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Empleo en la era IA: El Sindicato Mundial de Trabajadores de Datos

Detrás del boom de la IA, hay por lo menos 400 millones de empleados que son ocultados por los gigantes de la tecnología. Doble vara: cómo las empresas se apropian de la creación ajena y después imponen controles estrictos de propiedad intelectual. La experiencia piloto que llegó a la tapa de Time y el plan que analizan las organizaciones sindicales.

26 de agosto, 2026 | 00.05

“Nosotros publicamos un trabajo hace poco sobre trabajadores en Kenia que se hacen pasar por novias virtuales. Imagínate que el usuario está pensando que está hablando con una máquina, le cuenta sus fantasías más oscuras, pensando que es una novia virtual, que total es un algoritmo que no te va a juzgar y es un hombre precarizado en un barrio popular de Nairobi contestándote a la noche con su mujer y su hijo durmiendo al lado”. La que habla es Milagros Miceli, la argentina que hace unos meses fue distinguida en la tapa de la revista Time como una de las 100 personas más influyentes en el mundo de la Inteligencia Artificial. La anécdota, para muchos una revelación, apunta contra el corazón de Silicon Valley. Detrás del boom de la IA, hay personas por todos lados. Algunas se hacen pasar por modelos de Inteligencia Artificial, otras controlan que los modelos no se equivoquen y  otras trabajan con datos, la nafta de la IA: los recolectan, los ordenan, los interpretan y los etiquetan. 

Socióloga, doctora en Informática e investigadora en el Instituto Alemán de Internet, Miceli difunde información que conspira contra personajes como Mark Zuckerberg y Sam Altman, los mismos tecnomagnates que compartieron la tapa con ella. Dice que la Inteligencia Artificial es una tecnología de dominación blanda que no reemplaza trabajadores sino que los oculta y está basada en una fantasía: la idea de que las máquinas pueden prescindir por completo del trabajo humano. El objetivo, dice, es volverlos invisibles.

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Miceli lidera el proyecto Data Workers’ Inquiry y Time reconoció el estudio que coordinó sobre los trabajadores de la IA, un universo que el mismo Banco Mundial estima en 400 millones de personas. Los obreros de la IA con los que trabajó Miceli estaban desperdigados a lo largo de 23 países y no se hablaban entre ellos. O porque estaban precarizados al máximo o porque se lo impedían los acuerdos de confidencialidad que habían firmado o porque necesitaban cuidar su trabajo. Hoy están organizados en sus lugares de trabajo y, según cuenta Miceli, ya están avanzando en el proyecto para crear el Sindicato Mundial de Trabajadores de Datos.

La argentina que vive desde hace 16 años en Berlín y se prepara para volver a su país hizo un trabajo con los obreros de  la IA. “Cuando despiden un montón de trabajadores y dicen que los reemplazan con Inteligencia Artificial, esto sale en todos los medios. Pero cuando las empresas tienen que recontratar no sale en ningún lado. Lo mismo cuando no son reemplazos sino un desplazamiento de trabajadores a la producción en las sombras. El caso paradigmático se descubrió en Filipinas, tienen un centro de monitoreo donde los autos no son tan autónomos, sino que hay miles de trabajadores monitoreando esas pantallas  y fijándose que estos autos no maten a nadie”, dijo Miceli en el programa “Fuera de Tiempo”. En Argentina, Miceli trabaja en un proyecto con la Asociación Gremial de Computación, el sindicato de los trabajadores informáticos que pelea por mejores condiciones dentro de grandes empresas como Globant o Accenture. 

La investigación de Miceli sintoniza con lo que están discutiendo en grandes organizaciones sindicales de todo el mundo. Un trabajo al que accedió El Destape sostiene que estamos ante mucho más que la violación de los derechos de autor por las grandes tecnologicas y define al proceso actual como de “acumulación por desposesión”: asistimos, dice, a la apropiación de conocimiento, cultura, lenguaje, código, imágenes, música, periodismo, trabajo científico y datos sociales que son producidos de forma colectiva para transformarse después en propiedad privada de la IA. Los desarrolladores de IA pueden apropiarse de este trabajo social que producen trabajadores y usuarios a un costo muy bajo o nulo y lo convierten en modelos propietarios, plataformas, API y servicios empresariales que después revenden como condición para dar acceso a la sociedad.

Los documentos que circulan entre economistas y sindicalistas de la Confederación Sindical Internacional toman el concepto del geógrafo y teórico britanico David Harvey, que advierte que la propiedad intelectual puede convertirse en sí misma en un mecanismo moderno de desposesión. Pero destacan que la IA añade un giro y un doble mecanismo: se impone la propiedad intelectual más fuerte y se suspende la propiedad intelectual de los que generan el primer desarrollo. El resultado es una paradoja muy acorde con la fase del capitalismo digital: propiedad intelectual débil para los creadores, propiedad intelectual fuerte para las plataformas. Las empresas de IA reclaman un amplio acceso a las obras protegidas por derechos de autor cuando necesitan datos de entrada, pero defienden un estricto control sobre la propiedad de sus modelos. Cuando el trabajador, el artista, el escritor, el profesor o el investigador es propietario de algo, “el conocimiento debe ser abierto”, “el entrenamiento es transformador”, “la innovación requiere acceso” y “las licencias ralentizarían el progreso”. Pero cuando la plataforma es propietaria del modelo, “se trata de tecnología patentada”, “los secretos comerciales deben protegerse”, “los pesos del modelo son activos privados” y “la empresa debe obtener un retorno de la inversión”. El conocimiento de la sociedad se trata como un insumo abierto, pero el sistema de IA resultante es capital cerrado.

En el mundo de los sindicatos se analizan distintas variantes para intervenir en el contexto actual. Exigir transparencia en los datos de entrenamiento de las empresas de IA; negociar en los convenios colectivos sobre el entrenamiento y la reutilización de la IA; crear sistemas de remuneración colectiva cuando la IA se entrena con trabajos protegidos o profesionales; limitar la protección de los secretos comerciales cuando las empresas buscan impedir que los sindicatos comprendan los sistemas algorítmicos que afectan la contratación, el despido, la remuneración, la evaluación, la programación y la vigilancia; exigir una infraestructura de IA abierta y de interés público financiada con fondos públicos; y vincular la IA y la propiedad intelectual a la justicia fiscal porque los modelos de IA patentados son activos intangibles y se utilizan para obtener rentas de monopolio y trasladar beneficios.

La definición principal es que las empresas de IA están haciendo algo bastante más importante que automatizar el trabajo: están acaparando los productos históricos y colectivos del trabajo.

De fondo, lo que aparece es lo que cuenta Milagros Miceli: la intención de los gigantes tecnológicos de redefinir el presente y obtener enormes beneficios a partir del ocultamiento del trabajo humano. Las cosas podrían ser de otra manera si la disputa no fuera tan desigual. Una ocupación puede estar altamente expuesta a la IA generativa sin que exista reducción inmediata del empleo; una tarea puede completarse un 15 o un 40 % más rápido sin generar rentas monopólicas de plataforma. El truco es sencillo pero eficaz: “la aparente autonomía de la IA está sostenida por trabajo desplazado geográficamente, externalizado organizacionalmente y oscurecido políticamente”, dicen sus criticos. 

El concepto de “producción inadvertida”  del italiano Antonio Casilli destaca cómo los sistemas digitales dependen de trabajo que es esencial pero socialmente oscurecido, incluida la anotación de datos, la creación de contenidos, la participación en plataformas y la interacción publicitaria.

Los analisis sostienen que la IA es, también, un sistema para disciplinar y recomponer el trabajo mediante la estandarización de tareas, la captura de conocimiento tácito, el debilitamiento de las escaleras de formación y la ampliación del control gerencial sobre el flujo de trabajo. Además, es un vector de extracción de renta porque el acceso a los modelos y a las infraestructuras que los rodean se concentra en un pequeño número de empresas.

Por esa razón, la tarea para los sindicatos es reconectar la interfaz visible de la IA generativa con el trabajo oculto, las infraestructuras y las relaciones de poder que la hacen funcionar. Si esa reconexión se impone, dicen sus promotores, el debate sobre la IA dejará de presentarse como una historia de desaparición del trabajo y se inscribirá como un nuevo capítulo en una larga historia bastante más conocida: la de los intentos del capital por reorganizar, abaratar y ocultar el trabajo para apropiarse de las ganancias.

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Diego Genoud

Periodista político. Escribió "El arribista del poder" y "El peronismo de Cristina". Conduce "Fuera de Tiempo" en Radio Con Vos. Trabajó en Perfil, Crítica de la Argentina, El Canciller, Letra P, el Diarioar y La Politica Online. Fue parte del colectivo que edita la revista Crisis.

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