La epidemia de tabaquismo tal como la conocemos tiene un origen preciso: comenzó en 1884, cuando James Buchanan Duke inventó la máquina automática para producir cigarrillos en escala, unos 120.000 por día. En 1902, Duke creó la British American Tobacco y para impulsar sus ventas invirtió en publicidad, patrocinó carreras y concursos de belleza, y puso avisos en revistas. Así, los cigarrillos pasaron de ser considerados un artículo de lujo a estar al alcance de cualquiera. El marketing y la biología hicieron el resto.
Hoy, más de un siglo más tarde, después de innumerables estudios que demostraron el efecto letal de su consumo continuado y a pesar de múltiples iniciativas para evitar una adicción muy difícil de vencer, casi uno de cada cinco adolescentes argentinos de entre 14 y 17 años consume alguna forma de tabaco. Es más, el país se encuentra al tope del ranking en la región. “Hace casi una década que no tenemos políticas públicas activas para desalentarlo”, subraya Raúl Mejía, médico e investigador del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes) y jefe del Departamento de Atención Ambulatoria del Hospital de Clínicas de la UBA, que con investigadores argentinos y de la Universidad de Stirling (Escocia) publicó una serie de estudios sobre marketing tabacalero y percepción adolescente en el marco del proyecto REMAP (REmoving the MArketing Power of cigarettes), que abarcó a 16 ciudades de cuatro países: Córdoba, Quilmes, San Salvador de Jujuy y Santa Rosa en la Argentina; Ciudad de Guatemala, Quetzaltenango, San Antonio y Tecpán, en Guatemala; Guadalajara, Ciudad de México, Monterrey y Oaxaca en México; y Arequipa, Pucallpa, San Juan de Miraflores (Lima) y Trujillo en Perú.
"Desde 2016 o 2017, no ha habido ninguna política pública para reducir el tabaquismo –destaca Mejía–. Y el escenario podría empeorar: la actual gestión avanza en liberalizar la venta de cigarrillos electrónicos y bolsitas de nicotina, dos productos que hasta ahora estaban prohibidos en el país. Yo creo que el consumo de tabaco entre los jóvenes va a aumentar en el corto plazo", advierte.
Impulsado por el aumento de impuestos y las primeras restricciones a la publicidad, el tabaquismo en la Argentina tuvo una trayectoria descendente a principios de este siglo. En 2000, fumaba alrededor del 35% de la población adulta; hoy esa cifra ronda el 22-23%. El problema es que esa reducción se detuvo. "Si no hay control para que se cumplan las normas o aunque sea campañas de prevención, la curva simplemente deja de bajar”, explica Mejía, que hizo una presentación en el webinario sobre “Determinantes comerciales de la salud y sus consecuencias sobre enfermedades no transmisibles”, organizado por la Asociación Argentina de Salud Pública (Aasap) .
En el contexto regional, en Perú fuman alrededor del 6% de los chicos de 12 a 16 años, en Guatemala, el 11,3% de los de 13 a 15, y en México el 4,6% de los de 10 a 19, aunque estos números no son estrictamente comparables porque algunos se refieren solamente a los cigarrillos tradicionales y hoy los adolescentes optan por otras formulaciones.
Por ejemplo, uno de los hallazgos que más sorprendió al equipo en la encuesta a más de 12.000 adolescentes de los cuatro países fue la altísima frecuencia de vapeo [uso de dispositivos electrónicos que calientan un líquido para crear un aerosol que se inhala], y que entre el 5% y el 6% de los chicos ya conocía las bolsitas de nicotina orales antes de que estas llegaran formalmente al mercado argentino. A estos se suma la aparición de cigarrillos con cápsula de sabor, que se rompe presionando el filtro.
Para Mejía, la explicación de por qué estos productos ganan terreno frente al cigarrillo tradicional es sencilla: no tienen "el gusto feo del tabaco", vienen saborizados. El mentol, presente en buena parte de estos productos, cumple una doble función: facilita que la nicotina llegue más rápido al cerebro, lo que acelera la adicción, y a la vez disimula el olor característico del tabaco, lo que dificulta que padres no fumadores detecten el consumo de sus hijos. Y cuando los padres sí fuman, señala, carecen de "autoridad moral" para desalentar el hábito en sus hijos, uno de los principales factores de riesgo identificados en la encuesta, junto con la exposición a publicidad y el consumo de pares.
Una de las líneas de investigación del equipo se centró en el tabaco para armar (RYO, por roll-your-own), un producto que en el país usa alrededor del 10% de los fumadores adultos y que, según el estudio publicado en Nicotine & Tobacco Research, está prácticamente ausente en los puntos de venta de México y Perú, pero presente en uno de cada cinco kioscos relevados en cuatro ciudades argentinas. Fue más frecuente en comercios de barrios de nivel socioeconómico medio y alto, y particularmente en Córdoba y Santa Rosa, La Pampa. Ambas ciudades están sometidas a leyes provinciales más estrictas que prohíben exhibir productos de tabaco.
Un segundo trabajo, sobre el diseño de los paquetes de este tabaco para armar, describe cómo buena parte de esas marcas apela a colores claros, materiales tipo papel y descriptores como "natural" o "sin aditivos" para reforzar una imagen de producto menos dañino, mientras que casi la mitad de los paquetes analizados no cumplía con el tamaño mínimo exigido para las advertencias sanitarias, muchas veces tapadas por la propia estampilla fiscal.
En un estudio cualitativo con grupos focales en cuatro ciudades del país, los investigadores encontraron que los chicos asocian espontáneamente esta “estética natural” de los paquetes de tabaco para armar con la de la yerba mate: mismos colores verdes y marrones, mismas texturas. Esa semejanza aumenta la percepción de que se trata de un producto menos nocivo y más familiar, casi cotidiano. En otro trabajo del mismo equipo, publicado en Tobacco Control, se documentó cómo Philip Morris lanzó en 2023 una promoción que directamente regalaba un mate y una bombilla con la compra de un paquete de Marlboro, apropiándose de un símbolo central de la identidad argentina para asociarlo con el cigarrillo.
Los adolescentes de los grupos focales también describieron los accesorios para armar cigarrillos (papeles, filtros) en términos que preocupan a los investigadores: los compararon con golosinas, chicles y hasta maquillaje, por sus colores y aromas.
Más allá del diseño de los productos, el equipo relevó el cumplimiento de la normativa vigente en 512 puntos de venta cercanos a escuelas de cuatro ciudades del país. Los resultados, publicados en la revista Drugs: Education, Prevention and Policy, muestran un panorama de incumplimiento generalizado: la señalización obligatoria de "prohibida la venta a menores" estaba ausente en el 97,5% de los locales, se vendían cigarrillos sueltos, algo que está prohibido por ley, en el 75% de los casos, y en las ciudades donde el reglamento local prohíbe exhibir los paquetes de tabaco (Córdoba y Santa Rosa), casi ocho de cada diez comercios los mostraba igual.
Y no se trata solo de negligencia de los comerciantes: el estudio documenta estrategias activas de las tabacaleras, como acuerdos con kioscos para exhibir hasta más de dos anuncios por marca dentro del local, quintuplicando el límite legal, carteles con luces o movimiento pese a estar prohibidos, y la colocación deliberada de productos de tabaco cerca de las golosinas.
El daño del tabaco sobre el organismo es acumulativo y depende del tiempo total de exposición, por lo que empezar a fumar a edades más tempranas incrementa el riesgo de desarrollar cáncer a lo largo de la vida. La buena noticia es que dejar de hacerlo reduce el riesgo cardiovascular a cualquier edad, aunque el beneficio relativo sea mayor cuanto antes se abandone el hábito. "No solo se gana tiempo, sino autonomía y calidad de vida", dice, recordando que el tabaco también daña el sistema vascular y cerebral.
Mientras tanto, la Argentina continúa siendo uno de los pocos países de la región que todavía no ratificó el Convenio Marco de la Organización Mundial de la Salud para el Control del Tabaco.
