Una vez que pasó la sorpresa y ya asentado el mapa tectónico tras la sacudida que causó en el escenario político el anuncio de la fórmula Fernández & Fernández, los dos candidatos del Frente Patriótico comenzaron a trabajar en el primer objetivo que los aúna: ganar las elecciones. Esa meta, hoy, puede parecer más al alcance que nunca.

Ese es justamente el primer obstáculo a sortear. Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández coinciden en la necesidad de evitar el triunfalismo en las semanas que restan hasta el 11 de agosto, aunque las noticias que acompañaron el lanzamiento fueron buenas y el adversario parece sumido en una crisis terminal. El recuerdo de 2015 sigue fresco. Ese es uno de los tantos errores que no se deben repetir.
 


El vínculo entre la ex presidenta y el candidato presidencial es cotidiano y permanente desde que retomaron su relación, hace un año y medio, y se profundizó, con lógica, a partir de que ella le ofreció, y él aceptó, compartir la boleta en las elecciones de este año. Las reuniones, en el Instituto Patria, son frecuentes, a veces más de una vez por día. Lo demás corre por whatsapp, minuto a minuto.

Cristina y Alberto mantienen, según los testigos, un trato entre pares en el que abundan las coincidencias pero no faltan las opiniones divergentes. Algunas, incluso, son transparentadas por él en las entrevistas que da a distintos medios, oficialistas u opositores, sin pedirle autorización a ella. Esa es otra diferencia clave con la última campaña presidencial.

Hay una tercera lección que se aprendió hace cuatro años: el costo de llevar adelante una doble campaña sin una coordinación central. Por eso, esta vez CFK delegó el protagonismo en Alberto, que por estos días termina de ensamblar sus equipos. La foto del acto bautismal en Merlo, con los dos juntos sobre el escenario, no va a repetirse con frecuencia. El plan es que sea él quien cargue sobre sus hombros el peso principal del esfuerzo proselitista, mientras que ella sólo aparezca a su lado en contadas ocasiones, cuando la estrategia lo requiera. La agenda también la decidirá el candidato presidencial, aunque ella, desde su teléfono celular, le envía consejos a toda hora: “No pierdas mucho tiempo criticando la economía, eso cae por su propio peso”, por ejemplo.
 


Por ahora, todo marcha por los carriles previstos, aunque el cierre de listas asoma en el horizonte como el primer posible foco de conflictos. Todavía no consensuaron un mecanismo, que con seguridad tenga variaciones de distrito en distrito, pero seguramente sea la senadora la que tenga mayor peso en la toma de esas decisiones. El reparto de lugares buscará contener a todos los aliados que se convocó al Frente Patriótico, aunque es de esperarse que CFK busque consolidar en ambas cámaras del Congreso Nacional un bloque de legisladores que respondan directamente a ella. Desde el entorno de Alberto prometen que eso no resultará problemático. Sorprendido por la candidatura, su principal preocupación por estos días es armar desde cero una campaña presidencial que no estaba en sus planes.

Por eso mismo aún no terminó de diseñar sus equipos de trabajo. Aunque mantiene excelente relación con varios de su ex compañeros de gabinete durante el gobierno de Néstor Kirchner, su intención es privilegiar la promoción de dirigentes jóvenes. Con esa idea en mente, había incentivado hace más de un año la creación del Grupo Callao. También convocará a dirigentes que forman parte de otros espacios políticos, sindicales o sociales. Por caso, los principales armadores de La Cámpora, Máximo Kirchner y Eduardo De Pedro, trabajan codo a codo con Alberto para terminar los detalles del armado electoral. A decir verdad, todavía no terminó de hacer el click para ponerse en modo candidato. Después de dos décadas de tejer, le cuesta relegar la rosca para asumir su nuevo rol. Ese también es un desafío que tiene pendiente.