El bumerang económico de la guerra abre las primeras grietas en el frente occidental contra Rusia

La invasión de Ucrania y su costo humano desataron una confrontación entre EEUU y Europa y Rusia; sin embargo, las consecuencias económicas están mostrando que la deteminación de las potencias occidentales tiene límites.

18 de julio, 2022 | 00.05

Durante los primeros meses de la invasión rusa a Ucrania, las consecuencias humanitarias de la guerra fueron exhaustivamente documentadas y esto generó un clima de opinión, principalmente en Occidente, opuesto a Rusia y a favor de las sanciones de Estados Unidos y sus principales aliados: la mayor ola de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, bombardeos masivos a ciudades y pueblos, y denuncias de ejecuciones y torturas a civiles. Hoy, cuatro meses y medio después del inicio de este conflicto armado, las consecuencias económicas ya se sienten en todo el mundo, especialmente en los países que impusieron las sanciones. Con una crisis energética en ciernes que ya nadie niega y una inflación récord que esconde una crisis alimentaria en otras partes del planeta, las grietas en el frente para aislar a Rusia empiezan a aparecer. 

La primera grieta la abrió Canadá, con el impulso de la Unión Europa y el apoyo de Estados Unidos. De hecho, el único que se quejó fue Ucrania. Hace una semana, el Gobierno de Justin Trudeau anunció que había tomado la "muy difícil decisión" de permitir que la empresa Siemens entregue a Rusia una turbina del gasoducto Nordstream 1 que estaba reparando. Era por la falta de esta pieza que el operador ruso había reducido a mediados de junio a un 40% el suministro en ese ducto, el más importante para las exportaciones de gas a Alemania.

Trudeau le dio "un permiso por tiempo determinado y que puede ser revocado" a la empresa alemana que estaba reparando la turbina en una planta de la ciudad de Montreal. Para el Gobierno ucraniano, la decisión de Trudeau -que fue celebrada por Alemania, la Unión Europea (UE) y apoyada por Estados Unidos- demostró que las sanciones occidentales son manipuladas según "los caprichos de Rusia". 

Tanto Canadá como el resto de las potencias occidentales reafirmaron en ese momento su apoyo a la lucha de Ucrania contra las fuerza invasoras de Rusia; sin embargo, apenas unos días después fue el propio Estados Unidos, el Gobierno que encabeza la ofensiva diplomática, comercial y financiera contra Moscú, el que abrió la segunda grieta. 

El jueves pasado, la secretaria del Tesoro estadounidense, Janet Yellen, anunció que tanto su Gobierno como la UE estarían dispuestos a suspender las sanciones contra los seguros para el comercio marítimo y los servicios financieros de Rusia, si los principales importadores de petróleo aceptaban su propuesta de imponer un límite internacional al precio del petróleo ruso, una commodity que está ascenso -no solo en Rusia, sino a nivel mundial- por las tensiones y la especulación que generó la guerra. 

"Estamos proponiendo una excepción que permitiría a Rusia exportar siempre que el precio no se exceda a determinado nivel", explicó la funcionaria del Gobierno de Joe Biden a la prensa durante una conferencia de prensa en el marco de la cumbre de ministros de Finanzas del G20 en Indonesia. No adelantó de cuánto sería el tope en el precio porque aún lo están discutiendo, pero aclaró: "En principio, querríamos un número que claramente de a Rusia un incentivo para continuar produciendo, que haga que la producción sea rentable para Rusia". 

Durante la conferencia de prensa, Yellen presentó la medida como una forma de contener los precios de la nafta en Estados Unidos y en el mundo, y de quitarle recursos al Estado ruso; sin embargo, es difícil argumentar que no se trata de un cambio de discurso para un Gobierno que hace solo unos meses impuso un embargo al petróleo ruso y presionó a sus aliados europeos para que hagan lo mismo. 

Crisis energética en Europa

Estos giros de las potencias occidentales tienen una causa clara: si no cambian el rumbo, vivirán una crisis energética el próximo invierno, es decir, en apenas unos meses. Ya ningún Gobierno lo puede disimular o subestimar. 

En un hilo de Twitter, el director de estudios y economista del École des Hautes Études en Sciences Sociales (Escuelas de Altos Estudios en Ciencias Sociales, EHESS) de Francia, Jacques Sapir, explicó que en 2019, es decir pre pandemia, Rusia envió a Europa vía gasoductos 135.500 millones de m3 anuales. Con las sanciones y la posterior reducción rusa por la fata de la turbina, se redujo dramáticamente y, si se mantuviera el envío diario actual, el año cerraría con 49.300 millones de m3.

Los reemplazos que hasta ahora consiguieron los países europeos y la UE son aumentar la producción de Noruega y Países Bajos e importar gas natural licuado desde afuera del continente, por ejemplo de Argelia, como está intentando Italia en este momento. Sin embargo, Sapir estimó que en el mejor de los casos todos los nuevos suministros que se conocieron hasta ahora podrían sumar entre 20.000 y 25.000 millones de m3 anuales, una cifra muy inferior al déficit de 86.200 millones de m3 que ya enfrenta el continente.

Además, la situación podría empeorar muy rápido.

El lunes pasado, el operador del gasoducto Nord Stream 1, el que actualmente concentra la mayoría del suministro de gas de Rusia a Europa, cerró el servicio para realizar unas obras programadas hace tiempo. Según el cronograma oficial, el transporte del gas debe reanudarse el próximo jueves 21. Sin embargo, ya se instaló en Europa el miedo de que Moscú se tome más tiempo con alguna excusa para presionar a las potencias occidental a que flexibilicen aún más las sanciones. De hecho, la empresa a cargo del gasoducto denunció hace unos días que sigue sin recibir la turbina desde Canadá. 

Esto está forzando a acelerar los planes de los Gobiernos europeos. Alemania aprobó la semana pasada que las centrales eléctricas dedicadas a nutrir la reserva energética vuelvan a funcionar a base de carbón y petróleo para ahorrar gas. Esta decisión, que da marcha atrás con una medida tomada en el marco de la transición energética para combatir el cambio climático, busca que el motor de la UE llegue mejor preparado al invierno en caso de que el suministro se corte totalmente. 

Pero el continente también está pensando en medidas más inmediatas. Según adelantó la agencia de noticias AFP, la Comisión Europea (CE), una suerte de Poder Ejecutivo del bloque, presentará esta semana un proyecto para que los países miembro reduzcan la calefacción y el aire acondicionado en los edificios públicos y las oficinas. Se trata apenas de una de las formas en que la CE espera reducir el consumo regional anual en al menos 25.000 millones de m3.

El fantasma de una recesión

Los países europeos y la UE comenzaron a tomar medidas, pero todo indica que esperaron mucho. Por ejemplo, Alemania registró en mayo su primer déficit comercial mensual en tres décadas, es decir, desde la reunificación, uno de los momentos económicos del país más difíciles de su historia moderna. Analistas alemanes vincularon la caída de las exportaciones y el aumento de las importaciones directamente al conflicto en Ucrania y la guerra de sanciones con Rusia. A diferencia de otros países vecinos, Berlín había construido una alianza estratégica con Moscú en la última década de la mano de la ex canciller Angela Merkel. 

"Nuestro país está dirigiéndose a su peor crisis económica desde la fundación de la República Federal de Alemania", sentenció hace solo unos días Fiedrich Merz, el nuevo líder del partido conservador de Merkel, la CDU. Y no es el único que está lanzando advertencias. El comisario de la UE para asuntos económicos, Paolo Gentilioni, sostuvo después de la última cumbre de ministros del sector que si hay "más recortes en el suministro de gas ruso a la UE", esto "llevaría a que la Unión Europea entrara en recesión en el segundo semestre" de 2022.

"Hay que estar preparados ante ello, es posible que se produzca esa tormenta”, sentenció, luego que el Banco de Francia había estimado una caída del PBI del 1,3% para ese país para 2023 y una contracción aún mayor para el bloque en su conjunto.

Frente a este escenario sombrío para lo que queda del año y para 2023, los ministros de Finanzas del G20 se reunieron en Indonesia para buscar respuestas, como sucedió en la anterior crisis global de 2008/9, cuando el foro de las economías más poderosas del mundo marcaron un Norte para volver a crecer y revisar las evidentes fallas del sistema financiero internacional. La cumbre, lejos de comenzar a diseñar un cambio, desnudó que el grupo -compuesto tanto por las potencias occidentales como por Rusia y China- está quebrado y, por lo tanto, paralizado. 

Durante la cumbre, por ejemplo, la titular del FMI, Kristalina Georgieva, alertó que la crisis es aún más profunda en el resto del mundo -el 30% de los países en desarrollo y el 60% de los de bajos ingresos tienen problemas de endeudamiento, dijo- y pidió un mecanismo internacional para resolver estas crisis económicas. Pero solo encontró silencio, aún luego de que la violenta revuelta popular que terminó con un presidente fugado en Sri Lanka y la caída del Gobierno en Italia se sumaran esta semana a una larga lista de protestas y huelgas alrededor del mundo. 

El G7 -donde suele ser más fácil el consenso porque solo quedaron Estados Unidos y países aliados- tampoco está ofreciendo soluciones. Esto parece estar reflejando la falta de una estrategia clara de las propias potencias occidentales para enfrentar una crisis energética, alimentaria y económica autoinflingida. 

Mientras en Estados Unidos, el Gobierno de Biden defiende sus proyectos multimillonarios de inversión en infraestructura y ayudas económicas frente a una oposición republicana que lo acusa de aumentar la inflación aún antes de la invasión rusa a Ucrania, en la UE la preocupación por una recesión no está generando el mismo efecto que provocó la pandemia. Las autoridades ya piden volver a "una política fiscal prudente". En otras palabras, no responder a esta crisis como se respondió a la paralisis de 2020 y parte de 2021 con ayudas generalizadas. 

“En la parte fiscal, es importante embarcarse en la senda hacia una política fiscal prudente, dejando atrás los estímulos globales que aplicamos durante la pandemia”, pidió recientemente el vicepresidente económico de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, y adelantó que a finales de mes discutirá con todos los países miembro un plan para enfrentar los niveles de inflación y de devaluación del euro récords, pero volviendo a cumplir las estrictas metas fiscales de la doctrina de austeridad que dominó el bloque hasta 2020.

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