El ascenso de Diego Santilli en equipo libertario le cayó como anillo al dedo a una CGT que una semana después de haber anunciado un nuevo plan de lucha contra Javier Milei evitó hasta ahora dar una precisión acerca de cuál será el puntapié inicial de las medidas de fuerza o los sectores involucrados. Recién para esta semana o la próxima está previsto realizar una reunión de la “mesa chica” para sondear conflictos vigentes y evaluar posibles encadenamientos entre ellos.
La semana pasada la central obrera había dado a conocer su decisión de avanzar sobre un escalonamiento de protestas delineadas por actividades. En un contexto de total incertidumbre, la chance más concreta a mediados de esta semana apuntaba a los ferroviarios de La Fraternidad como posible mecha iniciadora del programa de acciones. El secretario general del gremio de maquinistas de trenes, Omar Maturano, fue una de las voces más flamígeras en los últimos meses contra el Ejecutivo y también con señalamientos a la CGT por falta de voluntad de confrontación.
Al dirigente ferroviario lo enoja tanto el rumbo del Gobierno como la multa de más de 21 mil millones de pesos que el Ministerio de Capital Humano le aplicó a ese gremio por haber adherido al paro nacional convocado por la CGT el 19 de febrero pasado. Y, como si fuera poco su fastidio, en las últimas semanas sostuvo que la central sindical le brindó escaso apoyo frente a esa sanción a pesar de haber representado, en su mirada, una afrenta a todo el sindicalismo y no sólo a La Fraternidad y a la Unión Tranviarios Automotor (UTA, colectiveros), las organizaciones de transportistas que resolvieron incumplir una conciliación obligatoria dictada para intentar que funcionaran ese día los servicios públicos de pasajeros mayoritarios.
La posibilidad de que la CGT haga propia una acción de La Fraternidad busca aplacar ese enojo y de paso licuar el llamado de un sector de sindicatos orientados por el gastronómico Luis Barrionuevo a favor de un paro general por 36 horas. El dirigente había hecho es reclamo en un encuentro con la participación de una treintena de sindicalistas, en su mayoría leales a su liderazgo, a los que se sumaron Maturano y Roberto Fernández, de la UTA. Como publicó El Destape en esa ocasión, el ánimo levantisco de Barrionuevo encuentra parte de su explicación en un fallo judicial, en línea con la postura del Ejecutivo, que le negó el reconocimiento formal a su jefatura al frente del sindicato de gastronómicos nacional (Uthgra) por la persistencia de una controversia legal.
Por fuera de estos conatos de rebeldía todo es confusión y desorden en la CGT. La nueva conducción tripartita de Jorge Sola (Seguros), Cristian Jerónimo (empleados de la industria del vidrio) y Octavio Argüello (Camioneros) no acertó hasta ahora con la forma para agrupar a todo el ecosistema de la central obrera detrás de una propuesta uniforme para reclamar.
Pasados ocho meses de su asunción los dirigentes sólo pudieron llamar a un paro general que resultó decepcionante y en ese lapso el Gobierno logró desmantelar las cautelares que la CGT había obtenido en la Justicia del Trabajo contra la reforma laboral. De hecho el Ejecutivo apuró días atrás el llamado a renegociación de unos 800 convenios colectivos con cláusulas vencidas bajo la amenaza concreta de pérdida de prerrogativas que parecían inamovibles y cuotas de financiamiento de las estructuras gremiales.
En ese contexto el nombramiento de Santilli al frente del Gabinete nacional, y el hecho de que mantendrá bajo su órbita el Ministerio del Interior y la relación con los gobernadores, fue la noticia más auspiciosa para el sindicalismo tradicional en los últimos meses. Desde la salida de Guillermo Francos de la administración libertaria que la CGT carecía de una interlocución válida. Santili, con ADN peronista, se les apareció como una figura a valorar incluso a pesar de que no hubo señal alguna de su parte de que se les acercará en el corto plazo.
