Gestapo-gate: una clase magistral del lawfare

01 de enero, 2022 | 19.10

“El lawfare no existe, es un invento del kirchnerismo para disimular la verdadera naturaleza de los problemas judiciales de su jefa”, decían hasta hace poco -palabras más, palabras menos- los periodistas de Magnetto y de Macri. El reality show del Banco Provincia que acaba de ser revelado demuestra de modo contundente lo contrario. Que se sepa, ninguno de esos periodistas ha reconocido su error, ni cabe ninguna esperanza de que alguno lo haga en estas horas. Y la hoy famosa reunión de funcionarios del gobierno de Vidal tuvo lugar hace más de cinco años... La reunión parece la introducción a un curso básico de lawfare. Están todos, presentes o invocados en la conversación: ministros de Vidal, intendentes macristas, jueces macristas, procurador macrista: el mapa no podía ser más completo.

Claro, la invocación deseante de la Gestapo por parte del entonces ministro de trabajo provincial opacó todo con su desmesura. La exaltación del nazismo por un ministro elegido en la democracia es realmente un hecho muy importante. Pero acaso lo más importante de la reunión no fue esa frase. Fue el desfile de precisiones, político-ideológicas y prácticas. Los enemigos jurados del cónclave no eran otros que los trabajadores y sus representantes sindicales. No hubo, en este caso, alusiones a la “mafia laboralista” pero podrían considerarse implícitas en el tono y en el contexto. La organización sindical es un enemigo añejo y difícil de doblegar para el establishment. Por eso, para el periodismo magnetto-macrista son todos ladrones, violentos y estafadores. No todos, es cierto, los que en diferentes épocas -democráticas y dictatoriales- cooperaron con las grandes patronales y las políticas de gobiernos neoliberales, esos son excepciones.

Conviene detenerse en esa centralidad del sindicalismo. La reunión, es obvio, fue una reunión del lawfare, no todas. Pueden fácilmente imaginarse otras. Otras en la que se hablaría de funcionarios kirchneristas, de jueces “ariscos”, de periodistas “disidentes”, de empresarios peligrosos (es decir, no “alineados”). Para descartar esa hipótesis, habría que pensar que la reunión del Provincia fue la única. Y que fue el único caso en el que los gobiernos macristas jugaron un rol de articulador político del lawfare. Hipótesis altamente dudosa.

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De todos modos, la referencia central al movimiento sindical como obstáculo de las políticas neoliberales no debería sorprender. Acaso podrían sentirse un poco confundidos los que piensan al movimiento obrero organizado, encarnándolo en los nombres de algunos dirigentes que se sienten más cómodos en los ágapes patronales que entre los trabajadores. Pero la estructura sindical nació y se desarrolló como herramienta de resistencia a los abusos de la oligarquía y las grandes patronales. El que quiera entenderlo y disfrutarlo artísticamente puede ver (o volver a ver) la película “Las aguas bajan turbias” en las que Hugo del Carril es actor y director. Los sindicatos sacaron a miles y miles de trabajadores de la resignación sumisa o la rebelión desordenada frente a los abusos del capital. Les dieron personería y potencia colectiva a muchas personas carentes de toda otra posibilidad de resistencia.

Y los sindicatos saltaron y se proyectaron al centro de la escena política con el primer gobierno de Perón. Para la historiografía culta (es decir antiperonista) se trató de un acto de manipulación política por parte del líder para asegurarse el apoyo masivo de los trabajadores. Nunca hay que olvidarse que en ese relato histórico los manipuladores y los demagogos siempre son “los otros”, es decir los que no cierran filas con los que están destinados a mandar.

Lo cierto es que la potencia del movimiento obrero argentino dio un salto desde el peronismo. Hay que decir que el sindicalismo abrazó el peronismo, pero también hizo oír su voz crítica en más de una ocasión y el gobierno tuvo que oírla y tenerla en cuenta. Y después el sindicalismo albergó corrientes contradictorias (dialoguistas y antidialoguistas, conciliadores con gobiernos como el de Macri y luchadores contra ellos, serviciales con las patronales o duros obstáculos contra sus políticas). Pero el sindicalismo no se reduce a ser un factor corporativo, una herramienta para negociar dignamente los salarios y las condiciones de trabajo. Argentina es uno de los países que ha conservado una estructura sindical potente y presente en la vida de millones de hombres y mujeres. Para los neoliberales eso podría ser una confirmación para su sueño con destruir esa estructura, para deshacer los sindicatos como hicieron los “grandes países”. Pero todo eso es una fábula: los grandes países capitalistas -Estados Unidos y Alemania, por ejemplo- tienen sindicatos poderosos e influyentes.

En la estructura sindical “realmente existente” hay diferentes conductas y distintos enfoques ideológicos. Pero en tanto estructura material-cultural supone una limitación del poder de las corporaciones. A los sindicatos no se los puede ignorar a la hora de hacer los cálculos de la tasa de ganancia. Y para el pensamiento neoliberal (colonialista en realidad) eso justifica una política dirigida a debilitarlos, y a desvalorizarlos frente a la mirada social. Eso ha sido una constante de la propaganda colonial en la Argentina durante décadas. Y, así y todo, ni la terrible persecución de los años de la dictadura militar pudo romper definitivamente los vínculos entre sindicatos y trabajadores. Es un importantísimo activo democrático esa relación.

Macri no ocultó nunca su idea respecto del movimiento obrero. Ninguna de las escenas del curso de lawfare al que podemos hoy asistir contradice en lo más mínimo lo que el entonces presidente y su séquito opinaba sobre el asunto. Llegó hasta a utilizar una celebración escolar del día patrio para lanzar una furiosa amenaza a los sindicatos que “estorban el progreso del país”. Esa es la entraña más profunda del pensamiento neoliberal-colonial, cuyo único horizonte estratégico es el aumento de la tasa de ganancia. En eso consiste el antiperonismo: en la nostalgia de un país en el que los trabajadores obedecían. Y los que no obedecían sufrían el escarmiento del caso. En el deseo de que en el país no existan más los obstáculos que “frenan el progreso”: las paritarias, el salario mínimo, las garantías para las comisiones internas y los cuerpos de delegados, el derecho a la huelga, el descanso dominical y otras demagogias del peronismo.

Como dice el periodismo serio, el lawfare no existe. Seguramente lo que hoy se ha revelado ante nuestros ojos es otra maniobra perversa del peronismo y de su variante más tóxica, el kirchnerismo. Que quiere hacernos creer la inverosímil novela de la existencia de una articulación ilegal y sistemática entre servicios, jueces, medios de comunicación, partidos de derecha y alguna embajada extranjera llamada a remover los obstáculos populistas a un país moderno y asociado incondicionalmente a Estados Unidos. Como fue, por ejemplo, el Chile de Pinochet que hoy se está desmoronando. 

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Edgardo Mocca

Periodista y politólogo.

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