Lucía Libertaria tiene 24 años, es rubia y de características físicas hegemónicas, vive en Buenos Aires, se autodefine de derecha y libertaria y en los contenidos que sube a sus redes habla de economía, política y temas de actualidad. “Me gusta informar sin vueltas”, dice su biografía en Instagram. Tiene decenas de miles de seguidores, cientos de miles de reproducciones en sus videos y su éxito radica en que combina un perfil ideológico claro con imágenes de una vida cotidiana socialmente activa: piletas exclusivas, salidas nocturnas en bares conocidos, paseos por lugares de la City porteña y, como cualquier influencer que busca subirse a las tendencias del momento, posteos alentando a la Selección durante el Mundial.
Julia Riojana hace algo similar, aunque desde una geografía diferente. Joven, hermosa, morocha, se presenta como militante y agrega guiños locales a sus contenidos como el típico tono de voz cálido y melodioso de los riojanos, o fotos en lugares emblemáticos como el Parque Nacional Talampaya. En su perfil aparecen escenas diarias como una merienda con amigas, paseos, y momentos de ocio, mezclados con contenidos político vinculados al universo libertario y una fuerte campaña contra el gobernador Ricardo Quintela. Tiene una comunidad más pequeña que Lucía, pero su perfil produce una sensación de cercanía todavía mayor, como de estar frente a una piba cualquiera de su edad que, además de mostrar su vida cotidiana, tiene determinadas posiciones políticas.
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Lo paradójico de ambos casos, y una diferencia fundamental respecto de cualquier otra militante o influencer política, es que ninguna de las dos existe. Sus rostros, cuerpos, voces, vidas, actividades y rutinas fueron creados con inteligencia artificial (IA) y, como parte de la estrategia de anclaje, las cuentas eligen no informarlo de manera clara para que los usuarios consuman sus contenidos de forma orgánica pensando que están frente a personas reales y no dispositivos comunicacionales de manipulación.
Casos como estos se han empezado a multiplicar en los últimos años internacionalmente y en particular los avatares femeninos generados con inteligencia artificial suelen ser utilizados para difundir mensajes de derecha, antifeministas y antiwoke. En distintos países, perfiles que simulan ser mujeres jóvenes, atractivas y políticamente conservadoras circulan como si fueran personas reales, metiendo opiniones políticas entre contenidos personales, lifestyle y escenas cotidianas que funcionan como mecanismo de identificación. En Estados Unidos el caso más famosos fue el de "Jessica Foster", un soldada rubia, joven y hegemónica, influencer de "MAGA", cuya bio decía "America first” y publicaba fotos con Donald Trump, subiendo a buques de guerra en tacos, y hasta dando discursos en eventos oficiales. La cuenta, que consiguió acumular millones de seguidores en pocos meses, fue eliminada cuando se visibilizó el escándalo.
Diseñar una mujer a medida de la derecha
Lo que empieza a verse en Argentina responde a ese mismo patrón e introduce una particularidad que merece ser observada con atención a la hora de analizar las relaciones actuales de género y los vínculos afectivos juveniles: así como la inteligencia artificial está siendo utilizada para fabricar imágenes irreales en el marco de campañas políticas y batallas culturales, también permite construir directamente modelos de personas capaces de generar deseo, admiración o emociones en quienes supuestamente interactúan con ellas. Todo esto mientras la ultra derecha trabaja sobre un ecosistema social y cultural que profundiza la distancia entre varones y mujeres, naturaliza la misoginia y aprovecha el odio hacia las mujeres.
La operación permite pensar los límites que está alcanzando la manósfera que ya no es un espacio de resistencia masculinista marginal sino de producción de sentido: la construcción, desde cero y a imagen y semejanza de un imaginario previamente diseñado, de una cierta identidad femenina destinada a ocupar ese lugar de deseo, generando una respuesta positiva en usuarios que pueden encontrarse aislados, frustrados con su situación socioafectiva y cada vez más alejados de los entornos donde se producen los encuentros con mujeres reales.
Estos personajes obligan entonces a mirar más allá del caso local y preguntarse por qué esas identidades fueron construidas como mujeres jóvenes, atractivas, sexualizadas y una estética de influencer; qué relación existe entre esas características y la manósfera; y cómo opera sobre el sentido común de los jóvenes una cultura política digital en la que el antifeminismo, la disputa por las identidades de género y determinadas formas de masculinidad adquirieron un lugar cada vez más relevante en la agenda pública.
En principio, y por falta de evidencia, no puede afirmarse que se trate de una estrategia impulsada orgánicamente o que quienes están detrás de las cuentas de Lucía Libertaria o Julia Riojana formen parte del ecosistema de los autodenominados Incels (célibe involuntario). La conexión no está necesariamente en el origen de esas cuentas, sino en el ecosistema en el que se producen, pueden prosperar y en la lógica que las hace posibles: la sexualización como lenguaje de época, la pornificación cultural, y unos códigos y valores digitales que relativizan la violencia de género, normalizan la misoginia en nombre del engagement, y convierte las relaciones entre varones y mujeres en un campo cada vez más intenso de disputa política.
Durante los últimos años, la manósfera se sostuvo sobre un conglomerado heterogéneo de comunidades online alrededor de determinadas ideas tradicionales sobre las relaciones entre hombres y mujeres, la masculinidad, los feminismos y la sexualidad. En sus expresiones más radicalizadas, ese universo se organiza alrededor de la cosificación de las mujeres, el resentimiento frente a su mayor autonomía y poder de decisión, la victimización masculina y la idea de que los avances en materia de derechos produjeron una pérdida de estatus, autoridad o acceso a determinados privilegios para los varones. Lo que empieza a verse como novedad es que esas narrativas ya no permanecen necesariamente confinadas a comunidades marginales o cerradas, sino que lograron convertirse en productos culturales, discursos políticos, contenidos de entretenimiento y estrategias de comunicación que circulan por fuera de los nichos tradicionalmente identificados con la manósfera.
La inteligencia artificial y la tecnología robótica no son responsables de esos discursos, pero sí se han convertido en herramientas para llevar esa lógica de injusticia hasta el extremo: si una mujer real puede rechazar, discutir, cuestionar o simplemente no responder a las expectativas de un varón, la solución es crear una mujer artificial diseñada precisamente para no hacerlo. De nuevo, pero con otro formato, se trabaja en el control sobre los cuerpos, en la cosificación y sexualización como estrategias de validación posibles, y en la jerarquización de cierto tipo de mujeres que son legítimas de ser escuchadas o merecedoras de la atención masculina.
La distancia creciente entre varones y mujeres
El fenómeno del distanciamiento entre expectativas según los géneros es un fenómeno real que excede la manósfera y está afectando los vínculos sociales y procesos demográficos en todo el mundo. Actualmente se verifica, por ejemplo, en el desplazamiento de los varones jóvenes hacia posiciones más conservadoras, a diferencia de las mujeres, y la imposibilidad que padecen de concretar citas por miedo, falta confianza, inseguridades o prejuicios.
La investigación de Ipsos sobre masculinidad y dating , realizada en Reino Unido en 2025, concluye que el 46% de los varones de entre 16 y 24 años señala, como una de las principales dificultades para salir con alguien, la falta de confianza para acercarse en persona. Al mismo tiempo, el 51% considera que para los hombres es hoy más difícil encontrar pareja que hace veinte años. Pero lo más sorpresivo surge del análisis de lo que los jóvenes cree que quiere el sexo opuesto: el 50% piensa que prioriza el atractivo físico y el 39% el estatus económico, mientras que en realidad las mujeres de su edad valoran principalmente el sentido del humor, la amabilidad y la capacidad de comunicación. Además, el 53% de los varones cree que la mayoría de las mujeres solo se siente atraída por un pequeño grupo de hombres, una de las ideas centrales sobre las que históricamente se construyó la cultura incel.
Los datos evidencian que existe una distancia creciente entre el deseo de vincularse y las herramientas para hacerlo, entre lo que muchos varones creen que las mujeres son o desean, y lo que ellas efectivamente buscan. Parte de esta brecha es producto de la exposición y el consumo permanente en varones jóvenes de discursos e influencers de la materia que les explican que el fracaso afectivo tiene que ver con lo que plantean los feminismos, una transformación negativa de las mujeres, y un proceso de victimización masculina.
Es en ese punto es donde la mujer artificial adquiere una dimensión que excede la propaganda política. Los casos de Julia y Lucía muestran hasta qué punto, para determinados sectores masculinos, la mujer puede dejar de ser vista como un sujeto con el que establecer un vínculo afectivo, romántico, sexual, o intelectual para convertirse en un objeto que debe responder a determinadas expectativas. La mujer real introduce una dimensión difícil de tolerar: tiene deseos propios, puede contradecir, discutir, rechazar, poner límites, no responder como se espera o, sencillamente, no estar disponible para satisfacer las necesidades del otro. No es casual que una de las grandes dificultades que aparecen en las investigaciones recientes sea justamente la de acercarse, interpretar señales, sostener conversaciones y atravesar la frustración que inevitablemente supone cualquier vínculo entre dos sujetos autónomos.
Como sucede con las novias robot, la tecnología termina ofreciendo entonces una salida peligrosa a esa dificultad porque elimina la alteridad. Una mujer artificial puede parecer atractiva sin exigir respeto, reciprocidad, sin contradecir y puede ser construida para confirmar lo que uno piensa. Es la fantasía de la muñeca sexual trasladada al ámbito político para eliminar la experiencia real de incomodidad, empatía y esfuerzo que implica relacionarse con una mujer real. Estos usos de la IA terminarán profundizando una crisis previa de los vínculos lo que va a convertir a la dificultad para relacionarse con otros sujetos en un mercado de sustitutos perfectamente adaptados a las expectativas de quien los consume.
