Peluquerías y el lado B de la pandemia: entre protocolos importados, la clandestinidad y el trabajo forzoso

Leyendo protocolos de otros lugares o construyendo el propio, las peluquerías funcionan y exigen una regulación para mantener controles.

06 de junio, 2020 | 19.00

El plan y la realidad no siempre coinciden. Es lo que ocurre, por ejemplo, con las peluquerías, un sector que está sin trabajar hace casi tres meses y que se vio obligado, en gran parte de los casos, a ir contra su aceptación de la cuarentena para transgredirla y comenzar a atender de forma clandestina. Leen protocolos de otras provincias o países y crean sus propias medidas para, de alguna forma, armar un rompecabezas sanitario personal ante la falta de regulación oficial. Básicamente, se ven obligados a salir y ponerse en riesgo para poder vivir.

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El Gobierno porteño ya anunció que comenzarán a analizar protocolos para permitir la vuelta paulatina de la actividad, pero lo cierto es que ya está funcionando de hecho, con muchas incomodidades e inseguridades. “Nos están obligando a trasgredir más de lo normal”, dijeron a El Destape. Algo que podría solucionarse si se regula el sector y se les permite trabajar bajo cierta guía sanitaria para cuidar a ellos, los clientes y todos los contactos estrechos que puedan surgir.

Los profesionales consultados están a favor de la cuarentena y la respetaron hasta donde pudieron. Las deudas se empezaron a acumular, los ahorros comenzaron a desaparecer y se planteó la disyuntiva entre lo moral y poder vivir. Una de las consultadas volvió a trabajar recién dos meses después de comenzada la cuarentena porque tenía un respaldo de dinero, que había juntado con esfuerzo, para mudar el local. Algo que no pudo hacer. Esa plata se terminó.

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Los viajes a la peluquería son clandestinos, no tienen certificado para ir a su empleo y, al llegar, deben hacerlo a escondidas, con persianas bajas. El trabajo, por supuesto, no es constante. No los pueden ver todos los días en el lugar para no levantar sospechas y una actividad que les generaba mucho placer se convirtió en un padecimiento. No por cortar o teñir el pelo, sino por el trayecto y el saber que se está incumpliendo la medida. Pero no les quedó otra.

“Al principio vi muchos peluqueros trabajando y me indignaba, pero claro, yo tenía el resto del ahorro. Ahora estamos casi todos trabajando mal, en cualquier día y horario, con protocolos inventados, no sabemos cuánta gente se puede meter por metro cuadrado, cómo tienen que ser la higiene y la limpieza. Se va armando a conciencia y no hay nada real”, confió una de las consultadas.

Ella comenzó a leer protocolos de distintas provincias e incluso de otros países. Algunos casi imposibles de implementar. En uno, por ejemplo, se plantea que todo el material (toallas, capas, guantes) debe ser descartable. Un gasto enorme para quienes tienen este tipo de negocios. Por eso, otro de los consultados sostuvo que eso es “imposible” de realizar y que las indicaciones que se bajen tienen que ser “cumplibles”.

Por supuesto, la atención clandestina exige muchos cuidados. Las persianas bajas, a veces incluso pedir que no toquen timbre y que avisen que llegaron con un mensaje de Whatsapp, los turnos no se pueden tomar de forma adelantada y la vida se vive “día a día”. Con mucho estrés. A veces, contó ella, llegaba a su casa llorando o con dolor de cabeza por tener que usar el barbijo siete horas consecutivas.

Entre los cuidados, se sanitizan los elementos, no se reutilizan con otros clientes de manera instantánea pero “está todo en mi imaginación”, confió. Otro de los profesionales tiene un local grande que permite la distancia entre los empleados. “A las peluquerías de barrio, que trabajamos a escondidas, se nos complica” porque no hay seguimiento. No se tiene un control de quién entra, de dónde es, o cómo seguir la lista de contactos estrechos. De todos modos, toman los recaudos que conocen: tener un trapo con lavandina en la entrada, alcohol en gel para las manos, alcohol 70/30 para desinfectar, utilizar barbijo o escafandra.

Por supuesto, las atenciones se redujeron drásticamente para evitar aglomeraciones y cruces entre personas. Pero el riesgo es alto. No sólo por las multas o causas que puedan abrirse, sino por los contagios que puedan surgir sin la habilitación del Gobierno de la Ciudad como respaldo: “Más allá de lo legal, está la parte moral. No quiero que pase (ir a trabajar y ponerse en riesgo) pero no tengo como evitarlo”, sostuvo una de las entrevistadas.

Otro de los consultados aseguró que la peluquería “no es mucho más contagiosa que la panadería o el supermercado” y deseó: “Ojalá me diesen cuatro o cinco horas por día, o tres jornadas por semana. Estoy de acuerdo con que tenemos que estar adentro pero no me alcanza”. Y diferenció entre las grandes cadenas y las de barrio, a las que “hay que darles otra chance”. Con menos turnos, personal rotativo y más controles de los clientes.

“Lo hago porque ya no tengo manera, pero la paso mal. Por lo menos no me sigo endeudando de acá para siempre, pero tampoco me das una opción. El Gobierno nacional ya me dio lo que me tenía que dar, ahora tiene que hacerlo la Ciudad que es la que no me permite trabajar. Me estás empujando a laburar. Odio tener que hacerlo tan clandestinamente”. El sentimiento es compartido por todos.

“El tema es habilitar algo con algún tipo de protocolo. Ahora es libre interpretación sobre la imaginación. Entiendo que es riesgoso pero mi reclamo es al Gobierno porteño por alguna ayuda económica”, dijo la peluquera. Siendo la ciudad más rica y al tener gran parte de los comercios habilitados, salvo cosas puntuales, podría ser algo viable.

Nuevamente. El plan no suele ser la realidad. Las peluquerías funcionan de hecho, con menos cuidados o controles de los que podrían tener en caso de estar habilitadas. Todos aceptan trabajar menos, pero trabajar. Estará en el análisis del Gobierno porteño: regular algo que ya ocurre.

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Carla Pelliza

Egresada de la educación pública, estudió en la Universidad de Buenos Aires y es Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Comenzó a trabajar como productora radial a los 18 años y luego se volcó de lleno al periodismo con programas en radios comunitarias. Con el correr de los años, empezó a dedicarse al periodismo gráfico y conoció el mundo de la televisión. 

Se especializa en contenidos políticos, sociales e investigaciones. Entre ellas, se pueden mencionar los aprietes del Gobierno de Mauricio Macri a un juez, mediante agentes de inteligencia, para encarcelar a un dirigente sindical; el escándalo de la manipulación del Programa de Testigos Protegidos para direccionar causas o el negocio inmobiliario detrás del Puerto de Buenos Aires.

Es miembro de Patrulla Perdida, programa que se emite en El Destape Radio todos los días de 13 a 15. Participa en el noticiero Alta Data y fue columnista de Roberto Navarro en El Destape Tv. También condujo un informativo en Instagram.

De todos modos, gusta de generar contenidos claros y relajados pero profundos. Eso incluyó, aunque suene extraño, la entrevista a un perro, pero no cualquiera: Dylan Fernández. Ese material se canalizó en el producto “Flash de Carla”, un noticiero corto y divertido emitido en la red social Instagram.