Seis de cada diez chicos argentinos de ocho años tienen celular propio 

Un informe de Argentinos por la Educación sistematiza la evidencia científica disponible y revela que, aunque las restricciones reducen la distracción, su impacto en el aprendizaje es incierto

21 de julio, 2026 | 20.33

En un intento por desembarazarse de la distracción que introducen y de la adicción que generan, en los últimos años, decenas de países prohibieron o impusieron restricciones en mayor o menor grado al uso de celulares en las escuelas. Francia, pionera en Europa, aplica una ley estricta desde 2018 que prohíbe los teléfonos en preescolar, primaria y secundaria, no solo durante las clases, sino también en recreos y otras actividades, como viajes escolares. En Países Bajos, una directiva nacional que rige desde 2024 exige que celulares, tabletas y relojes inteligentes se queden en casa o en lockers. El mismo año, una ley nacional prohibió su uso en Nueva Zelanda. Lo mismo ocurrió en Suecia, que además incentiva el uso de libros en papel. En China, la prohibición se encuentra establecida a nivel ministerial, y abarca la educación primaria y secundaria.

El tema es una preocupación central para padres y docentes en todo el mundo, y el debate sobre si conviene prohibirlos o, por el contrario, enseñar a usarlos divide aguas en momentos en que la evidencia sobre los efectos de una u otra modalidad no es concluyente. Para aportar argumentos sólidos a la discusión, el grupo Argentinos por la Educación dio a conocer un completo informe sobre el escenario local en el que analiza la tenencia de dispositivos entre estudiantes, la evidencia sobre los efectos de su uso y las regulaciones vigentes en distintas jurisdicciones del país. 

Porcentaje de países con regulaciones respecto del uso de celulares en la escuela

Una de las primeras sorpresas es que seis de cada diez chicos argentinos de ocho años (tercer grado de primaria) tienen celular propio y otro 23% declara usar el de algún familiar. O sea, que casi todos disponen de uno. El dato, surgido de las pruebas Aprender 2024, sorprendió incluso a quienes lo descubrieron. “Nos caímos de espalda –admite Andrea Goldin, investigadora del Conicet en el Laboratorio de Neurociencias de la Universidad Torcuato Di Tella, y una de las autoras del informe–. Fue un shock”. 

En el nivel secundario, la cifra trepa al 90%. Según este relevamiento, apenas el 18% de los chicos de esa edad no tiene acceso a uno de estos dispositivos.

La distribución no es homogénea: en provincias como Santa Cruz, Catamarca y Tierra del Fuego supera el 65%, mientras que en Misiones y Formosa ronda el 40%. También existen brechas socioeconómicas (lo poseen el 63% del quintil más rico frente al 52% en el más bajo) y entre ámbitos urbano (61%) y rural (48%). Pero lo que también llama la atención es lo que no se ve: el "efecto contagio" (cuando un chico empieza a llevarlo y otros también lo piden).

"Yo sospechaba que en ese 60% debía haber grados en los que prácticamente todos los chicos tenían celular y otros en los que no tenía nadie –explica la científica–. Pero fuimos a analizar eso y no: el escenario es completamente homogéneo. El 60 por ciento está en todos lados. De modo que puede haber incluso más que lo ocultan” (cuando, por ejemplo, hay acuerdo entre los padres de no permitirlos).

Porcentaje de alumnos de tercer grado con celular propio

El informe, además, revisa la literatura internacional sobre los efectos de la restricción, y lo cierto es que los estudios (incipientes) todavía arrojan evidencia mixta. Algunos muestran que tras implementar las prohibiciones se notan mejoras en el rendimiento académico, de pequeña magnitud, pero con relevancia práctica. Un trabajo de investigadores de la Universidad de Valencia, en España, encontró que la prohibición equivalía a mejoras de entre 10 y 12 puntos en las pruebas PISA de matemática y ciencias en menos de tres años. Sin embargo, otros no encuentran efectos significativos, incluso bajo esquemas de restricción estricta. “Un estudio hermoso que hicieron en el Reino Unido, que a mí me encantó, en el que compararon escuelas que habían prohibido el uso de celulares y otras similares en todo sentido que no lo habían hecho y se fijaron en el rendimiento académico de los chicos, y no encontró diferencias significativas, ni en el rendimiento académico, ni en el interés por la institución. El riesgo es que estemos poniendo todo el peso, la culpabilidad de la crisis educativa en los celulares”, propone.

En lo que prácticamente todos coinciden es en que las restricciones que reducen el uso del celular dentro del aula no se traducen automáticamente en mejores aprendizajes. "Una posible explicación es la existencia de mecanismos de sustitución", señala el informe: al eliminar una fuente de distracción, los estudiantes pueden redirigir su atención hacia otras actividades no académicas. 

"Cuando yo iba a la escuela jugábamos al truco en el fondo –ilustra Goldin–. Si al chico no le interesa lo que ve en la escuela, se va a distraer con el celular o con cualquier otra cosa. El problema no son los dispositivos en sí, porque por otro lado habilitan procesos creativos, el acceso a información interesante, pueden ser espectaculares –plantea–. El tema es cómo usarlos, cómo regular ese uso internamente, cómo ayudar a entender de qué forma afectan procesos cognitivos, atencionales, para que en lugar de estar usando uno el celular, sea el celular el que  termina usándolo a uno. Para mí, ahí está la clave”.

A nivel global, la proporción de países con algún tipo de prohibición o restricción formal pasó de menos del 25% en 2023 a cerca del 60% en 2026, según datos de la Unesco. En Europa y América del Norte, esa proporción alcanza el 86%; en Asia Central y Meridional, el 92%.

Las experiencias se agrupan en tres modelos. El primero, de prohibición amplia, incluye a Francia, Países Bajos y Chile. El segundo, de uso condicionado, permite los celulares solo cuando tienen un propósito pedagógico claro: es el enfoque de Brasil, Finlandia, Dinamarca y varias jurisdicciones de China. El tercero, de regulación descentralizada, delega las decisiones a las instituciones o gobiernos locales, como ocurre en el Reino Unido.

En la Argentina no existe normativa nacional unificada. Solo el 45% de las provincias cuenta con alguna ley o resolución al respecto. Las once jurisdicciones que regularon muestran un patrón común: mayor restricción en los niveles inicial y primario, y esquemas más flexibles, orientados al uso pedagógico, en secundaria. Pero incluso allí donde existe normativa, su implementación es heterogénea y, en muchos casos, incompleta.

"Lo que destacan los legisladores de las provincias es lo complejo que les resulta, cuando se decide la prohibición, implementar después las leyes –explica Goldin–. Cuando tratan de ponerse de acuerdo sobre cómo hacer, qué hacer, cuándo permitir el uso y cuándo no, se les vuelve muy difícil”.

Otra arista igualmente importante es la que se refiere al sedentarismo y la falta de interacción física que promueven. Por eso, hay escuelas que optan por prohibir su uso no ya en las clases, sino en los recreos.

Goldin también advierte que el cerebro adolescente, con sus circuitos de control de impulsos y toma de decisiones en plena maduración hasta los veintipocos años, es especialmente vulnerable a los mecanismos de recompensa que explotan las aplicaciones de los smartphones.

"Están preparadas para que sea muy difícil desengancharse, para que todo el tiempo necesitemos esa recompensa positiva ficticia, estemos esperando ver algo interesante o  recibir un like –destaca–. Aprovechan ciertos sesgos y patrones de comportamiento que nuestro cerebro trae de fábrica”. 

Y advierte sobre otro riesgo, menos visible pero igualmente preocupante: la tendencia a delegar el pensamiento en los dispositivos, que hoy es posible gracias a la disponibilidad de modelos de inteligencia artificial que resumen textos, responden preguntas y generan contenido.

"Si terminás depositando tu cognición completa en este aparatito, el día que no lo tenés, estás ‘en el horno’ –dice–. Si no ejercitás tu capacidad de razonamiento crítico, de hilar frases, de retener ideas para poder ir entendiendo lo que dice un texto, es como si se te atrofiaran esas capacidades. Y después vas a requerir muchísimo entrenamiento para recuperarlas”.

La lectura en papel se adapta a la velocidad natural de nuestro cerebro

En ese sentido, reivindica las virtudes de la lectura en papel: "Te ofrece la posibilidad de no tener que ir y venir por los hipervínculos, de avanzar más lento, con nuestra propia velocidad de pensamiento. Con estas tecnologías estamos muy acelerados y tenemos la ilusión de que vamos entendiendo, y la realidad es que retenemos menos, retenemos peor”.

Para la investigadora (que está a favor de no prohibirlos, sino de aprovecharlos), estamos perdiendo una oportunidad, ya que la escuela podría ser el espacio donde se enseña a usar estas herramientas de manera crítica e informada.

"Tenés a todos los chicos juntos varias horas por día, varios días a la semana –argumenta–.  Es una oportunidad única para que entiendan qué restricciones les plantean, cómo pueden sortear el riesgo de adicción que generan. Lo que hay que resolver es cómo manejar ese acceso a los celulares para que no tengan efectos negativos. Chicos muy pequeños, de nivel inicial, pueden entender algunas cuestiones relacionadas con las conductas adictivas que desencadenan estos dispositivos”.

Aunque el informe no hace una recomendación a favor o en contra de la prohibición, sí identifica algunas certezas y muchas preguntas abiertas.

Entre las certezas: las restricciones modifican el comportamiento dentro de las instituciones, pero no son suficientes por sí solas para mejorar los aprendizajes. La magnitud del efecto depende en gran parte de cómo se implementen y del entorno pedagógico. Y los docentes necesitan formación: según Aprender 2024, el 62% de los directivos y el 52% de las maestras y maestros de primaria consideran importante recibir más capacitación en el uso de las TIC en educación.

Entre las preguntas: ¿cómo lograr que la tecnología mejore efectivamente el proceso de enseñanza? ¿Cómo acompañar a niñas, niños y adolescentes en el desarrollo de habilidades críticas? ¿Qué rol quiere la sociedad argentina que ocupe la escuela en esta transición?

"Que no haya evidencia concluyente no quiere decir que no haya que reglamentar el uso y decidir muy bien cómo se van a usar y para qué –subraya Goldin–. Ese tiene que ser un eje entre otros que hay que replantear con respecto a qué rol queremos para la escuela, cuál es su función, cómo pretendemos que se formen nuestros chicos en todos los niveles educativos”.

Y concluye: "Estamos perdiendo tiempo súper valioso del desarrollo, para que esas mentes funcionen mejor. Y ya lo estamos viendo reflejado en el mundo del trabajo actual. En las próximas generaciones, va a ser cada vez peor”.