Patricia Bullrich opera con pragmatismo quirúrgico, retiene su caudal electoral y empieza a perfilarse como una pieza clave para 2027 para intentar garantizar la proyección del modelo. Cada vez con más frecuencia, aprovecha para diferenciarse de la Casa Rosada. La senadora tiene una obsesión: que el proyecto de cambio continúe. Está cansada de que las experiencias no peronistas —o liberales, como prefiere llamarlas— fracasen en el intento de reelegir y quiere que 2027 sea la excepción. Lo que no da por sentado es que esa excepción esté encabezada por Javier Milei.
A las distancias generadas por los escándalos de José Luis Espert y Manuel Adorni se sumaron el veto presidencial a una jueza por ser familiar de un periodista, las negociaciones independientes de la Casa Rosada en el Senado, las observaciones sobre un crecimiento irregular de la economía, las discrepancias en torno a la reforma electoral y los enojos con el Poder Ejecutivo por los desaciertos en materia de discapacidad y Ley de Tierras. Con tantas objeciones en la lista, Bullrich busca demostrar que no tiene jefe y que posee un electorado propio al que hablarle.
La senadora le habla a ese casi 24% que Juntos por el Cambio obtuvo en 2023. Busca retener a esos votantes frente a la amenaza de que surjan alternativas de derecha a Javier Milei, asegurando su capital político ya sea para ofrecerlo a un esquema de reelección o para lanzarse en soledad.
En el bullrichismo el discurso es ordenado y homogéneo, demostrando que cada declaración es pensada, sobre todo las que marcan las diferencias con el armado político del mileísmo: lo importante es la continuidad del proyecto. Hoy lo encabeza Milei, pero más adelante podría no ser su figura. De todos modos, según los números que manejan en el armado de la senadora, el Presidente mantiene la mayor intención de voto y se impone con comodidad ante cualquier rival. Por eso, la consigna por ahora es "acompañar".
En ese esquema de acompañamiento, Bullrich no descarta integrar una fórmula presidencial. Sin embargo, su destino electoral recién comenzará a definirse en marzo, cuando con encuestas en mano analice cada escenario antes de decidir si compite o si se acopla a un armado mayor. Por eso, suele eludir la respuesta sobre su futuro argumentando que aún le quedan cinco años más en el Congreso. En su entorno destacan sus activos: caudal electoral propio, manejo de la bancada en el Senado y una alta imagen positiva cosechada en todo el país a partir de su paso por el Ministerio de Seguridad.
Su vínculo con la Casa Rosada no atraviesa el mejor momento, pero lo sobrelleva con pragmatismo. En su círculo íntimo comparan su estrategia con la de Claire Underwood, la protagonista de House of Cards: pragmatismo absoluto, concepción de la política como un juego de suma cero, autocontrol emocional, manejo diplomático para negociar, construcción autónoma del poder y uso del principio de autoridad para consolidar su liderazgo.
Esa lógica se complementa con un cambio reciente en su construcción estética: looks cuidados y una serie de videos en redes sociales donde se la ve repartiendo besos, abrazos y apretones de manos en cada evento. Postales típicas de campaña. Sin embargo, tras su participación en el Coloquio de IDEA, la senadora mantendrá por ahora una agenda pública acotada.
