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Natalidad: en la Argentina descendió casi un 50% en los últimos 10 años

La caída se encuentra entre las más veloces del planeta, ninguna proyección oficial la vio venir y nadie sabe bien porqué se produjo

29 de septiembre, 2026 | 20.11

En su célebre obra de 1798, Ensayo sobre el principio de la población, el economista y clérigo británico Thomas Malthus postuló que el ritmo de crecimiento de la humanidad sería exponencial y superior al de la producción de recursos y esto pondría en peligro su propia supervivencia. Malthus también advirtió que esto desembocaría en hambrunas, guerras y enfermedades, que finalmente actuarían como “frenos naturales” y detendrían la expansión.

Sin embargo, como suele ocurrir con los fenómenos complejos, todo indica que ese razonamiento lineal terminó siendo erróneo: la natalidad está en franco descenso en todo el mundo... y, de acuerdo con las previsiones, en las próximas décadas las defunciones empezarán a superar a los nacimientos.

Uno de los ejemplos más patentes de esta tendencia se da precisamente en nuestro país. En 2014, una mujer argentina tenía en promedio 2,32 hijos a lo largo de su vida fértil. En 2024, 1,16. La cifra se redujo a la mitad en una década: de un pico de 777.012 nacimientos en 2014 pasó a 413.135 en 2024, menos que en cualquier año desde 1950, cuando el país tenía 17 millones de habitantes y no los más de 46 millones de hoy.

Algunas clases deben cerrarse por el descenso de alumnos

Inspirado por charlas informales con colegas, el investigador del INTA Humberto Debat decidió abocarse a estudiar en profundidad este proceso que sorprende y elaboró un trabajo que cruza estadísticas vitales del Ministerio de Salud, el Censo 2022, veinte años de la Encuesta Permanente de Hogares, y de la Encuesta MICS (Multiple Indicators Cluster Surveys) de Unicef. Además, traza comparaciones con 145 países y más de 4.500 municipios brasileños. Su conclusión más honesta, sin embargo, no son un conjunto de cifras, sino una confesión: se sabe con bastante precisión qué pasó y en qué medida, pero todavía no se entienden bien las causas.

“Es algo que surgió un poco de charlas informales con colegas que me despertaron la curiosidad de tratar de entender comentarios como el de una profesora amiga que trabaja en escuelas secundarias y me contó que hay cursos que se están cerrando porque no hay alumnos –afirma Debat–. Otra, destacaba que los chicos cada vez tienen menos primos porque muchos son hijos únicos y los círculos familiares se van haciendo más reducidos. Todo eso forma parte de un contexto que es contraintuitivo, ya que nuestra experiencia nos llevaba a imaginar que iba a haber cada vez más gente.  Lo que quise hacer no fue encontrar algo que ya claramente se sabe que es un fenómeno global, sino tratar de entender un poco su magnitud en nuestro país. Busqué en la literatura de esta disciplina, un área muy estudiada, e hice algunos análisis para hacer algunas proyecciones de cómo va a seguir avanzando esto. Así, llegué a unos datos muy impactantes ¡que están 'a la vuelta de la esquina'!: por ejemplo, que en unos 10 años habrá un 30% menos de niños de entre cinco y 19 años, que el número de muertos será mayor que el de nacimientos, y que la población de nuestro país empezará a reducirse en lugar de aumentar. Creo que no estamos preparados para esa nueva realidad, no estamos haciendo nada respecto de cómo prepararnos para un mundo diferente”. Los determinantes de la década precedente no permitían anticipar esta declinación y que tampoco anticiparon las proyecciones oficiales. 

La socióloga Sol Minoldo coincide: “Las proyecciones de población de toda la región esperaban cambios en el sentido que estamos viendo, pero es cierto que en la Argentina hubo una aceleración imprevista”.

Para tomar dimensión de la caída, Debat la comparó con todos los descensos de diez años registrados desde 1950 en 237 países y territorios. Dieciséis fueron más pronunciados que el argentino, pero casi todos ocurrieron durante la primera transición demográfica, cuando países como Irán o China reducían su natalidad desde cuatro, cinco o seis hijos por mujer. Entre los que partieron de un nivel bajo, por debajo de 2,5, solo Curazao superó nuestros números.

Si se toma la ventana 2013-2023, la Argentina registra una baja del 43%, la tercera más grande del mundo después de Curazao (−49%) y Hong Kong (−43%). Ningún país de la OCDE se le acerca: la mediana de ese grupo fue −13%. Hace apenas una década, la Argentina tenía más fecundidad que todos los países de la OCDE salvo Israel. Hoy tiene menos que todos, con la excepción de Corea del Sur. En comparación, su récord anterior había sido una baja del 17% entre 1993 y 2003.

Uno de los hallazgos más interesantes es cómo cae la fecundidad. En los países ricos, el descenso reciente tiene un patrón conocido: los nacimientos se desploman entre las más jóvenes pero suben, a veces bastante, después de los 35, porque muchas mujeres no renuncian a tener hijos sino que los tienen más tarde. En la OCDE, la tasa a los 40-44 años aumentó 17%.

Cambios en las tasas de fertilidad

En la Argentina no pasó eso: las tasas cayeron en todas las edades. Entre las adolescentes de 15 a 19 años la baja fue del 70% (principalmente por la reducción del embarazo no planeado), pero como ese grupo ya aportaba poco a la tasa total, explica solo el 21% de la caída. Las mujeres de 25 a 39 años explican el 52%. A los 30-34 la fecundidad bajó 48%, a los 35-39 un 41%, y a los 40-44 un 39%. Es decir, que casi nadie compensó más tarde lo que dejó de tener antes.

Otros trabajos sobre el país habían mostrado que en los primeros años, hasta 2020, hubo mucha postergación, con un efecto de calendario de más de 20%. Después, los nacimientos que faltaban no reaparecieron, y ahí se pasó a una reducción del número final de hijos. Debat toma esos hallazgos como base, y agrega una mirada comparada y la prueba de hipótesis.

Lo que ya no se puede explicar con lo de siempre

“Se trata de un fenómeno complejo en el que rápidamente surgen explicaciones de coyuntura: estamos más pobres, cambió la forma de relacionarnos, se debe al ingreso de las mujeres al mundo laboral –explica Debat–. Muchas de ellas seguramente tienen un efecto importante, pero si solo se debiera a eso, no habría tantos contrajemplos; es decir, regiones o países en los que no se dan estas condiciones y la natalidad disminuye igual”.

Según el científico, los tres factores más potentes reconocidos en el nivel global tienen que ver con cuestiones económicas. Uno muy importante es la disminución de la mortalidad infantil. Históricamente, la respuesta humana a que se murieran muchos niños era tener varios para que algunos vivieran; desde este punto de vista, la baja de la mortalidad infantil llevó a que tengamos menos hijos. Otro aspecto que parece determinante es lo que se denomina “empoderamiento de la mujer”, que incluye la salud reproductiva, la educación, los derechos y un nuevo rol social.

“Los modelos de las Naciones Unidas parten de la idea de que cuando se producen estas caídas dramáticas, luego hay una suerte de oscilación que revierte el fenómeno –destaca Debat–. Pero empiezan a fallar, porque la tendencia sigue hacia abajo”.

La primera pregunta que se hizo es si la crisis económica, los cambios en el acceso a anticonceptivos o el mercado laboral pueden dar cuenta de todo. Para analizarlo, armó un modelo con las variables que explicaban la fecundidad de 145 países entre 2003 y 2013, y le pidió que predijera lo que pasaría entre 2013 y 2023. Anticipó una baja promedio de 3,2%, pero la real fue de 14,2%. Para la Argentina, el modelo esperaba una caída de 2,9% y fue de 35,8%.

Los mayores desajustes se dieron en Corea del Sur, China y Ucrania, seguidos por Chile y la Argentina. Uruguay quedó séptimo. Es un fenómeno que la economista Melissa Kearney y sus colegas ya habían detectado en los Estados Unidos: la fecundidad cae más de lo que cualquier variable económica o social permite explicar.

Dentro de la Argentina, la historia es parecida. Los años calendario explican entre el 95% y el 97% de la variación de la fecundidad entre provincias, lo que quiere decir que algo golpeó a todo el país casi al mismo tiempo. Lo que sí varió fue el momento del quiebre. Santa Cruz fue la primera, en 2011, seguida por Chubut. Buenos Aires, Río Negro y Neuquén cortaron tendencia en 2014, buena parte del centro y Cuyo en 2015-2016, y el noroeste y el noreste recién en 2017-2018. La natalidad empezó a caer antes en las provincias de más alto ingreso (correlación de −0,80). También lo hizo antes donde las mujeres de 45 a 49 años tenían menos hijos, donde menos jóvenes vivían con sus padres y donde alquilar era más común.

Ese patrón Sur-Norte podría llevar a pensar en una suerte de “contagio”, una "moda" que pasa de provincia en provincia. Debat lo puso a prueba con dos métodos distintos y no encontró nada. Además, aclara que como la latitud y el ingreso están tan entrelazados, con solo 24 provincias no se pueden separar los efectos. Y en Brasil, con 4.598 municipios, no apareció gradiente de ingreso alguno: la natalidad cayó entre 18% y 22% en todos los estratos.

Otro dato que descoloca es que en la Argentina, la caída se produjo sobre todo dentro de las parejas. En países como Finlandia, buena parte de la baja de primeros hijos se explica porque hay menos gente en pareja. Acá, la proporción de mujeres unidas bajó unos cinco puntos porcentuales, pero el 84% de la caída de la fecundidad se explica porque las mujeres que están en pareja tienen menos hijos que antes.
 
Y si se analiza su relación con la educación, el estudio arroja un resultado que contrasta con parte de la literatura previa: en los modelos individuales, la caída relativa fue similar entre mujeres con distintos niveles educativos. El autor reconoce que otros estudios encontraron matices y ofrece una posible reconciliación: las caídas absolutas más grandes se dan donde antes había más nacimientos, o sea entre jóvenes y menos educadas, mientras que su modelo compara caídas proporcionales. Resolverlo exigirá datos del Censo 2022 que todavía no están disponibles.

Sospechosos descartados

Su trabajo también puso a prueba una lista de hipótesis que no resistieron. El plan nacional de prevención del embarazo adolescente (ENIA) no mostró un efecto distinguible de cero, aunque la estimación es imprecisa. La expansión de los implantes, que entre las adolescentes representan el 25% del uso de anticonceptivos subdérmicos [y que algunos demógrafos consideran un factor determinante], casi no aparece entre las mayores de 30, y su uso por provincia no se relacionó con los cambios de fecundidad. La orientación política de los gobiernos, la situación económica provincial y problemas para concebir tampoco explican este proceso: en la encuesta de Unicef, solo 68 de 12.202 mujeres dijeron haber intentado dos años sin lograr un embarazo. Y la internet o la cobertura 3G y 4G no alteraron las tendencias en el momento de su llegada, aunque Debat advierte que ese diseño no descarta un efecto gradual y acumulativo, como el que propone un trabajo reciente sobre el iPhone en los Estados Unidos, que todavía no pasó por revisión de pares.

Las mujeres ingresaron masivamente al mercado laboral, muchas de ellas como cuentapropistas

El único indicio que parece sostenerse es el de “expectativas”. La confianza del consumidor mueve el momento de los nacimientos: en la provincia de Buenos Aires, diez puntos de mejora en el índice se asocian con un 4,9% más de nacimientos diez meses después. Pero no explica el nivel anual. Después de 2016 hay una caída de tendencia de 7,6% por año que persiste incluso tras controlar por confianza.

Si se combina todo, la causa “sospechosa” tendría que haber llegado a todas las provincias en unos siete años, pegar antes donde había más ingresos, actuar dentro de las parejas, y escapar a casi todas las variables económicas y políticas medidas. Debat sugiere que un cambio en el costo percibido de criar hijos o en las expectativas sobre el futuro encajaría con ese perfil, pero admite que no hay ninguna medida directa para probarlo.

En el país, los pronósticos fallaron de manera pareja. Las proyecciones oficiales del Indec para 2025 asumen tasas provinciales de entre 1,85 y 2,28 hijos por mujer, mientras que las tasas registradas de 2024 quedaron entre 0,69 y 1,29 por debajo en todas las provincias. La proyección de Naciones Unidas para 2023 fue de 1,50 y la tasa registrada, con los denominadores ajustados al censo, fue de 1,29. Y un ejercicio del propio autor, con métodos estadísticos de manual ajustados a datos hasta 2019, también sobreestimó 2024: dio 1,54, 1,60 y 1,34, contra el 1,16 real.

Si se ordenaran las provincias en un ranking de natalidad, el fondo de la tabla lo ocupan Tierra del Fuego con 0,78 hijos por mujer, la Ciudad de Buenos Aires con 0,89, Santa Cruz con 0,96 y Jujuy con 0,97. Misiones (1,54) y Chaco (1,49) están en el otro extremo, aunque ninguna se acerca a lo que proyectaba el Indec.

Dos futuros posibles

Para tratar de vislumbrar lo que ocurrirá de aquí en más, Debat armó dos modelos. En el primero, la tendencia ya registrada entre 2014 y 2024 continúa tal cual, y la tasa llega a 0,79 en 2030 y 0,42 en 2040, un número que el propio autor considera un piso y no un pronóstico, porque quedaría por debajo del de cualquier Estado soberano. El segundo supone que el ritmo de caída se frena, con un grado de desaceleración calibrado sobre 68 países que atravesaron descensos igual de veloces. Ahí la tasa queda en 1,01 en 2030 y 0,95 en 2040. Históricamente, la mayoría de esos países frenó: en la mediana, la caída de los siguientes cinco años fue el 42% comparada con la década anterior, y en un 19% de los casos la fecundidad hasta subió.

Los datos más recientes, sin embargo, apuntan al escenario más drástico. Los nacimientos registrados en la provincia de Buenos Aires, que concentra entre el 35% y el 36% del total del país, bajaron 5,3% en 2025 y 6,6% entre enero y agosto de 2026, respecto de los mismos períodos del año anterior. Extrapolados al resto, implican tasas de alrededor de 1,09 en 2025 y 1,02 en 2026, más cerca del primer modelo. El autor advierte que esto corresponde a dos años y una sola provincia, y que serán los datos nacionales de 2027 y 2028 los que revelarán por qué camino seguiremos: si caen por debajo de 1,0, el modelo de tendencia será la mejor descripción.

Sea cual fuere el escenario, hay consecuencias que dependen de nacimientos que ya ocurrieron o de personas que ya nacieron. Para 2035, la población de 5 a 19 años, hoy de 10,64 millones, se reducirá a entre 7,43 y 7,78 millones, una baja del 27 al 30%, que impactará en las escuelas. Los mayores de 65 pasarán de 5,7 a 6,9 millones, sin importar lo que suceda con la fecundidad. Entre 2032 y 2034, los mayores de 65 superarán en número a los menores de 15, algo que no ocurre en el país desde al menos 1950.

Muchas familias tienen un solo hijo

La mediana de edad, que hoy es de 33,6 años, llegará a 38-39 en 2035, similar a la de Estados Unidos hoy, y a entre 48,6 y 54,3 en 2060, comparable o superior a la de Japón. La población argentina alcanzaría su máximo entre 2027 y 2043, según el escenario, con entre 46,3 y 47,1 millones de personas, y a partir de allí empezaría a decrecer, ya que las muertes superarían a los nacimientos. Para 2060, sería de entre 37,1 y 45 millones. Naciones Unidas proyecta que eso pasaría recién en 2050. Aun con una inmigración neta de 50.000 personas por año, muy por encima de las estimaciones recientes, la tendencia se frenaría pero no se revertiría.

Sin embargo, hay matices.  Las mujeres argentinas siguen empezando a tener hijos antes que las de cualquier grupo incluido en la Human Fertility Database, que reúne datos de 39 países y poblaciones, sobre todo europeos y asiáticos. A los 30 años, las nacidas en 1990 ya habían tenido 1,35 hijos en promedio, contra una mediana de 0,74 en esos países. Por eso el tamaño final de las familias caerá menos que la tasa del período. Aun así, las proyecciones para las cohortes de los años noventa arrojan entre 1,49 y 1,67 hijos por mujer para las nacidas en 1995, y entre 1,07 y 1,42 para las de 2000, contra 2,61 de las mujeres de 45 a 49 años en el censo.

La proporción de mujeres sin hijos al final de la vida reproductiva se mantuvo bastante estable: 11% en el Censo 2022, frente al 9,6% de 2001 y 2010. Pero entre las más jóvenes los porcentajes son mucho mayores, con 44,9% sin hijos a los 25-29 años y 29,5% a los 30-34. Si esas mujeres los tendrán más tarde o no, recién se sabrá cuando lleguen a los cuarenta.

De acuerdo con Daniel Schteingart, doctor en Sociología de Fundar que desarrolló y coordina Argendata, efectivamente la caída de la natalidad en la Argentina es muy fuerte y las causas no se entienden bien, pero lo que no se está analizando son las consecuencias. “Una de ellas es que la tasa de participación laboral de las mujeres viene subiendo sistemáticamente a partir de 2014 –detalla–. Suele atribuirse a que los ingresos están mal y fueron empeorando más o menos desde ese momento, entonces las familias buscan un segundo ingreso, y eso hace que las mujeres salgan al mercado laboral. Pero si bien eso puede estar ocurriendo, no me convence del todo, porque hubo otros momentos de caída de ingresos en los que no ocurrió; por ejemplo, a principios de 2001. Para mí, lo que está sucediendo es que la caída de la natalidad libera tiempos que antes iban a cuidados, y ahora pueden ir al trabajo o al estudio. De hecho, el porcentaje de mujeres jóvenes que ni trabajan ni estudian cayó fuerte en la última década, del 31% al 25%. La participación laboral de las mujeres hoy está en un máximo histórico: de cada 100 personas ocupadas, 45 son mujeres, cuando en 2014 eran 41 o 42. Y lo que viene ocurriendo es que, como el mercado laboral está débil, entre otras cosas porque los sectores que mueven el PBI no crean puestos de trabajo, no se está generando empleo formal, entonces las mujeres ingresan sobre todo en el terreno informal. Entonces, lo que está pasando es que se está feminizando el cuentapropismo. Hace 10 o 12 años, las mujeres eran alrededor del 30%, hoy ya están en el 42%. Ocho puntos de feminización en una década es muchísimo. Son mujeres que, por ejemplo, elaboran alimentos y salen a venderlos por Instagram, o en la feria del barrio, que revenden por internet, que hacen manicuría. Algunas teorías asocian el fenómeno con las redes sociales, que pueden llevar a que la gente salga menos, se conozca menos, se formen menos parejas… Una parte de esta baja acelerada de la natalidad fue  ‘ponerse al día’ en un proceso que en otros países había sido más temprano. Quizá la novedad de la última década es que fue muy rápida, y segundo, que caímos debajo de lo que se llama la ‘tasa de reemplazo’, que es 2,1 hijos por mujer, pero no dejamos de estar dentro de una tendencia mundial que se viene dando en la gran mayoría de los países”.

Advertencias

Debat aclara que estos resultados son puramente observacionales y subraya que sus escenarios acotan futuros posibles sin asignarles probabilidades. Tampoco propone recetas. Como la causa no está identificada, dice, la evidencia no permite predecir el efecto de políticas específicas sobre la natalidad. Lo que sí sostiene es que la planificación en educación, salud y previsión debería trabajar con escenarios acotados, revisados año a año con los registros, y que las proyecciones oficiales, basadas en el censo de 2010, deberían actualizarse con el de 2022.

Queda, entonces, una pregunta flotando sobre un país cuya demografía cambió sin que nadie tomara nota: qué pasó, alrededor de 2014, para que millones de personas decidieran, casi al mismo tiempo y en todas partes, tener menos hijos que los que sus madres habrían imaginado. Y concluye: “Me interesa mucho saber qué piensan los y las colegas, las autoridades, la gente de los ministerios de salud, acerca de qué significa esto y cómo nos acomodamos a este nuevo mundo. Es fundamental correr  el velo de algo tan complejo y abrir un debate sobre el futuro”.

 

 

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