La historia del sable corvo de José de San Martín vuelve a ocupar el centro del debate público argentino luego de la decisión del presidente Javier Milei de retirarlo del Museo Histórico Nacional para colocarlo bajo custodia militar. La medida generó polémica política y cultural, e incluso derivó en la renuncia de la directora del museo, lo que reabre discusiones sobre la memoria histórica y el rol de los símbolos patrios.
El sable no es solo una pieza de museo. Es uno de los objetos más emblemáticos de la independencia sudamericana, asociado directamente a la figura de San Martín, considerado el “Padre de la Patria”. Su recorrido histórico, desde los campos de batalla hasta su entrega a Juan Manuel de Rosas, refleja tensiones políticas y simbólicas que atravesaron más de dos siglos de historia argentina.
Un arma oriental que acompañó la gesta independentista
El sable corvo posee características únicas que lo distinguen dentro del armamento militar del siglo XIX. Es un arma de origen árabe con hoja de acero de Damasco, material reconocido por su resistencia, filo y ligereza. Cuando San Martín lo adquirió, el acero tenía aproximadamente cien años de antigüedad, lo que lo convertía en una pieza excepcional incluso para la época.
La empuñadura del arma está confeccionada en madera de ébano de las Indias Orientales, mientras que su vaina combina cuero y piezas de metal dorado. Estudios recientes determinaron que la hoja mide 818 milímetros y el sable completo alcanza los 948 milímetros de largo, con un peso cercano al kilo. Según registros históricos, San Martín habría sido el primer militar en introducir este tipo de arma en América del Sur y aseguró que lo acompañaría durante toda la campaña independentista.
El sable estuvo presente en las principales gestas libertadoras que lideró el general en Argentina, Chile y Perú. Luego del retiro de San Martín de la campaña militar en 1824 y su posterior exilio en Europa, el arma quedó resguardada en Mendoza. Años más tarde, ya instalado en Francia, el Libertador solicitó expresamente que su familia le enviara el sable, que terminó colgado en su habitación hasta sus últimos días.
La inesperada herencia a Rosas y el largo viaje del sable
Uno de los capítulos más debatidos de la historia del sable aparece en el testamento definitivo que San Martín redactó en París el 23 de enero de 1844. Allí dispuso que el arma fuera entregada a Juan Manuel de Rosas como reconocimiento a su defensa del honor nacional frente a potencias extranjeras.
Después de la muerte del Libertador en 1850, el sable fue enviado a Rosas por su yerno Mariano Balcarce. El entonces gobernador bonaerense lo conservó como una reliquia, guardándolo en un cofre con una placa de bronce que reproducía la cláusula testamentaria de San Martín.
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Luego de la caída de Rosas tras la Batalla de Caseros, el sable acompañó su exilio en Inglaterra, donde permaneció durante décadas. Con la muerte del exgobernador en 1877, el arma quedó en manos de su entorno familiar hasta que, en 1897, fue donada a la Nación Argentina por Manuelita Rosas y su familia, a pedido del fundador del Museo Histórico Nacional, Adolfo P. Carranza.
Un símbolo histórico que vuelve al centro de la disputa política
El reciente decreto del Gobierno nacional que ordena trasladar el sable desde el Museo Histórico Nacional hacia un regimiento militar reavivó tensiones históricas sobre la interpretación del legado sanmartiniano y el vínculo entre las Fuerzas Armadas y los símbolos patrios. La medida recupera una disposición impulsada durante la última dictadura militar argentina, lo que generó fuertes críticas en sectores académicos y culturales.
La decisión provocó además cambios institucionales en el museo, como la renuncia de su directora y antecedentes de conflictos previos, como la salida de un exdirector que se había negado al traslado del arma y a su utilización en actos oficiales. El episodio volvió a instalar un debate recurrente en la historia argentina: quién administra y resignifica los símbolos fundacionales del país.
