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¿Gana la derecha o la oposición en América Latina? Los casos de las últimas elecciones

Como en Colombia, el gobierno de izquierda de Brasil fue a las urnas con buenos números económicos pero perdió. La extrema derecha festeja que la región se vuelve trumpista, pero otra mirada posible es que los oficialismos no logran cumplir con las expectativas de sus electorados y ganan las oposiciones.

05 de octubre, 2026 | 00.29
¿Gana la derecha o la oposición en América Latina? Los casos de las últimas elecciones

La elección presidencial de Brasil dejó muchos interrogantes luego que el candidato opositor Flávio Bolsonaro ganara la primera vuelta y se perfilara como el favorito en el balotaje del próximo domingo 25. Como sucedió hace solo unos meses en Colombia, un gobierno de izquierda que termina su mandato con buenos números económicos perdió frente a una extrema derecha que se concentró más en lo que Javier Milei llama la batalla cultural que en presentar un plan de gobierno claro. Entonces, resurge una pregunta que se viene repitiendo hace años en la región: ¿avanza la derecha o pierden los oficialismos? O planteado de otra manera: ¿las ideas de la derecha ganan apoyo entre las sociedades latinoamericanas o pierden los gobiernos que no cumplieron con las expectativas de sus electorados?

En realidad, esta pregunta no nace con el avance de la derecha, sino antes. Hace cuatro años, por ejemplo, los análisis se dividían entre los que creían que América Latina atravesaba una nueva ola rosa y los que sostenían que esos gobiernos de izquierda, centro-izquierda o progresistas habían llegado al poder, al menos en parte, por un fuerte rechazo a sus antecesores, en su gran mayoría de derecha.

En 2022, gobernaban o acababan de ganar las elecciones Andrés Manuel López Obrador en México, Gustavo Petro en Colombia, Gabriel Boric en Chile, Pedro Castillo en Perú, Alberto Fernández en Argentina, Luis Arce en Bolivia y Xiomara Castro en Honduras. Luiz Inácio Lula da Silva recuperó la Presidencia en Brasil en noviembre de ese año. Pero apenas un año después se dio otro movimiento pendular que hizo estallar ese espejismo: Milei, el ecuatoriano Daniel Noboa y el paraguayo Santiago Peña ganaron. 

En ese momento, se multiplicaron los titulares que se preguntaban: ¿ganan las derechas o pierden los oficialismos? Analistas de todo el espectro ideológico sostuvieron que los cambios de color político no tenía tanto que ver con un giro ideológico -como celebraban Milei y sus nuevo aliados regionales-, sino que se trataba de votos castigos a gobiernos que despertaron muchas expectativas y no pudieron o quisieron cumplirlas. 

Esta misma lectura, sumada a las particulares de cada caso nacional, se repitió cada vez que la derecha ganó en América Latina en el último año. Aún cuando se reconoce una mayor interferencia de Estados Unidos en favor de sus aliados en los procesos electorales, también se ve que los gobiernos salientes no pudieron cumplir con lo que prometieron o con las esperanzas que generaron entre quienes los votaron. 

Las últimas seis elecciones en la región

Un caso en el que se vio muy clara la decepción y el rechazo que generó un oficialismo entre su electorado fue el de Bolivia. La victoria de Luis Arce, el ex ministro de Economía de Evo Morales, había significado el fin de la dictadura instaurada un año antes, el retorno del propio Morales a su país y la promesa de volver a los años gloriosos de crecimiento económico del MAS.

Pero esto último no sucedió. Arce y Morales se pelearon, su disputa terminó dominando el escenario político y el contexto económico se deterioró rápida y dramáticamente. Cuando llegaron las elecciones, en agosto del año pasado, el oficialismo ni llegó al balotaje. Morales llamó a boicotear los comicios y el voto nulo fue de casi 20 puntos porcentuales, el candidato de Arce quedó muy lejos con apenas 3,16% y otro ex oficialista y ex evista, Andrónico Rodríguez, obtuvo 8,2%. Si se hubieran unido, al menos podrían haber entrado al balotaje.

No pasó y dos candidatos de derecha -el que terminó ganando, Rodrigo Paz, y el ex vice de un dictador, Jorge 'Tuto' Quiroga- se disputaron la segunda vuelta y el MAS desapareció por completo del Senado y quedó reducido a una minoría irrelevante en la Camara Baja.

Unos meses después, en Chile, otro gobierno progresista que había desilusionado a una parte importante de su base electoral perdía frente a una extrema derecha envalentonada. Esta vez, casi toda la izquierda y centro-izquierda se habían aliado para evitar una derrota, pero igual José Antonio Kast y su fuerza filopinochetista lograron ganarle el balotaje a la ex ministra comunista Jeannette Jara.

En todos los análisis de la derrota aparecía como un elemento clave que el gobierno de Boric no había podido cumplir con las expectativas que había generado su victoria, principalmente la creación de una nueva Constitución que deje atrás el modelo social y económico dejado por la dictadura de Augusto Pinochet y lo reemplace por uno centrado en las demandas de educación y salud públicas, y de ascenso social que se venían acumulando hace décadas y que tuvieron su punto de inflexión en 2019 con el estallido social. 

En noviembre también, el oficialismo de los Zelaya fue derrotado en Honduras. El candidato de Trump, Nasry 'Tito' Asfura le ganó al vice de la presidenta saliente Xiomara Castro que había roto con el oficialismo, Salvador Nasralla, con poco más de 40% de los votos. La candidata del Gobierno, Rixi Moncada, quedó lejos con 19,2% de los votos. Su partido, LIBRE, además quedó reducido a una minoría en el Congreso.

Este año, la derecha volvió a avanzar con victorias presidenciales en Perú, con Keiko Fujimori, y, luego, Colombia, con Abelardo de la Espriella. En el primer caso, es difícil hablar de un oficialismo porque el ganador del anterior comicio fue destituido y, más tarde, su vice, quien lo sucedió, también. Para cuando los peruanos fueron a las urnas, ya no quedaba oficialismo. 

Colombia, en cambio, fue otra historia. Como Lula, Petro había conseguido buenos números económicos. Su candidato, Iván Cepeda, mantuvo el caudal de votos de 2022, pero la ultraderecha logró polarizar el escenario y unificar a todos los que rechazaban al primer gobierno de izquierda que había tenido el país en más de medio siglo por razones ideológicas, porque no había cumplido todas sus promesas o porque no habían resuelto problemas centrales como la seguridad.

Entonces, el discurso de la mano dura y la alianza irrestricta con Estados Unidos primaron sobre las mejoras económicas en algunos sectores y en el balotaje perdió por apenas un punto porcentual. De hecho, el Pacto Histórico, la fuerza oficialista, se mantuvo como la primera minoría de ambas cámaras del Congreso. 

La única excepción en este último año fue Costa Rica. El oficialista Partido Pueblo Soberano del ex presidente y actual ministro Rodrigo Chávez reeligió de la mano de la ex ministra Laura Fernández con más del 48% de los votos, sin necesidad de ir a balotaje. Fue tan rotunda su victoria que también se quedó con la mayoría simple de la Asamblea Legislativa.

En línea con Nayib Bukele en El Salvador, Chávez y luego Fernández construyeron su popularidad en base a escuchar el creciente malestar que se estaba cocinando en su país y traducirlo en un discurso de mano de dura que caló especialmente hondo entre los sectores más populares. 

Pero estos discursos de mano dura como solución a todos los problemas y de una vuelta a un pasado glorioso que pregonan estas nuevas extremas derechas latinoamericanas también generan expectativas y promesas que difícilmente luego esos gobiernos cumplen. Entonces, vuelve la disconformidad, el rechazo, la decepción. En Argentina, a un año de una nueva elección presidencial, las encuestas sostienen que esto ya está empezando a suceder.

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