Oposición M: el duro oficio de estar en contra

26 de septiembre, 2021 | 00.05

Temiendo que su desprestigio no fuera percibido por todos, la Corte Suprema decidió organizar la peor votación posible para elegir a sus autoridades y lo consiguió con creces. De cinco miembros, sólo votaron tres: Juan Carlos Maqueda postuló a Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz, que luego se votaron a sí mismos como presidente y vicepresidente. Tanto Elena Highton de Nolasco como Ricardo Lorenzetti tuvieron cosas más importantes que hacer, como ordenar el cajón de las medias o sacarle las migas al teclado de la computadora.

 

No sabemos si Pepín Rodríguez Simón, ex operador judicial de Cambiemos, pudo felicitar a las nuevas autoridades supremas pero sin duda debe haber sentido ese triunfo como propio. Recordemos que Pepín fue quién intentó meter a Rosatti y Rosenkrantz en la Corte por la ventana y es quien hoy, prófugo en Uruguay, se declara perseguido por esa justicia que desde esta semana presiden sus dos amigos del alma.

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En pocos años, los humoristas Rosatti, Rosenkrantz, Maqueda, Lorenzetti y Highton de Nolasco lograron el milagro de superar en descrédito a la mayoría automática del cardumen anterior, conformada por Bubi Nazareno, el tenista Eduardo Moliné O'Connor, Adolfo Vázquez, Guillermo López y Antonio Boggiano, quienes fueron barridos por el entonces presidente Néstor Kirchner. 

 

Debemos a esta Corte, entre otros asombros, la mal llamada doctrina Irurzun- que en realidad deberíamos llamar doctrina Lorenzetti- que establecía “el poder residual” de los ex funcionarios kirchneristas y justificaba su encarcelamiento preventivo. Esa doctrina cayó en desuso de forma abrupta en diciembre del 2019, por lo que los ex funcionarios macristas procesados no sólo no están encarcelados sino que pueden viajar tranquilamente por el mundo e incluso, como en el caso de Pepín, fugarse a Uruguay. 

 

En todo caso, ni estos cambios en la justicia federal ni la amistad manifiesta entre un prófugo de la justicia y los actuales titulares de la Corte parecen perturbar al Dr. Gil Lavedra y al resto de las almas de cristal de #LaCarlosNino, quienes sin embargo solían denunciar crisis institucionales semanales durante la larga noche kirchnerista. Nuestra realidad es trepidante.

 

Al mes de lanzadas las primeras restricciones sanitarias contra la pandemia de Covid en marzo del 2020, nuestros medios serios y la oposición de Juntos por el Cambio (dos colectivos que cada día cuesta más diferenciar) denunciaron la Infectadura, un neologismo que describía la terrible tiranía de Alberto Fernández que no por imaginaria dejaba de ser atroz. Durante el año pasado, mientras el mundo se cerraba, esos dos colectivos convocaron a ocho marchas ciudadanas a favor de la república y coso, incluyendo quemas de barbijos y denuncias de apocalipsis inminentes aunque siempre esquivos. Cada día, nuestros periodistas serios nos explicaban desde nuestras pantallas de televisión o nuestros celulares que peor que el virus y sus consecuencias era la pérdida de nuestra libertad. Debíamos hacer como Inglaterra hasta que ni Inglaterra quiso hacer como Inglaterra. Luego el ejemplo a seguir fue Chile y cuando Chile colapsó pasamos a Nueva Zelanda hasta que Nueva Zelanda también cerró sus fronteras. Siempre había un ejemplo a seguir aunque nunca era el mismo: Alemania, Australia o las Islas Feroe.

 

Apenas la ANMAT autorizó el uso de la vacuna Sputnik, un grupo de diputados de Juntos por el Cambio presentó una denuncia penal contra el presidente por querer envenenarnos con ella. Expertos independientes nos alertaban en prime time sobre el peligro de usarla y sobre la escasa seriedad del laboratorio ruso que la fabricaba. Más tarde ese veneno que debíamos rechazar se transformó en un bien escaso: el gobierno priorizaba a sus amigos a la hora de envenenarlos.

 

Hoy los medios nos alertan sobre un nuevo peligro: ¿Podremos viajar si elegimos la vacuna rusa o china? Gracias a nuestros periodistas serios, los problemas de ricos se transformaron así en angustias de pobres: “¿Podré ir a esquiar a Austria?”, “¿Nos dejarán entrar en Saint Barth?”, “¿Perderemos los aéreos a Londres?”. Dudas que atormentan a las mayorías.

 

Esta semana, luego que el gobierno anunciara la flexibilización de las medidas sanitarias a partir de la continua caída de nuevos casos, es decir, luego de anunciar eso que exigía la oposición desde hace meses, esa misma oposición se opuso. Pedía terminar con las restricciones sanitarias pero no ahora, no así, no de esa forma, no con esas intenciones, no de esa manera, no…

 

Horacio Rodríguez Larreta, quien con la ayuda de la Corte Suprema amiga desoyó las medidas sanitarias decididas por el gobierno nacional, anunció que desoirá el relajamiento de esas mismas medidas. Sólo falta la convocatoria a un nuevo Banderazo espontáneo, esta vez en defensa del barbijo.

 

Esperemos que el gobierno nunca prohíba el suicidio. Los opositores se arrojarían de lo alto de un acantilado como lemmings.

 

Imagen: Banderazo en defensa de los barbijos (cortesía Fundación LED para el desarrollo de la Fundación LED)

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Sebastián Fernández (Rinconet)

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