El martes durante la jornada de reclamo por el cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario que se desarrolló en Plaza de Mayo, cientos de personas se acercaron para acceder a consultas gratuitas de especialidades como odontología, óptica, veterinaria, clínica médica; asesoramiento jurídico y contable y orientación psicológica, que brindaron docentes y estudiantes de las diferentes facultades de la Universidad de Buenos Aires. La imagen de las filas se asemeja mucho a lo que viene sucediendo de forma diaria en los servicios de atención odontológica abiertos a toda la comunidad, en el Hospital Odontológico Universitario de la misma facultad ubicado en Marcelo T. de Alvear 2142, y en los móviles odontológicos que se utilizan para atender gratuitamente a vecinos y vecinas de los diferentes barrios de la Ciudad. De hecho, la propia institución viene registrando un crecimiento sostenido en la demanda en los últimos años : durante los primeros cinco días hábiles de enero de este año, el hospital atendió 3.779 pacientes, frente a 1.065 de la primera semana de enero de 2025.
El acceso a la salud en general, y la salud bucal en particular, es una de esas dimensiones donde rápidamente quedan plasmados el crecimiento de la desigualdad socioeconómica y sobre todo el descenso social. Una consulta, una restauración, una endodoncia, una corona, un implante, una cirugía, son todas prácticas muy costosas. Y si el tratamiento se posterga, muchas veces también aumenta el costo. Los aranceles de referencia publicados por la Federación Odontológica de la Provincia de Buenos Aires para agosto de 2026 muestran esa escala: una consulta puede ubicarse en torno de los 20 mil pesos; una restauración simple 43 mil; una restauración compleja 67 mil; y un tratamiento de conducto entre 100 y 140 mil. A eso hay que sumar otras prácticas complementarias y necesarias como radiografías, coronas o prótesis, y si entramos en el terreno de la odontología estética, los montos ascienden todavía más.
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Dado que el servicio odontológico es uno de los más costosos y exclusivos, resulta de las primeras consultas que se postergan o suspenden ante una baja en el poder adquisitivo como la que atraviesan las familias argentinas. Un estudio publicado en PubMed Central sobre 43.571 escolares porteños examinados entre 2016 y 2018 encontró una prevalencia de caries del 67,78% y de caries severas del 28,29%, y, el dato más significativo, es cómo impacta en la boca de los chicos la desigualdad territorial: entre los chicos con mayor riesgo social, la prevalencia de caries severas llegaba a entre 44,7% y 53,2%. El trabajo concluyó que las desigualdades sociales entre los distintos territorios de la ciudad también se reflejan en las condiciones materiales y necesidades que impactan en cuestiones elementales como el acceso al agua para cepillarse, los hábitos de higiene, la dieta (blanda, alta en azúcares o balanceada), poder pagar una consulta o tratar una caries, llegar a tiempo a un tratamiento de conducto, y, si se pierde una pieza, tener la posibilidad de reemplazarla. La diferencia entre atender un problema bucal a tiempo y dejarlo avanzar puede ser, muchas veces, la diferencia entre conservar un diente y perderlo.
En los últimos años esta situación se ha agravado aún más a partir de que cada vez más personas y familias dependen exclusivamente del sistema público de salud. Según datos elaborados a partir de información del INDEC, entre 2023 y 2025, la población que contaba con obra social, prepaga, mutual o servicio de emergencia cayó del 67,5% al 65,4%, mientras que quienes tenían únicamente cobertura pública pasaron de 9,55 millones a 10,29 millones: son alrededor de 742.000 personas más en un sistema que al mismo tiempo es fuertemente desfinanciado y desarticulado.
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En este panorama surge una pregunta que nos permite salir de la discusión estrictamente sanitaria o política: ¿qué dicen nuestros dientes sobre la posición social que ocupamos? Si tomamos como referencia el concepto de “La distinción (1979)” del sociólogo Pierre Bourdieu comprendemos que el sentido del gusto, las preferencias o los estilos de vida son sociales, no algo natural, y ahí entra la cuestión de la distinción como mecanismo para exteriorizar una posición social. De este modo podemos ver que los dientes, la sonrisa y la boca funcionan como uno de los indicadores más visibles de las desigualdades de clase y la incorporación del habitus. Lejos de ser un asunto solamente médico, la boca funciona como una tarjeta de presentación social que marca el origen, los recursos y la trayectoria de los individuos.
La primera gran desigualdad es la de la conservación porque no todas las personas tienen las mismas posibilidades de conservar su dentadura y mejorarla. Los datos y estudios sobre salud bucal advierten que las caries, las enfermedades periodontales y la pérdida de piezas están atravesadas por las condiciones socioeconómicas, lo que convierte la fisonomía en una frontera de clase. Pero la segunda cuestión, mucho más contemporánea, tiene que ver con que hoy no alcanza con mantener la higiene y salud bucal, sino que se puede avanzar en un diseño. La portación de dientes grandes, perfectamente alineados, completos y extremadamente blancos son señales del acceso a un capital económico mayor.
No hace falta más que prestar atención a la nueva sonrisa brillante de un futbolista cuando empieza a ganar plata; artistas que, a la par del éxito, modificaron su dentadura, y en algunos casos le sumaron diamantes y joyas de oro conocidas como Grillz; o nuevos ricos que invierten fortuna en una perfecta y simétrica sonrisa. El detalle atrás del tratamiento no es que se modifica la dentadura, sino que el objetivo es que se haga visible, que se note que fue modificada. No es casual, entonces, que las transformaciones dentales sean tan evidentes entre personas que vivieron un ascenso económico rápido y viven de demostración de poder y exposición pública.
Como analizó Bourdieu, las diferencias sociales no se expresan únicamente en cuánto dinero, propiedades o inversiones tiene una persona, sino también en el cuerpo, los gustos, la ropa, los consumos, el lenguaje y en aquello que una sociedad considera bello, deseable o prestigioso. El cuerpo, en este caso los dientes, son un espacio donde se acumula y muestra posición y ascenso social .
Las largas files de espera, a veces desde la madrugada, frente al Hospital Odontológico de la UBA hacen visible justamente el otro extremo de la caída en la pirámide social: una universidad pública poniendo atención odontológica gratuita al alcance de personas de clases medias y bajas que antes tenían el servicio cubierto o podían pagarlo. Entre un sector y el otro, se vislumbra un espacio cada vez más grande. Se pueden ver con claridad las consecuencias de un modelo político, social y económico que aumenta la polarización social, y la división de la Argentina entre sectores de altos ingresos y una masa mayoritaria cada vez más empobrecida.
