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La paradoja brasileña

El gobierno de Lula no tiene la reelección asegurada. La paradoja es que el último de los grandes líderes políticos latinoamericanos podría perder las elecciones, literalmente, contra nadie, contra el hijo de Jair. 

03 de octubre, 2026 | 19.50

Brasil no experimenta un boom de crecimiento. Sin embargo, hasta 2023 vivió una década de estancamiento y, desde entonces, crece moderadamente: 3,2 por ciento en 2023, 3,4 en 2024 y 2,3 en 2025. Para este año se proyecta un valor similar al del año anterior. La inflación es baja y se espera un 5 por ciento anual en 2026. El desempleo se encuentra en niveles mínimos históricos, en torno al 5,3 por ciento, y el empleo formal alcanzó su mejor nivel en una década. Hubo mejoras en la distribución del ingreso en favor del trabajo y una reducción de la pobreza. El número de pobreza ronda el 23 por ciento, pero visto desde Argentina dice poco porque las canastas no son comparables. El dato relevante es su descenso relativo y que los gobiernos de Lula, todos, redujeron la pobreza y mejoraron las condiciones de vida de los trabajadores.

Sin dudas, hay problemas vinculados a la seguridad. La delincuencia no se agravó; incluso bajó la tasa de homicidios, pero persiste el rol de las organizaciones criminales; no es solo una sensación. La izquierda, o centroizquierda, siempre tuvo dificultades con el tema. La razón no es muy compleja. Hay pocas dudas sobre la íntima relación entre desigualdad e inseguridad, pero, en el corto plazo, el problema solo se resuelve con represión, cualquiera sea el país. Es por eso que, en este tema, la derecha corre con ventaja. El discurso de la “mano dura” demanda siempre menos esfuerzo intelectual.

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Luego, como en Argentina, en Brasil, aunque con características propias, también hay problemas de endeudamiento de las familias, lo que suma al descontento de algunos sectores y explica las más recientes medidas gubernamentales contra el juego online. También hubo una reforma tributaria ponderada por todos los sectores y un regreso activo del rol del BNDES en el reimpulso de la actividad industrial.

Pero no se busca aquí hacer una descripción exhaustiva de la situación económica y social del vecino país. Lo que se quiere destacar es que la situación de Brasil durante el tercer gobierno de Lula mejoró en prácticamente todas las dimensiones, lo que significa que no se experimenta nada parecido a una crisis económica: ni alta inflación, ni caída del poder adquisitivo de los salarios, ni aumentos del desempleo y la pobreza. No obstante, a pesar de todos estos datos, el gobierno de Lula no tiene la reelección asegurada. Y no solo eso: su contrincante, quien eventualmente podría ganar las elecciones, es Flávio Bolsonaro, el hijo de Jair, el ex presidente actualmente encarcelado por haber intentado un golpe de Estado y protagonista de una experiencia de gobierno deslucida, marcada por el estancamiento económico. La paradoja es que el último de los grandes líderes políticos latinoamericanos podría perder las elecciones, literalmente, contra nadie.

A la hora de las explicaciones, los analistas políticos suelen incorporar el dato de época de las sociedades polarizadas, del rol del clasismo frente al ascenso de los sectores más bajos en sociedades con desigualdad extrema o de la influencia conservadora y pro estadounidense de las iglesias evangélicas, muy poderosas y extendidas en el vecino país. También se suman algunos clásicos cuando la economía va bien, como correr el eje del debate hacia temas como la inseguridad y la corrupción. Y, por supuesto, la variable siempre presente del desgaste de los oficialismos.

Sin embargo, la paradoja brasileña pone en primer plano un tema bastante tabú: el de la contradicción, en la periferia del capitalismo, entre soberanía y democracia. O, dicho de otra manera, pone en primer plano las limitaciones propias que, en el presente, enfrentan las democracias al estilo occidental, especialmente en términos de manipulabilidad electoral e injerencia imperial. Es un hecho que el presidente estadounidense Donald Trump se jacta de que todos los candidatos que en la región contaron con su apoyo, nueve en total, entre los que destaca el presidente argentino, se impusieron en las elecciones. Para el proyecto de la doctrina Donroe, la política exterior más autónoma y multilateralista de Lula siempre fue un incordio.

Esta realidad y los resultados conseguidos por los aliados de Estados Unidos en la región llevan a repensar las herramientas de injerencia electoral, que seguramente no se limitan a las acciones abiertas que buscaron afectar la economía, como los aranceles de hasta el 50 por ciento a las importaciones. Estos mecanismos incluyen también acciones sistémicas a través de las redes sociales. Vale recordar en este punto el conocido affaire de Cambridge Analytica durante el Brexit. Desde entonces, vía inteligencia artificial, estos mecanismos se sofisticaron, profundizando su capacidad de generar microclimas y tendencias de opinión. La IA también permite multiplicar mensajes a costos mucho menores. Y ya no se trata solo de microtargeting, es decir, de la multiplicación de mensajes dirigidos a distintos segmentos de la población, sino también de “deepfakes”.

El resultado, que se evidencia en la potencial paradoja brasileña, es que la voluntad del votante dejó de depender solo de su libre albedrío. La “libertad” parece haber quedado mediada por estas nuevas herramientas, es decir, por quienes tienen la capacidad y los recursos para manejarlas. El caso de los fiscales bolivianos encarcelados por interferir contra la mano de obra que opera estos mecanismos invita a la reflexión sobre los nuevos límites para las democracias y, en particular, sobre su contradicción con la soberanía de los países.

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Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017). 

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