En una de las esquinas más tradicionales de San Telmo hay un bar que parece haber sido trasladado desde Londres, sin embargo, no está en Inglaterra. Se trata del famoso Bar Británico, un ícono de la Ciudad de Buenos Aires que funciona desde 1928 frente al Parque Lezama y que se convirtió en uno de los bares más reconocidos de la gastronomía porteña.
Aunque hoy lleva el nombre que lo hizo famoso, en sus comienzos esto fue diferente. Cuando abrió sus puertas, el local se llamaba La Cosechera, una denominación que por aquellos años era utilizada por varios comercios porteños. Fue bautizado como "Británico" años más tarde, dado la gran cantidad de clientes anglosajones que frecuentaban la zona.
El por qué está relacionado con la presencia de trabajadores del Ferrocarril del Sud, muchos de ellos de origen británico, que vivían cerca del conocido Edificio de los Ingleses, ubicado sobre la avenida Caseros. Con el paso del tiempo, esa identidad quedó asociada a la esquina y terminó formando parte de la historia del barrio.
El bar británico: un ícono del siglo XX que persiste en el tiempo
Durante la segunda mitad del siglo XX, el bar quedó marcado por la gestión de tres gallegos: José, Pepe y Manolo, quienes transformaron al lugar en un verdadero punto de encuentro de la zona. Bajo su administración, el Bar Británico llegó a funcionar las 24 horas y mantuvo una particular distribución de espacios, algo habitual en los bares porteños de aquella época.
Uno de esos sectores era un salón familiar pensado para que las mujeres pudieran asistir sin ser mal vistas, una división que reflejaba las costumbres sociales de entonces. El trío estuvo al frente del histórico local hasta 2007, cuando decidió retirarse después de décadas de trabajo.
Años más tarde, los hermanos Aznárez tomaron el control del bar y realizaron una puesta en valor para recuperar su esencia sin perder la identidad original. Se renovaron elementos como el mobiliario, los baños y la instalación eléctrica, además de sumar un área de producción en el sótano, que tiene una superficie similar a la planta baja.
Sin embargo, gran parte del espíritu del lugar permaneció intacto. El revestimiento original de roble, que llega hasta los taparrollos de las cortinas, y distintos objetos acumulados durante décadas siguen formando parte de la escena cotidiana. De esta manera, se convirtió en uno de los bares notables de la Ciudad y en uno de los sitios ideales para visitar durante el fin de semana.
