Madres de 40: el juicio social y el mito del reloj biológico

01 de julio, 2026 | 11.23

La semana pasada la famosa actriz de Hollywood Anne Hathaway compartió en sus redes sociales un video con el que anunciaba el embarazo de su tercer hijo. Sin embargo, la noticia rápidamente tomó otro camino y causó revuelo en la conversación pública por un tema completamente secundario: ella tiene 43 años.

El feliz y emotivo momento que transita la protagonista de “El Diablo Viste a la Moda” quedó a un lado para dar lugar a comentarios despectivos, críticas sobre la decisión, preguntas sobre los posibles riesgos y cuestiones médicas, desinformación y lugares comunes sobre la fertilidad femenina, y discursos conservadores acerca del lugar que ocupa hoy la maternidad en la vida de las mujeres.

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Más allá del caso individual, se observan dos cosas que ponen en evidencia la vigencia de una mirada patriarcal y retrógrada, y una doble moral que siempre juzga con más fuerza las trayectorias vitales femeninas: en lo que respecta al deseo y la maternidad, la decisión de una mujer será tema de conversación, debate y escarnio público; y por otro lado, una idea errónea sobre la existencia de un momento “adecuado” para ser madre que contrasta con la realidad de millones de mujeres en el marco de una transformación social y demográfica que viene registrándose de manera sostenida en distintos lugares del mundo desde hace al menos dos décadas.

Las estadísticas son una evidencia clara de este proceso: en Rosario, por ejemplo, el Anuario de Población y Estadísticas Vitales de la Municipalidad publicado en 2025 muestra que los nacimientos totales entre 2015 y 2024 descendieron un 38%, pero esa caída no se distribuye de manera homogénea: mientras los embarazos en adolescentes de entre 15 y 19 años se redujeron un 64,1%, los nacimientos en mujeres de 40 a 44 años crecieron un 3,5% y en el grupo de 45 a 49 años prácticamente se duplicaron en dicho periodo; y en Estados Unidos, según estadísticas del National Center for Health Statistics (NCHS) de los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) se registra una tendencia similar: la natalidad adolescente cae a mínimos históricos mientras los nacimientos en mujeres mayores de 40 continúan en aumento sostenido, al punto de haber superado, por primera vez en la historia reciente, a los nacimientos de adolescentes.

Este desplazamiento se debe a la combinación de un proceso sociocultural, económico y político de autonomización de las mujeres, en combinación con los avances tecnológicos y científicos en medicina reproductiva. Desde fines del siglo XX, estos patrones se inscriben bajo el concepto de segunda transición demográfica, cambio histórico que permite comprender comportamientos como la postergación de la maternidad, la caída de la fecundidad, el aumento de las migraciones y la diversificación de las trayectorias familiares, entre otras cosas.

En ese esquema, la maternidad deja de ser un mandato "natural” u obligatorio, y el lugar de inicio obligado de la vida adulta, y pasa a ser considerada como una posibilidad más entre otras oportunidades y proyectos de vida más extensos y dinámicos que incluyen la formación académica, la incorporación de las mujeres al trabajo, la conquista de derechos, y la mayor duración de los proyectos formativos y profesionales.

El peso de las palabras en la historia de las mujeres

En el siglo XXI, en medio del capitalismo de plataformas, los cambios sociales parecen avanzar más rápido que las palabras y los conceptos con los que intentamos describir lo que pasa. En ese desfasaje quedan todavía en circulación expresiones como “maternidad tardía”, “maternidad postergada” o "embarazo geriátrico" que continúan utilizándose en el ámbito social pero también clínico como si fueran categorías neutrales cuando en realidad cargan un sentido desfavorable y condensan un juicio de valor con respecto al recorrido vital y las decisiones de las mujeres o personas gestantes. Hablar de maternidad “tardía” supone la existencia de una maternidad que se produce “a tiempo”, mientras que el concepto de “postergada” implica asumir que llega tarde, que debió producirse antes, o que es una condición previa que fue dilatada en el tiempo.

De esa manera se dejan de lado las motivaciones o las historias diversas, y en ningún momento se plantea la posibilidad de entender la maternidad como una decisión vinculada a un momento o a un deseo eventual. En ambos tres casos, el lenguaje no sólo describe una edad normalizada sino que presupone la determinación de un orden temporal biológico esperado para la vida adulta de las mujeres que funcionó durante décadas como referencia cultural.

Pierre Bourdieu habla justamente del poder simbólico de las palabras y categorías, de producir hechos, cuando analiza que las clasificaciones sociales adquieren eficacia cuando dejan de ser percibidas como construcciones históricas y pasan a experimentarse como descripciones objetivas del mundo. En ese sentido, términos como “maternidad tardía” no sólo organizan la información, sino que a la par terminan estructurando expectativas sobre lo que debería ser un recorrido vital normal: “Lo que hace el poder de las palabras y de las palabras de orden, poder de mantener el orden o de subvertirlo, es la creencia en la legitimidad de las palabras y de quien las pronuncia, creencia cuya producción no es competencia de las palabras” .

El actual debate sobre la edad de maternar expone un desajuste entre esas categorías viejas heredadas y las transformaciones efectivas de las trayectorias de vida de las mujeres que apuestan a un crecimiento profesional, invierten en una mayor permanencia en el sistema educativo, acceden de manera más amplia y frecuente al mercado laboral, diversifican sus proyectos personales, y deben lidiar con condiciones económicas que modifican profundamente los tiempos y posibilidades de emancipación.

El reloj biológico y el tiempo de la autonomía

Entre las expresiones con mayor alcance en la construcción de ese imaginario sobre maternidad el término “reloj biológico” ocupa un lugar central. La clave de su anclaje cultural es que fue históricamente disfrazado de concepto médico o científico, cuando en realidad no lo es. Su uso generalizado para hacer referencia a la maternidad parte de una antecedente real: la expresión “biological clock” que, en el mundo de la biología, describe los ritmos circadianos que regulan funciones como el sueño o la temperatura corporal en la especie humana.

Sin embargo, su asociación con la fertilidad femenina se produce recién en 1978 cuando el periodista Richard Cohen lo aplica en su columna “The Clock Is Ticking for the Career Woman”, publicada en The Washington Post. En el artículo el autor buscaba describir la situación de mujeres que decidían desarrollarse en carreras profesionales mientras el momento de la maternidad se les presentaba como un recurso limitado, como un llamado latente pero irresuelto, el 'clock' como un recordatorio permanente de que mientras jugaban a las empresarias se les escapaba el tiempo para maternar. Años más tarde, el propio diario reconoció, a partir de las investigaciones de la historiadora Moira Weigel, cómo esa metáfora periodística terminó convirtiéndose en una de las formas más persistentes de pensar la fertilidad y disciplinar la vida de las mujeres.

Su incorporación al lenguaje cotidiano y su eficacia narrativa responden a la vigencia de una organización social y una distribución de roles de género que asignaba a la maternidad un lugar central dentro de la biografía femenina. El reloj biológico logró juntar así en una misma imagen la idea de que existía un momento acotado, saludable y adecuado para ser madre, el hecho biológico ligado a la disminución progresiva de la fertilidad con el avance de la edad, y una expectativa social sobre el orden, los tiempos y la organización normalizada de la vida y los cuerpos.

La lectura meramente biologicista de la edad de la maternidad, silencia el carácter político y sociocultural de una estandarización armada para garantizar la sumisión de la mujer al rol reproductivo. La concentración de la maternidad en los primeros años de la vida adulta tiene efectos a mediano y largo plazo sobre la trayectoria entera de una persona gestante ya que condiciona la posibilidad de completar estudios, desarrollar una carrera profesional, generar ingresos propios y alcanzar niveles de autonomía económica. No porque la maternidad no pueda convivir con otras actividades o procesos, sino porque las condiciones materiales y laborales en las que generalmente se organiza el trabajo de cuidados siguen siendo profundamente desiguales. En ese sentido, el reloj biológico es un mecanismo de administración del tiempo de la fertilidad, pero también del tiempo de vida y autonomía femenina, en la medida en que contribuye a ordenar expectativas, imaginarios y proyectos a futuro.

Hay que decir que las transformaciones contemporáneas tampoco resolvieron la tensiones entre maternidad, trabajo y autonomía. Es que el capitalismo y el patriarcado tienen una enorme capacidad para tomar los cambios culturales y políticos, y convertirlos, a su favor, en nuevas formas de organización y disciplinamiento. Si durante buena parte del siglo XX el mandato de la maternidad joven contribuía a consolidar una división sexual del trabajo que corría a las mujeres al ámbito reproductivo, hoy el mercado aprovecha el empoderamiento, la capacitación permanente y la disponibilidad laboral casi ilimitada, mientras invisibiliza la necesidad de políticas públicas de cuidado capaces de sostener esa nueva realidad.

Al mismo tiempo, la maternidad produce un impacto  negativo en la vida profesional debido a lo que se denomina la "penalización por maternidad", fenómeno social y laboral que expone a las madres a menos oportunidades de crecimiento, reducción salarial, desplazamiento de puestos vertebrales y prejuicios sobre su compromiso. Esa realidad compleja y hasta contradictoria explica tambien por qué muchas mujeres sienten que deben "postergar” el deseo o la decisión de maternar para alcanzar una situación económica y profesional estable que les permita un futuro en condiciones menos precarias.

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Fabiana Solano

Soy Socióloga (UBA) y periodista (ETER). Intento correrme de la agenda vertiginosa para profundizar en la realidad social, la cultura y la política. Como socióloga he estudiado y escrito sobre temas como la desigualdad social, la pobreza, la exclusión y la discriminación. En la actualidad me dedico mayormente a estudiar el fenómeno de tecnologías de comunicacion, plataformas, redes sociales y sus efectos sobre la subjetividad. Como periodista he trabajado y colaborado en varios medios de comunicación como Cítrica, Kamchatka, FM La Patriada, AM530, Tv Pública y El Destape.