aportaron su mirada desde fuera de la comunidad científica. Por otro lado, aborda una pregunta clásica en antropología biológica, que recurrentemente se puso a prueba en Europa, Estados Unidos y algunos sectores de Asia, pero rara vez en Sudamérica y en el Cono Sur. Es el interrogante acerca de si la innovación tecnológica que implicó la adopción de la agricultura (en este caso, del maíz) se produjo por dispersión cultural, lo que implica aprendizaje de otras poblaciones vecinas que ya la dominaban con anterioridad, o bien se produjo por un reemplazo poblacional, es decir, que aquellos pueblos que dominaban la agricultura, por ser más numerosos, desplazaron a las poblaciones cazadoras-recolectoras. Este estudio despeja la duda en lo que concierne al extremo sur del imperio inca y de la expansión del maíz, muestra que los antiguos cazadores-recolectores fueron adoptando el conocimiento de la agricultura de manera de manera gradual y que sus linajes sobrevivieron hasta épocas relativamente recientes”.

Cuando los europeos llegaron a América, la agricultura llevaba siglos expandiéndose desde los centros de domesticación en los Andes centrales, la Amazonia y Mesoamérica. Pero a la historia de esa expansión le faltaban varios detalles cruciales. ¿Fueron agricultores migrantes los que llevaron los cultivos a nuevas regiones, desplazando o mezclándose con las poblaciones locales? ¿O fueron los propios cazadores-recolectores quienes incorporaron plantas y técnicas por transmisión de conocimientos?

El equipo de arqueólogos caminando hacia la Cordillera (FOTO: Ailín Novellino)

“Esa es una de las grandes preguntas para entender cómo evolucionaron las sociedades humanas –explica Luisi, matemático de formación y nacido en Francia, pero que hace once años se radicó en Córdoba, donde hoy es profesor titular de Dinámica de Poblaciones Humanas en la UNC–. Solo desde la arqueología, distinguir entre estos dos escenarios era casi imposible. Y ahí es donde la genética ofrece un aporte fundamental. Uno de los primeros grandes estudios de ADN antiguo con poblaciones modernas pudo mostrar que la agricultura se expandió desde la medialuna fértil a través del movimiento de poblaciones. Nosotros vimos lo contrario”.

El Valle de Uspallata era un lugar ideal para averiguarlo. El equipo obtuvo datos de ADN antiguo de 46 individuos que abarcan desde el período de cazadores-recolectores hasta las posteriores poblaciones agrícolas y encontró una fuerte continuidad genética entre quienes vivían en la región antes de la agricultura y quienes la practicaron siglos después.

"Lo que observamos es que las poblaciones cazadoras-recolectoras de la zona eran genéticamente indistinguibles de las que en diferentes momentos posteriores habitaron el valle; es decir, no hubo un reemplazo por migrantes desde otras latitudes –dice Rascovan desde París–. Esa continuidad indica que ellas mismas en un momento reciben conocimiento, y especies cultivadas o domesticadas de otras zonas, y las empiezan a utilizar”.

El maíz no es originario de la región. Llegó de otro lado, probablemente desde los Andes centrales, y fue adoptado por quienes ya estaban allí. Luisi coincide: “Lo que vemos es una continuidad genética muy marcada. Quiere decir que la agricultura llegó a Uspallata por transmisión cultural. Se dieron muestras, se enseñaron, aprendieron de los que ya las habían cultivado”.

(FOTO: Gabriela Da Peña)

Pero esto no es todo. El estudio también permite llenar un vacío importante en el mapa de la diversidad genética de Sudamérica. Los genomas analizados revelan un componente específico de los Andes centro-oeste argentinos (la región de Cuyo y el sur de San Juan) que pareciera tener una historia de divergencia muy antigua respecto del resto del continente, y que persiste en las poblaciones actuales de la zona.

"Más allá de la historia local de Uspallata, estamos documentando un componente genético que antes solo había sido sugerido a partir del análisis de poblaciones actuales y que ahora muestra una divergencia muy antigua que persistió hasta hoy", explica Luisi, quien junto con colegas ya había publicado indicios de este componente en 2020.

Ahora, con genomas de hace 2.000 años, la evidencia es mucho más sólida. Y sus implicancias van más allá de la ciencia: “La persistencia de este componente genético ancestral en poblaciones actuales va en contra de relatos que respaldan la extinción de los descendientes indígenas en la región desde la conformación y expansión del Estado-nación argentino”, destaca el comunicado del Instituto Pasteur.

"Hay muchos relatos que dicen que los huarpes desaparecieron, o que las poblaciones de Cuyo no tienen nada que ver con las poblaciones indígenas originarias –dice Luisi–. Nosotros no vemos eso. Observamos una continuidad”.

El estudio analiza también otro capítulo de la historia de Uspallata que ocurre siglos después: el que cuenta un cementerio extraordinario llamado Potrero Las Colonias, donde fueron enterradas más de 120 personas a lo largo de aproximadamente un siglo, hace entre 810 y 700 años, poco antes de la expansión inca.

Vista panorámica de Uspallata (FOTO: Ramiro Barberena)

“Es muy raro encontrar un cementerio de ese tamaño", destaca Rascovan. Análisis químicos de muestras de sus huesos y dientes revelaron algo sorprendente: la gran mayoría de los individuos no eran locales. Los isótopos de estroncio –que reflejan el área geográfica donde una persona vivió– indican que habían pasado sus vidas en otro lugar y migrado al valle antes de morir. Además, presentaban los valores más altos de consumo de maíz documentados para los Andes del sur, junto con marcas en los huesos compatibles con estrés nutricional e infecciones en la infancia. Entre los patógenos identificados en el ADN antiguo apareció algo inesperado: tuberculosis. Una cepa perteneciente a un linaje precolonial ya documentado en Perú y Colombia, pero nunca antes encontrado tan al sur.

"Detectar tuberculosis en esta latitud en un contexto precontacto es impactante –afirma Rascovan–. Amplía el marco geográfico para entender cómo circuló la tuberculosis en América en el pasado y destaca el valor de integrar genómica de patógenos al estudiar la historia humana”.

Los hallazgos sugieren que los restos de Potrero Las Colonias corresponden a una población en crisis: dependiente casi exclusivamente del maíz, con señales de malnutrición, enfermedades y alta mortalidad infantil, y que llegó a la zona forzada a moverse de donde vivía. Los registros paleoclimáticos confirman que ese período coincidió con una etapa de marcada inestabilidad en la región, con sequías prolongadas y fluctuaciones extremas.

Los análisis genómicos de parentesco agregaron otra sorpresa: muchos de los migrantes estaban estrechamente emparentados y compartían el mismo linaje mitocondrial (ADN transmitido exclusivamente por vía materna), lo que sugiere que las familias migraban juntas, organizadas en torno de vínculos maternos. En algunos casos fue posible reconstruir un árbol genealógico de tres generaciones: abuela, hijas y nietos, enterrados en distintos momentos pero en el mismo lugar.

"Ninguna comunidad agricultora abandona sus campos y hogares a la ligera –sostiene Barberena en el comunicado–. Nuestros resultados son más consistentes con personas que se movieron por fuerza mayor, apoyándose en redes familiares para atravesar la crisis”.

No se encontraron evidencias de violencia. En algunos casos, locales y migrantes fueron enterrados en contextos funerarios compartidos, lo que sugiere una convivencia pacífica. La crisis era multidimensional (climática, alimentaria, sanitaria) y la respuesta fue la movilidad organizada con un rol estructurante de las mujeres. "Lo que estamos viendo en este cementerio gigante es algo así como la foto del final de esa historia –destaca Rascovan–. Después de grandes períodos de achicamiento y de crisis, estas personas se ven forzadas a moverse a ese lugar, donde terminan falleciendo”.

Nicolás Rascovan (FOTO: François Gardy, Institut Pasteur)

Rascovan, egresado de la UBA como biólogo molecular, llegó al Instituto Pasteur después de un recorrido atípico. Trabajó en células madre en los Estados Unidos, luego hizo su doctorado en metagenómica del suelo en el Indear, de Rosario, y estudió ambientes extremos en la Puna. Viajó a Francia siguiendo a su novia, española, que hoy es su mujer. Obtuvo un posdoctorado en Marsella trabajando con virus humanos, y fue entonces cuando tomó la decisión de cambiar de campo.

"Venía siguiendo la literatura sobre ADN antiguo, me parecía fascinante, aunque no tenía formación en el tema", cuenta. Así, empezó a buscar material arqueológico en la Argentina, a conectarse con investigadores, a aprender metagenómica del pasado casi de manera autodidacta. Cuando terminó el posdoctorado, quedó desempleado durante dos años mientras se presentaba a concursos en Francia (siete veces, sin éxito). Fue en ese período, ¡trabajando desde su casa!, que descubrió una cepa de la peste de hace cinco mil años y publicó su hallazgo en Cell. Ese paper le imprimió un cambio de rumbo a su rumbo profesional, ya que le permitió concursar y ganar el puesto de director de equipo en el Pasteur. Luego, un subsidio del European Research Council por un millón y medio de euros le hizo posible encarar este proyecto que involucra a más de treinta colegas y más de mil muestras.

Pierre Luisi (FOTO: Ramiro Pereyra / La Voz)

Pierre Luisi, por su parte, es matemático graduado en Toulouse, con un master en Salud Pública en París, un doctorado en Biomedicina en Barcelona, un posdoctorado en Stanford y otro en el Institut Pasteur, donde fue discípulo de Rascovan. Su historia es el anverso de la de su colega: llegó a Córdoba por influjo de quien es hoy su mujer, la cordobesa  Angelina García, también autora de este trabajo.

El estudio se destaca también por su dimensión ética. Tres miembros de comunidades huarpes —Claudia Herrera, Graciela Coz y Matías Candito— participaron activamente a lo largo de todo el proyecto y son coautores. No fueron consultores externos, sino que participaron desde el inicio, en el diseño de las preguntas, hasta la interpretación de los resultados.

"La arqueología y la paleogenómica no son neutrales cuando involucran a los ancestros de pueblos vivos –subraya Rascovan–. Trabajar con las comunidades transforma la ciencia: ayuda a definir mejor las preguntas que hacemos, cómo interpretamos la evidencia y cómo comunicamos lo que podemos (y lo que no podemos) concluir".

Luisi cuenta una anécdota que ayuda a entenderlo. En un trabajo de 2020, al encontrar el componente genético cuyano también presente en Santiago de Chile, los investigadores habían interpretado ese dato como una posible consecuencia de la deportación colonial de los huarpes para trabajar como mano de obra en el país trasandino. Pero cuando les contó esa interpretación a los representantes de las comunidades, le dijeron que estaba equivocado. “Para nosotros esa no era una barrera geográfica, vamos y venimos desde tiempos inmemorables”, comenta el científico. El ADN antiguo terminó dándoles la razón: el componente genético compartido entre Cuyo y Chile central ya existía en tiempos precoloniales, mucho antes de cualquier deportación posible.

"Sin haber hablado con ellos –reconoce Luisi–, me hubiera aferrado a la idea de la deportación y no hubiera tratado de interpretar mis resultados desde otra perspectiva”.

El trabajo publicado en Nature reconstruye, en definitiva, dos historias complementarias. La primera, la de cazadores-recolectores que adoptaron la agricultura sin perder su identidad genética ni ser desplazados, desafía la idea de que la expansión agrícola siempre implica reemplazo de poblaciones, como ocurrió en Europa. La segunda, la de una comunidad maicera que enfrentó siglos de crisis climática, sanitaria y alimentaria, y respondió moviéndose en grupos familiares organizados en torno de las mujeres, ofrece algo más: una perspectiva sobre cómo sobrevivieron sociedades humanas sobrevivieron.

"Entender cómo se dieron estas transiciones y qué significaron para la demografía, la economía y la salud nos ayuda a comprender mejor los procesos que moldearon las sociedades pasadas y actuales –dice Barberena– y en definitiva, a pensar en riesgos y desafíos ligados a la emergencia climática y a las presiones demográficas”.

“Es de destacar también el contexto en el que estamos haciendo ciencia –concluye González-José–. Hay en este grupo queridos colegas jóvenes que esperaron por su ingreso a carrera, que están cobrando salarios sumamente deprimidos, con pérdidas de poder adquisitivo de hasta el 40% y aún así realizaron un trabajo de la suficiente calidad como para que se publique en Nature. Pudieron hacerlo gracias a redes de cooperación internacionales que nos permiten resistir hasta que pase este ataque furibundo a la ciencia y a la tecnología. También es interesante lo que deja este trabajo respecto de conocer la estructura fina de la genética de las poblaciones de nuestro país. Demuestra que hay linajes antiguos que no fueron reportados o exhaustivamente analizados en la literatura y que han sobrevivido hasta nuestros días resistiendo el contacto con los europeos. Esto es importante para la comprensión del tipo de información que necesitamos para la salud de precisión, para entender el paisaje fino de la variación genómica y no genómica de datos asociados de resistencia a enfermedades, por ejemplo. Es decir, que abre una ventana para futuros trabajos en los que podamos estudiarlo con más detalle”.