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Schumpeter cuestiona a Milei

Hoy, la industria local es condenada a subir una montaña cuesta arriba. La orden no la dio Schumpeter, sino la política económica de Milei-Caputo, que disfrutan de ver cómo, minuto a minuto, el capital se destruye.

06 de octubre, 2026 | 15.02

En general, cuando a Milei, Caputo o distintos funcionarios del Gobierno se les pregunta qué piensan sobre el cierre y destrucción de empresas, suelen hablar sobre cierta “limpieza” natural que se produce cuando “la mano invisible del mercado” activa y elimina a las que no son competitivas.

Milei, dándole una pretendida justificación académica, nos habla de la llamada “destrucción creativa”. Este concepto, formulado por el economista austríaco Joseph Schumpeter en su obra “Capitalismo, Socialismo y Democracia” (1942), describe que el motor del desarrollo económico no es la competencia de precios, sino lo que llamaría “la innovación disruptiva”. Se producen cambios en los métodos de producción, innovaciones tecnológicas que revolucionan el mundo de la producción. Las firmas tradicionales que no logran adaptarse a las nuevas tecnologías tienden a desaparecer.

Desde otra perspectiva teórica, el cierre de empresas es producto de un proceso cíclico del capitalismo, en donde se suceden fases de crisis, depresión, reanimación y auge, para posteriormente reiniciarse.

¿Si volvemos a Schumpeter, podríamos señalar que Argentina está viviendo un proceso de destrucción creativa? Definitivamente, no. La destrucción es producto de una política que tiene como ancla el tipo de cambio apreciado, que facilita importaciones y dificulta la exportación de manufacturas; el aplastamiento del salario y del ingreso en general.

Si le sumamos un costo de energía para la industria local, que se asimila al precio que debería pagar si lo importara, el combo es trágico. El INDEC nos informa que aproximadamente el 40% de la capacidad instalada está inactiva y, en determinadas ramas/sectores, el resultado es aún peor. La destrucción del capital es de una intensidad y velocidad abrumadoras. Por ejemplo, según datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, se han cerrado más de 31.000 empresas desde que asumió Milei.

Esto representa una caída del 6% del total de empleados registrados en el país. Podemos hablar de un promedio de 32 empresas cerradas por día. Algo así como que cada 45 minutos se cierra una empresa. Es relevante que más del 98% corresponda a firmas pymes, siendo las más afectadas las de manufactura y construcción.

Más que “destrucción creativa”, es una mancha voraz desindustrializadora que va, sin pausa, consumiendo capital. Mientras los países definen agresivas políticas industriales, Argentina va a contramano, sosteniendo “que la mejor política industrial es no tener política industrial”.

Creer que un país puede desarrollarse sin industria es una falacia que no puede sostenerse, tal como indica la historia económica mundial. Profundizar la primarización de nuestra economía para transformarnos en un enclave exportador de productos sin valor agregado es una pésima decisión. Es una triste rémora del destino del Cerro de Potosí con la producción de plata.

Resulta imperioso poner esta problemática en discusión, en donde empresarios, sindicatos y científicos construyan un ámbito común. Es prioritario, para construir una agenda productiva, definir si la energía es un vector de competitividad o, como hoy, un commodity exportador. Esto no implica necesariamente que debamos producir a nivel local todas y cada una de las mercancías que consumimos, pero sí proteger aquello que, con un adecuado marco normativo, tiene reales posibilidades de competir con similares extranjeros, así como también evaluar aquellas actividades que garanticen una cadena de valor con el mayor contenido nacional posible y otras que permitan aumentar la mano de obra.

En la Odisea de Homero se condena a Sísifo a empujar una enorme piedra hasta la cima de la montaña, solo para verla rodar hacia abajo justo antes de llegar, debiendo el condenado comenzar una y otra vez por toda la eternidad. Hoy, la industria local es condenada a subir una montaña cuesta arriba. La orden no la dio Schumpeter, sino la política económica de Milei-Caputo, que disfrutan de ver cómo, minuto a minuto, el capital se destruye.

Las máquinas se paran y el silencio atroz de la falta de trabajo nos va acercando, en una triste aproximación, a la desindustrialización de la dictadura, el menemato o el macrismo; en definitiva, al neoliberalismo que, con otras caras y formas, sigue conduciendo los destinos del país.

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