En estos días tan singularmente distópicos, entre movilizaciones desafiantes de represiones que se han naturalizado en el paisaje urbano, evocaciones indispensables para no perder la memoria y esfuerzos mayúsculos por decodificar una realidad por demás compleja, volví a escuchar el Albun “Utopía” (1992) de Joan Manuel Serrat y la primera estrofa del tema tomado para el título de esta nota me pareció apropiado para iniciarla:
“Nada tienes que temer, al mal tiempo buena cara, la Constitución te ampara, la justicia te defiende, la policía te guarda, el sindicato te apoya, el sistema te respalda y los pajaritos cantan y las nubes se levantan.”
Qué antiguo luce lo moderno
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La audacia oficialista es digna de destacar, porque llamar “Ley de Modernización Laboral” a tamaño engendro normativo plagado de inconstitucionalidades que difícilmente pueda convalidar una magistratura responsable que se precie de tal, es cuanto menos un desborde linguistico ni siquiera admisible como eufemismo y un disparate jurídico al pretender transformar al Derecho del Trabajo en Derecho Empresario.
Al referirme a esta curiosa “reforma laboral” suelo señalar que retrasa más de 100 años, en realidad 120 años, y ello porque contiene regulaciones que nos retrotraen a 1904, teniendo en cuenta que la primera ley del trabajo en nuestro país data de 1905, la Ley 4661 impulsada por Alfredo Palacios, que impuso el “descanso dominical” y distinguió a la Argentina como precursora en nuestra región.
No es exagerada esa caracterización, estando a que la “modernización” libertaria en materia de jornada de trabajo a través de diversos dispositivos (banco de horas, “acuerdos” entre trabajador y empleador como si actuaran en un pie de igualdad, ampliación de las potestades del empleador para organizar el trabajo, extensión del régimen de trabajo por equipos, excepciones varias atadas a “exigencias” de producción y productividad), ya no garantizan efectivamente que se respete el descanso en días domingos. Sólo un botón, que sirve de muestra de esta nefasta legislación en ciernes.
Vayamos entonces a 1904, año que se acerca a la época dorada que desvela el sueño libertario de Javier Milei, cuando ya por entonces regía la “Ley de Residencia” (noviembre de 1902) sancionada por el gobierno de Julio A. Roca, que facultaba al Poder Ejecutivo -sin mediar juicio previo- a expulsar de la Argentina a extranjeros invocando razones de “seguridad o alteración del orden público” y que, indisimuladamente, fue un instrumento represivo dirigido al Movimiento Obrero en el cual primaban ideas anarquistas y socialistas favorecidas por la inmigración europea que “expresa y literalmente” promovía nuestra Constitución de 1853.
El 30 de abril de ese año, Juan Bialet Massé (médico, abogado e ingeniero agrónomo) presentó al Gobierno nacional -respondiendo a un pedido expreso del Ministro del Interior- el “Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República”, fruto de un minucioso trabajo basado en una amplia investigación de campo y que constituye un aporte insoslayable para el estudio de la historia del trabajo en Argentina.
En la nota con que se acompañaba el Informe, decía Bialet Massé:
“Puedo asegurar a V. E. que en esta investigación podrá haber error en las apreciaciones, pero que respecto de los hechos son tal cual los he visto o comprobado.
(…) La legislación comparada no puede tener por objetivo principal sino enseñar a establecer leyes o modos diferentes para cada pueblo, porque las analogías perfectas, que podrían fundar leyes idénticas, son muy raras, y no han sido objeto de investigaciones sobre hechos concretos que permitan definirlas.
(…) Cuando en las cumbres del Famatina he visto al apire (chilenismo aplicado al peón de minas) cargado con 60 y más kilogramos deslizarse por las galerías de las minas, corriendo riesgos de todo género, en una atmósfera de la mitad de la presión normal; cuando he visto en la ciudad de la Rioja al obrero, ganando sólo 80 centavos, metido en la zanja estrecha de una cañería de aguas corrientes, aguantando en sus espaldas un calor de 57°, a las dos de la tarde; cuando he visto a la lavandera de Goya lavar la docena de ropa a 30 centavos, bajo un sol abrasador; cuando he visto en todo el Interior la explotación inicua del vale de proveeduría; cuando he visto en el Chaco explotar al indio como bestia que no cuesta dinero, y cuando he podido comprobar, por mí mismo, los efectos de la ración insuficiente en la debilitación del sujeto y la degeneración de la raza, no han podido menos que acudir a mi mente aquellas leyes tan previsoras de todos estos y otros detalles que se han reproducido en cuanto se ha creído que faltaba el freno de la ley. Por esto, en cada conclusión de este informe, encontrará V. E. la referencia de la ley correspondiente en aquella legislación, que fijó las cargas y jornadas máximas, el jornal mínimo, la asistencia en las enfermedades, la enseñanza, el descanso dominical, el alojamiento, las comidas y todo cuanto detalle debía y podía preverse en aquellos tiempos.
Y la primera y más grande afirmación que creo poder hacer es: que he encontrado en toda la República una ignorancia técnica asombrosa, más en los patrones que en los obreros. (…) Esa ignorancia es la causa que estaciona las rutinas y arraiga los prejuicios, extraviando los anhelos mismos de la codicia, y no deja ver que el obrero no es un instrumento de trabajo indefinido, sino que es un ser capaz de un esfuerzo máximo, en un tiempo dado, si tiene el alimento y cuidado suficientes …”
También en ese año, el 9 de mayo, daba su primer discurso como diputado nacional Alfredo L. Palacios, a escasos días de la brutal e innecesaria represión policial a la concentración festiva del 1° de mayo, sí de esa emblemática fecha ligada al reclamo de la jornada de ocho horas que tantas vidas ya se había cobrado desde los trágicos sucesos de 1886 (los “Mártires de Chicago”), y que el joven diputado denunciaba ante la Cámara exigiendo la interpelación del Ministro del Interior:
“He dicho que traía los agravios de la gente trabajadora, y toda la Honorable Cámara sabe perfectamente que me refiero a los acontecimientos luctuosos del 1º de Mayo, día nefasto, porque ha corrido sangre proletaria por las calles de la Capital. Era la gran fiesta del trabajo; en todos los talleres del mundo reinaba el silencio; la máquina, ese esclavo de acero que un régimen económico que se ha convertido en el implacable enemigo del proletario, no rugía, el silbato estaba mudo y el horno estaba apagado. La clase laboriosa, la masa poseedora de la fuerza de trabajo se exhibía, estaba de fiesta, cruzaba las calles.
(…) No es fácil que la provocación haya partido de la clase trabajadora, por la sencilla razón de que esos obreros habían incorporado a sus columnas las mujeres y los niños, que es lo único que constituye alegría en esos hogares, donde muchas veces falta pan, y donde muchas veces hace frío. (…) no es posible dejar de reconocer que la represión ha sido excesiva. Se ha hecho una verdadera carnicería con los obreros que iban en esa manifestación. ¡Se les ha fusilado por la espalda, señor presidente!
Desgraciadamente, señor presidente, este no es un hecho aislado, es simplemente un eslabón de la interminable cadena de atentados policiales que se vienen cometiendo en esta Capital, y especialmente por la intervención de un escuadrón de granaderos que el pueblo ha llamado "de cosacos" y que da la alta nota del desprecio por el pueblo dentro de la institución que enfáticamente se llama guardadora del orden público.”
Cerrando el año, la Unión Industrial Argentina (fundada en 1887) se dirige al Ministro del Interior (Joaquín V. González) en una carta fechada el 1° de diciembre de 1904, bajo el título “La Jornada de Ocho Horas. Las Tituladas Sociedades Obreras de Resistencia”, en la que vuelca sus preocupaciones por la posible sanción de una Ley General de Trabajo en un escenario que describe del siguiente modo:
“La Unión Industrial Argentina con motivo de las huelgas que perturban actualmente a varios importantes gremios industriales, ha resuelto dirigirse a V.E., (…) para que V.E. pueda tener en cuenta la opinión de los patrones. (….) El pedido principal de los obreros, la jornada de ocho horas no puede ser acordada de una manera uniforme por todas las industrias, por razones elementales de índole económica que no es posible contrariar. La disminución de las horas de trabajo ocasiona, como consecuencia inmediata, una disminución de la producción y un aumento del costo de la producción, pues no disminuyendo los gastos generales de los establecimientos y exigiendo los obreros que los salarios por la jornada de ocho horas sean por lo menos iguales y en muchos ramos superiores a los que se perciben por las jornadas de nueve y diez horas, queda recargado el costo de la mano de obra en un 20% como mínimum. (…) El aumento de los salarios no puede ser indefinido y, sobre todo, no puede producirse por saltos bruscos, como lo pretenden los obreros que no tienen para nada en cuenta los factores económicos que intervienen en estos problemas.”
“(….) Creemos deber llamar muy particularmente la atención de V.E. sobre un punto que consideramos de capital importancia. Nos referimos a los agitadores profesionales, que desde un tiempo a esta parte abundan en la República, elemento extranjero eminentemente nocivo (…) En general, operan por medio de las tituladas sociedades obreras de resistencia, agrupaciones anónimas, sin personería jurídica ni responsabilidad de ninguna especie y por esta razón no tienen inconvenientes en recurrir a los procedimientos menos lícitos para imponer sus resoluciones. Es pretensión constante de estas tituladas sociedades obreras, hacerse reconocer oficialmente por los patrones, (…) Esto, excelentísimo señor, ha tomado ya todos los caracteres de una verdadera tiranía, tanto para los patrones como para los mismos obreros, y de una tiranía de la peor especie, anónima e irresponsable, que es urgente que los poderes públicos hagan desaparecer, …”
Mal podría afirmarse que todo parecido con la actualidad es mera coincidencia, y aunque estemos en Carnaval es imperioso que se saquen las caretas los que así lo sostengan.
Obreros que votan patrones, esclavos orgullosos de su condición
Es curioso, aunque no paradójico, que se advierta tan menoscabada la conciencia de clase de las y los trabajadores, puesto que responde a una lógica por demás perversa de colonización cultural que nos afecta en Argentina pero excede nuestras fronteras y resulta de un accionar constante de los centros de poder económico locales y transnacionales, en que el neoliberalismo y la financiarización de la Economía proveen tanto herramientas de control social como recursos de todo tipo para instalar nuevos falsos paradigmas de dominación y de disciplinamiento social.
Las dirigencias del campo popular han hecho -o, mejor dicho, no han hecho- lo suyo, favoreciendo los discursos reaccionarios que minaron las confianzas indispensables para legitimar esas representaciones sociales, sin embargo, ello no excusa las responsabilidades que les caben a las capas medias y bajas de la sociedad que acompañan dócil e irreflexivamente a los verdugos que los conducen a sus respectivos cadalsos.
Las experiencias acumuladas en nuestro país (1976, 1991, 2000, 2015) en donde se postularon programas económicos similares, acompañados de reformas laborales de igual cuño que la actual, culminaron siempre en tremendas frustraciones, no generaron empleo sino que aumentaron la desocupación, precarizaron el trabajo y pulverizaron los ingresos de la mayoría de la población, junto a un endeudamiento externo mayúsculo y a una destrucción del entramado productivo nacional.
Se trata de experiencias vividas personal o familiarmente que, además, está al alcance de cualquiera indagar sobre las mismas. Más aún, la “Ley Bases” que esgrimía los mismos postulados “modernizantes” transcurrido un año y medio de su sanción no ha generado ninguno de los efectos positivos que auguraba, por el contrario, facilitó la destrucción de puestos de trabajo y la deslaboralización ficcional de relaciones de empleo, la caída del salario a niveles inferiores al valor de una canasta básica alimentaria y no impidió el cierre de empresas a un ritmo superior a las 600 por mes.
El desclasamiento, el olvido de los propios orígenes, la insensibilización ante el sufrimiento del otro, la ingenuidad malsana de creer que uno se salva solo y no en que la realización personal depende para la mayoría de lo que suceda, como de las oportunidades, que tenga el conjunto, alimenta al individualismo extremo del que se nutre el anarcolibertarismo y permea inescrupulosamente en aquellos más vulnerables (como se advierte en quienes trabajan para aplicaciones o plataformas, con frecuencia como ocupación complementaria de un empleo formal con salarios insuficientes).
¿Y dónde están los que no están?
Las debilidades, incongruencias o resignadas mansedumbres populares señaladas, lejos están de ser excusa para la ausencia de un protagonismo descollante de las dirigencias cuya representación pretenden o formalmente ostentan, puesto que en todo tiempo y lugar las luchas sociales han requerido la militancia e impulso dirigencial que permitiera la organicidad indispensable para fortalecer la concientización donde se debilita o generarla cuando se ha perdido.
El Movimiento Obrero exhibe expresiones diversas, pero existe una que se destaca, la Confederación General del Trabajo (CGT), cuya actuación en esta gravísima etapa de abolición de derechos fundamentales -individuales y colectivos del trabajo- brilla por su ausencia. No ha habido planes de lucha, ni inversión seria en difusión de lo que la “reforma laboral” implica para las personas que trabajan o las que en un futuro ingresen a un empleo lo que, obviamente, exigía una presencia permanente en medios de comunicación y en los centros de trabajo. La “Mesa chica” -algo así como una mesa ratona- ha “apostado” durante meses al diálogo, cuyo resultado fue un rotundo fracaso y, también, amenazado con una futura “judicialilzación” si la ley fuera sancionada que, en tal supuesto, desaparecida la Justicia Nacional del Trabajo debería dirimirse en la Justicia Federal Contencioso Administrativa, que mantiene una dependencia ostensible del Poder Ejecutivo, a la par que notoriamente ignorante de un Derecho que exige una justicia especializada, un dudoso Plan “B”.
Ah, a su tiempo un paro general, inmerso entre cavilaciones sobre su extensión y que llegaría tarde, muy tarde, porque si bien nunca es tarde cuando la dicha es buena, en la actualidad lo que prima es una gran desdicha. Aunque por cierto que las medidas de acción directa son imprescindibles, tanto como que las mismas -no sólo el paro- deberían haber comenzado desde que se diera a conocer la iniciativa de “Modernización Laboral” que era imposible de negociar en aspecto alguno y, menos, en las condiciones de apremio impuestas por el Gobierno.
Tanto o más cabe señalar de la dirigencia política peronista, que debería haberse movilizado como lo hace en una campaña electoral, porque el ataque a la clase trabajadora y a los sindicatos es un tiro por elevación al peronismo como Movimiento Nacional y Popular, cuya total esterilización es el objetivo principal del poder que usa a Milei de mascarón de proa. Salvo pocas excepciones, como lo fue Mariano Reclade entre los senadores, se ha visto activismo militante dirigencial dar pelea contra la “reforma”. En una actividad convocada por el PJ porteño, Recalde sintetizó en una frase lo que entraña esta nefasta legislación desregulatoria de garantías básicas, afirmando que: “cuando la relación es desigual la libertad oprime, mientras que la ley libera”.
La calle nos sigue convocando, los derechos conquistados se defienden
En los 90’ ubicamos “el huevo de la serpiente” con la conversión al neoliberalismo y la traición a las promesas de campaña del gobierno ungido en 1989, nada de “salariazo” ni de “revolución productiva” sino un Programa -similar al actual de Milei- que respondía a los intereses de la oligarquía rural y del gran Capital local y transnacional, con terminales explícitas en la embajada de EEUU.
Pareciera cierto que para destruir al Peronismo hace falta un peronista, Menem casi lo hizo, hoy parientes suyos escuderos de Karina Milei junto a otros ex peronistas (Bullrich, Ritondo, Santilli, Pichetto) parecieran decididos a llevar a cabo esa misión inconclusa.
Decía al comienzo de esta nota que el Álbum de Serrat databa de la década del 90’, y tampoco cabe pensar una simple coincidencia el contenido de sus canciones con lo que ocurría en nuestro país y en el mundo por ese entonces, como reflejan algunos versos del tema que le daba nombre a aquel trabajo del trovador catalán: “Utopía”:
“Se echó al monte la utopía / perseguida por lebreles que se criaron
en sus rodillas / y que, al no poder seguir su paso, la traicionaron; /
y hoy, funcionarios del negociado de sueños dentro de un orden /
son partidarios de capar al cochino para que engorde.
(…) Quieren ponerle cadenas / Pero, ¿quién es quién le pone puertas al monte? /
No pases pena, que antes que lleguen los perros, será un buen hombre
el que la encuentre y la cuide hasta que lleguen mejores días. / Sin utopía
la vida sería un ensayo para la muerte
¡Ay! Utopía, / cómo te quiero / porque les alborotas el gallinero.
¡Ay! ¡Ay, Utopía, / que alumbras los candiles del nuevo día!”
