Los 200 dólares y el riesgo de devaluación

15 de agosto, 2020 | 19.00

A grandes rasgos la economía local debe solucionar dos problemas graves y conocidos. El primero es el mega endeudamiento generado por el macrismo, y el segundo la recesión, también heredada, pero profundizada por la pandemia. Tras el arreglo con los grandes fondos de inversión privados el primer problema parece haber encontrado su cauce, al menos hasta 2025, aunque todavía falte el mal trago de renegociar con el FMI. Para el segundo problema, salir de los efectos recesivos de la pandemia, ya existe un plan. Si se reconstruye el discurso de las áreas de Economía y Producción están las claves principales de lo que se dará a conocer en las próximas semanas están a la vista. El eje será la reactivación del consumo orientado a la producción local y a la reducción del contenido importado. Si bien habrá distintos programas sectoriales, es decir con incentivos por el lado de la oferta sobre la base de “créditos productivos”, la herramienta principal será el estímulo a la construcción privada y a la obra pública, tanto por su efecto multiplicador directo sobre el empleo e indirecto sobre otros sectores proveedores de insumos, como por su baja demanda de importados, lo que no significa que el aumento de importaciones igual se produzca de todas maneras por el “efecto ingreso”, uno de las viejas restricciones de la economía local.

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Sin embargo estas cuestiones, deuda y reactivación, pertenecen al universo del mediano plazo. En el horizonte del cortísimo plazo existe una cuestión mucho más delicada que podría interferir, léase arruinar, cualquier dinámica de crecimiento futuro: las reservas internacionales (RRII) netas del Banco Central (BCRA) se encuentran en niveles mínimos históricos. Lo que en principio suena como algo técnico, “reservas internacionales netas”, es en realidad algo bastante más sencillo: la que se encuentra exhausta es la caja de dólares contantes y sonantes de la que dispone el Estado para hacer frente a los “compromisos externos”, como por ejemplo los pagos de importaciones y de deuda. De allí salen, por ejemplo, los dólares al tipo de cambio oficial que se demandan para las importaciones. También las divisas para el dólar ahorro, es decir los 200 dólares mensuales que cualquiera puede comprar desde, por ejemplo, su “home banking”, un drenaje mensual que en los últimos meses fue creciendo significativamente junto con la famosa “brecha” entre la cotización oficial y los distintos dólares paralelos, legales y no legales.

Acercando la lupa a los números se observa que las RRII del BCRA que a fines de diciembre pasado rondaban, según el Balance Cambiario, los 44.800 millones de dólares, a fines del pasado junio se encontraban en 43.300 millones. Desde entonces las pérdidas siguieron. En materia de intervención cambiaria se registraron dos momentos. Desde fines de diciembre y hasta mediados de abril se observó un saldo positivo por alrededor de 900 millones de dólares. Desde entonces y hasta el 7 de agosto se perdieron 1.800 millones. Solamente entre fines de junio y el 7 de agosto el saldo negativo de la intervención fue de 940 millones. Todo lo acumulado hasta abril se esfumó en unas pocas semanas. Dicho de otra manera, el BCRA acumulo reservas mientras la brecha cambiaria se mantuvo en torno al 30 por ciento y se volvió vendedor neto cuando la brecha promedió el 80 por ciento. Hoy las RRII están cerca de los 42.000 millones.

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Si bien el valor bruto de las reservas no es un número especialmente bajo, debe matizarse. Fue el propio presidente Alberto Fernández, no un consultor opositor, quien reconoció esta semana que las reservas “netas” rondaban apenas los 10 mil millones, unos tres meses de importaciones de bienes según los últimos datos de la cuenta corriente cambiaria. Este “neto” surje de restarle a las RRII componentes como los swaps de monedas –el principal, por casi 20 mil millones, es con China-- los encajes de los depósitos privados en dólares y las reservas de oro, entre los principales ítems. Lo que queda tras la resta son las reservas de libre disponibilidad, algo así como “el efectivo” realmente disponible para hacer frente a las obligaciones, es decir la capacidad de intervención inmediata del BCRA.

En junio, el último dato oficial, más de 3 millones de personas compraron los 200 dólares mensuales (618 millones de dólares), mientras que en julio la cifra de compradores habría estado cerca de los 4 millones. Con reservas netas por debajo de los 10.000 millones no parece racional, en el corto plazo, dejar abierta la puerta de salida de los 200 dólares.

Los escenarios que se abren a partir de estos datos son todos complejos. Por un lado la perdida de reservas y el cierre de la ventaba de los 200 dólares podrían presionar sobre la brecha cambiaria reforzando las expectativas de devaluación. Se trata de una situación paradójica dado que ya en junio se registró un superávit de la cuenta corriente cambiaria. Al mismo tiempo se vuelve más urgente cuidar las reservas. La escasez de RRII es incompatible con dejar abierta una ventanilla por la que se filtran casi mil millones mensuales. Se necesita mover el timón con anticipación para evitar el rumbo de colisión.

No es la primera vez que el problema aparece. La salida tradicional a la que recurrieron diversos gobiernos fueron las devaluaciones. El discurso oficial del Frente de Todos, que no es precisamente lo que piensa el grueso de sus economistas que hoy ocupan lugares de decisión, es favorable a una devaluación en tanto se enarbola la zoncera del “tipo de cambio competitivo”, una falacia desmentida por la historia en tanto las devaluaciones nunca mejoran las exportaciones. El efecto de devaluar es muy distinto, se reducen los ingresos de las mayarías, cae el consumo y la demanda agregada y se genera una recesión. En el presente una nueva devaluación elevaría al cubo la contracción económica, sería sumar un factor adicional a la recesión de la pandemia que se montó sobre las devaluaciones recesivas iniciadas a partir de marzo de 2018.

De todas maneras las devaluaciones no son sólo el producto de la voluntad política de devaluar, también pueden producirse desordenadamente si la economía se queda sin divisas. 

El argumento a favor de cerrar la ventana de los 200 dólares sería evitar una devaluación desordenada. Debe considerarse que sin estabilidad cambiaria se desvanece en el aire cualquier ilusión de recuperación económica. Si en recesión, es decir con importaciones mínimas, se presentan problemas para acumular reservas, resulta inimaginable pensar que sucederá cuando la economía comience a crecer. El contraargumento es que cerrar la ventana de los 200 dólares presionaría en los mercados paralelos aumentando la brecha y, con ella, las expectativas de devaluación.

Quizá el repaso de las experiencias históricas ayude a encontrar una respuesta. Por un lado las devaluaciones nunca resolvieron el problema, sino que lo agravaron. Por otro la falta de dólares “financieros” siempre se resolvió con los dólares propios, es decir los acumulados por los residentes en períodos anteriores, la famosa formación de activos externos acumulada. Sobre esta base debería pensarse en soluciones más radicales que faciliten a los locales liquidar sus dólares, como por ejemplo que cualquiera pueda vender divisas a un precio no regulado en un mercado legal. Es decir legalizar el blue, que se pueda comprar y vender en bancos y casas de cambio, lo que significa un desdoblamiento cambiario ente dólar comercial y financiero. Pero cualquiera sea el caso, es una idea o posibilidad de mediano plazo. En el corto la única alternativa al problema “financiero” de la escasez relativa de dólares –con superávit de la cuenta corriente cambiaria no se trata de un problema “real”– pasa por cuidar a rajatabla las reservas para evitar, con el mismo ímpetu, una nueva devaluación recesiva que, en el presente, sería híper recesiva. Y cuidar las reservas significa cerrar todas las ventanillas públicas como mínimo hasta que se recuperen las RRII netas.

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