Leonor Benedetto habla como quien lleva varias vidas adentro. Actriz y escritora por vocación, a los 84 años sigue encontrando motivos para trabajar, escribir y hacerse preguntas. No habla de la jubilación como una posibilidad ni del paso del tiempo como una derrota. Sin nostalgia y con una enorme capacidad de adaptación, Benedetto repasó su recorrido en un mano a mano íntimo con El Destape y habló de aquello que durante mucho tiempo quedó detrás de sus personajes: quién quería ser cuando dejó de ser Rosa (de la mítica telenovela Rosa de lejos), qué descubrió sobre el amor en los últimos diez años y qué espera encontrar cuando llegue el momento de entrar "mansamente" en lo que venga.
En Atentamente hablás de tu pasión por la lectura, a través de textos y correspondencia de Cortázar, Sarmiento, Eva Perón, el Che, entre otros. ¿Cómo se te ocurrió el espectáculo?
- Cuando tengo mucho interés en algo, mi proceso de trabajo surge naturalmente y casi armado en mi cabeza. El espectáculo se llama Atentamente porque antes hubo un medio de comunicación muy frecuente y obligado que eran las cartas, y en la mayoría de estas se terminaba con la frase “atentamente”. A eso se le sumó el recuerdo de un programa de televisión que hice, Querida Leonor en Canal A, que duró tres años y en donde encontré en las cartas una especie de corazón muy vivo de los medios de comunicación. Es que han sido siempre algo imprescindible y necesario para el desarrollo de la vida, y si tirás de ese hilo llegás hasta los dibujos de las cuevas. Es la necesidad imperiosa del ser humano de contarle cualquier cosa a otro humano.
De aquel Querida Leonor ya pasaron casi 20 años y cada vez que yo he retomado este espectáculo, siempre ha sido con el temor de que la idea hubiera envejecido, pero muy por el contrario cobra actualidad cada vez más.
Se abordan temas como la identidad nacional, la memoria… tópicos muy bastardeados por el Gobierno.
- Este armado tiene una necesidad de hablar de aquello que nos une y no de aquello que nos divide: las emociones. Para hacer el esqueleto de Atentamente trabajé con un historiador para lograr que, sin importar el personaje o su ideología, todos puedan sentirse emparentados en situaciones como el dolor de la pérdida, el haber amado, la vida y la muerte. Siempre aparece una hermandad con el auditorio… nunca pensé que se iba a generar esa unión de eslabones, no queda nadie afuera.
¿Atentamente es tu escape a los problemas diarios que aquejan a la sociedad?
- Más que escape, es una aceptación del marco histórico. Yo personalmente siempre siento que lo peor ya pasó: después de la dictadura no hay nada peor. Un pueblo que ha tenido esa experiencia debería apoyarse en eso para unirse, pero creo que tenemos un poco de dificultad para eso…
Siempre estás activa y con proyectos. Me sorprende tu vitalidad para seguir trabajando. ¿Qué hacés cuando no estás actuando?
- Escribo, pero de manera maniática directamente. De hecho, hace ya 6 años que publico -y en contra de la opinión de mis cercanos– en Instagram textos y reflexiones. Todos me decían que Instagram es para que me saque lindas fotos, que así tendría muchísimos adherentes, pero adopté la escritura como un rito. Y a mí me gustan mucho los ritos. Así es que todos los domingos a la tarde hago crónicas de la realidad.
Yo no encuentro otra manera de vivir que no sea actuando o escribiendo. No sé tejer (se ríe), no tomo mate… nunca seguiría esa costumbre que dice que cuando llegás a determinado momento tenés que jubilarte. Además, la palabra jubilación es una contradicción: la palabra viene de jubileo, pero con lo que le pagan a los jubilados no hay nada de lo que puedas reírte. Así que le agradezco al tiempo, la vida o Dios por que me está dando tiempo y facultades para seguir con lo que yo quiero hacer y siento que soy buena para eso.
¿Es cierto que antes de ser actriz querías ser escritora?
- En la adolescencia, cada vez que me preguntaban qué quería hacer yo contestaba "escritora o cocinera". Creo que soy las dos cosas. La actriz vino mucho después, como 10 años más tarde cuando decidí entrar al conservatorio pasando por dos universidades previas. Escribir está muy bien y cocinar ni te cuento… creo que es una actividad noble, espiritual y moralmente muy válida el dar de comer.
¿Y cuándo descubriste a la actriz y te sentiste enamorada del oficio?
- Es difícil de responder eso para mí porque no hago nada que no ame. Soy de fácil amor, no debo ser fácil amante, pero amo mucho lo que hago, me conmueve mucho la gente. El mundo no me deja aburrirme, desconozco el aburrimiento como estado mental.
¿Cuánto te interesa o te preocupa la opinión ajena?
- ¿En este momento? Hay ciertas opiniones de gente de la que tengo un juicio previo que me importan bastante poco. En eso soy poco democrática. Pero no siempre fue así. El hecho de que la mitad de mi carrera haya sido provocada en base a una cierta apariencia física hizo que estuviera a media máquina. Era eso y nada más.
Un sujeto de cosificación.
- Totalmente. Siempre me dije: “Cuando envejezca, los demás se van a dar cuenta de que soy inteligente”. Y estoy en ese momento ahora, y lo disfruto como una vaca en un prado.
¿Te molestó ser cosificada por las revistas de espectáculos?
- No, era al revés. Cada vez que alguien me buscaba cosificar yo me aprovechaba de eso para mostrar otra cosa. No tengo ni medio cromosoma de víctima, ni en mis relaciones ni en la vida en general. O por lo menos no tengo secuelas de aquello. Tampoco necesito reivindicar o confesar nada.
Bueno, un ejemplo de mostrar “otra cosa” puede ser Rosa de lejos que, vista en retrospectiva, es una telenovela súper feminista.
- Pero ese mérito fue de María Herminia Avellaneda. Recordemos que la historia ya había sido hecha en Simplemente María y el esquema de la ficción, el guión, era la vida de una víctima: una muchachita de servicio, provinciana, joven, analfabeta y virgen que es engañada por un chico rico. Todo clásico. Hasta que llegó Maria Herminia, una de las cabezas más interesantes con las que me topé en mi vida y la persona que me introdujo en un camino intelectual apasionante. Rosa…fue feminista hasta en lo estético: había primeros planos y silencios. Hoy si hacés silencio por más de un segundo y medio, pareciera que te olvidaste la letra.
La gente le tiene miedo al silencio.
- Quién le teme al silencio tiene miedo de encontrarse consigo mismo.
Esa telenovela fue una locura de rating.
- Y llegó un punto en el que me ofrecían cualquier cosa. Hice una temporada en Mar del Plata y me pusieron un guardaespaldas, fue una total ridiculez. No fue soportable para mí, pero por suerte fue tan brutal que inmediatamente me di cuenta que no quería eso.
La historia de tu rebeldía en el Madison Square Garden es genial…
- Era ridículo, me mandaron con una comitiva de peluqueros y vestuaristas. Era ridículo. Por supuesto, tenía que salir vestida de Rosa de lejos. El mismo día que tenía que salir a cantar al Madison Square Garden avisé que no me iba a vestir y peinar como Rosa, y salí con mi pelo suelto y con un vestido mío. Cuando llegué de vuelta a Buenos Aires, Romay me dijo: “Acabás de hundir tu carrera”.
¿Y qué le respondiste?
- Que yo no quería ser Rosa y sí quería ser Leonor.
¿Pudo entenderlo?
- Creo que no, pero pudo ver que me iba muy bien aún con el pelo suelto (se ríe).
¿Por este quiebre con Rosa… fue que te instalaste en España?
- Al año siguiente de ese episodio hice la telenovela Dios se lo pague, que fue lo primero que hizo Federico Luppi al volver del exilio, pero luego me di cuenta que ya no podía estar más acá. Todo lo que me ofrecían era horrible.
¿Incluso Atrapadas?
- No reniego de esa película, pero sí de cosas que vinieron después y solo hice por necesidad económica.
Y te fuiste…
- Sin ninguna garantía de nada. Solo tenía una hermana que vivía en España, que fue mi apoyo al principio. Por suerte pude trabajar: hice La Zorra, con Alberto Closas, y me fue muy bien. Mi carrera nunca fue infiel conmigo, siempre he tenido suerte. Lo que más disfruté de España fue poder caminar sin que me reconocieran y elegir qué hacer. Cuando vino Un lugar en el mundo fue uno de los momentos más felices de mi recorrido.
¿Mientras estabas en España pensabas en Argentina?
- No soy nostálgica, tengo una enorme adaptabilidad. Cuando rodamos Un lugar en el mundo volví a Argentina. ¡La gozada que fue esa película! Era un tipo brillante Adolfo y tenía todo muy claro.
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"Me preocupo por construir recuerdos en mis nietas para cuando yo no esté"
En tu vida amaste mucho, ¿estás en pareja ahora?
- Desde hace 10 años estoy conociendo el amor en serio, pero no de un hombre. No sé cuál es la razón, pero el amor a la gente no se parece a ninguna relación amorosa que se pueda tener.
¿Cómo se llega a ese nivel de deconstrucción del amor?
- Cuando pienso en las eventuales compañías que he tenido, me parece que ha habido, por parte de ellos y mías, capricho, ego y liviandad. Pero esto que estoy viviendo ahora no lo he pasado nunca: entender que otro ser humano está ahí con el mismo goce, el mismo nivel de sufrimiento, la misma necesidad, la misma dificultad para cumplir con las necesidades, es algo que desconocía.
También están las cosas que trae la vida, como mis dos nietas y la importancia que siento por lo que le va a pasar a esos seres.
¿Cuántos años tienen?
- 16 y 18. Me preocupo mucho por construir recuerdos en ellas para cuando yo no esté.
¿Pensás en el paso del tiempo?
- Lo vivo. Supongo que me gustaría vivir mucho más, aunque obviamente, por una cuestión estadística, no será tantísimo más. Me gustaría que sea lo que sea lo que me espera, quiero entrar mansamente en ello. No creo que está vida sea el final.
La última: pensando en tus crónicas de Instagram, ¿te gustaría publicar un nuevo libro?
- Sí, y de hecho tengo un ofrecimiento para hacerlo y estoy pensándolo porque creo que hoy un libro debe ser algo más que un objeto. Sería un libro sobre una experiencia vital y las posibilidades que puede tener una persona a lo largo de su vida.
