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La Argentina que deja de nacer: qué hay detrás de la baja natalidad

01 de octubre, 2026 | 14.59

Argentina está atravesando hace décadas, como gran parte del mundo, una fuerte transformación demográfica que se diferencia de procesos previos por la velocidad inédita en la que suceden los cambios. Según un informe de Unicef Argentina en base a datos oficiales, la cantidad de nacimientos cayó casi 50% en una década: la cifra pasó de 777.012 en 2014 a 413.135 en 2024. Otro número ilustrativo de esta tendencia, que se potencia cada vez más, es la tasa global de fecundidad, que a diferencia de la natalidad que toma en cuenta a toda la población, identifica el número promedio de hijos que una mujer durante su vida fértil. La última semana comenzó a circular, a partir de las estadísticas del RENAPER, que en Argentina dicha tasa llegó a su piso histórico de 1,1 hijos por mujer, muy por debajo del  2,1 necesario para garantizar el reemplazo poblacional.

Antes de analizar el fenómeno en términos sociales, es importante explicar que la cifra surge del promedio de las tasas de fecundidad informadas para las 24 jurisdicciones de la República Argentina y funciona como una medida de referencia para mostrar la profundidad de la caída que ya no es un fenómeno vinculado exclusivamente a las grandes ciudades, sino que impacta en todo el territorio nacional. Las jurisdicciones donde este proceso se ve más acentuado, es decir que presentan valores inferiores a un hijo por mujer: son Jujuy (0,9), CABA (0,9) y Tierra del Fuego (0,8). En el otro extremo las provincias con mayores índices son Santiago del Estero (1,4), Chaco (1,3), San Juan (1,3), y Misiones (1,4). En 2024 todo el territorio se encuentra muy por debajo del nivel de reemplazo, por lo que no pueden adjudicarse las razones o factores del comportamiento a una particularidad local, el ritmo de la vida urbana o las decisiones de ciertos sectores profesionales o de clase media alta.

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El documento de UNICEF agrega un dato que complejiza esta transformación: la población de mujeres en edad fértil en el país es tres veces mayor que en 1948, pero se registra la misma cantidad de nacimientos. A diferencia de los discursos más conservadores que centran su explicación en el acceso al aborto, el avance de los feminismos o un nivel mayor de egoísmo en las nuevas generaciones de mujeres, la conversación sobre la caída de la natalidad debe contemplar los cambios sociales y culturales, el impacto positivo de las políticas públicas -como la fuerte caída en el embarazo adolescente- y las condiciones materiales de vida que impactan en el calendario reproductivo, la cantidad de hijos que tienen las familias y las condiciones bajo las cuales las nuevas generaciones imaginan la maternidad y la paternidad.

Una transformación global que en Argentina ocurrió a una velocidad extraordinaria

Lo que pasa en Argentina es un espejo de un proceso mundial de caída de la fecundidad y forma parte de una transformación demográfica que atraviesa regiones con historias económicas, tradiciones culturales, gobiernos y sistemas de protección social muy diferentes. A nivel regional, en 2024, la tasa de fecundidad fue de 1,8 hijos por mujer y el 76% de los países y territorios registra tasas inferiores a 2,1: Chile llegó a 1,14, Costa Rica a 1,32 y Uruguay a 1,40.

La CEPAL identifica entre los factores estructurales de este proceso la expansión educativa -especialmente de las mujeres-, el aumento de la participación femenina en el mercado de trabajo, el acceso masivo a métodos anticonceptivos y los avances en igualdad de género, factores que ampliaron la capacidad de regular la fecundidad y favorecieron el aplazamiento de la maternidad.

En la Unión Europea (UE), por otro lado, la tasa fue de 1,34 hijos por mujer en 2024, aunque se sabe que en varios países ya se han atravesado procesos similares en los años noventa que luego experimentaron cierta recuperación gracias a cambios en las condiciones institucionales y sociales que rodean la reproducción y el cuidado. Algunas experiencias exitosas, en este sentido, permiten identificar que más allá de la transformación cultural profunda en el modo de comprender la familia, los hijos, la adultez, la reproducción y la paternidad, la decisión también se toma en relación a las condiciones de vida que pueden favorecer o no que una persona tenga más o menos hijos de los que inicialmente hubiera deseado.

La maternidad, del deseo a la concreción

En una nota recientemente publicada, que nace de una colaboración entre LA NACIÓN y Fundar, se avanza en un análisis sobre las transformaciones sociales que impactan en la manera en que las nuevas generaciones trabajan, viven, se vinculan, toman decisiones e imaginan el futuro, y particularmente en las trayectorias concretas de las mujeres. Según esta investigación de Argendata, curada por Daniel Schteingart, entre 2001 y 2022 la proporción de mujeres de entre 20 y 24 años que ya habían sido madres cayó del 41,2% al 31,2%; una transformación que muestra cómo la maternidad temprana se fue abandonando mientras toman preponderancia otro tipo de proyectos de vida. Al mismo tiempo se observa que el promedio de hijos en las mujeres de entre 45 a 49 años pasó de 3,1 a 2,6. Lo que aparece entonces es el resultado de una combinación de procesos: la postergación de la maternidad y la reducción del tamaño de las familias.

Ese corrimiento en el calendario reproductivo sintetiza una transformación profunda de la experiencia femenina que ya no gira en torno a la maternidad como mandato ineludible, sino que interpreta dicha decisión en el marco de una trayectoria mucho más compleja, en la que intervienen otros proyectos vinculados a mayores niveles educativos, carreras profesionales, mayor inserción laboral, búsqueda de autonomía e independencia económica y muchas veces, un proceso más consciente, criterioso y racional en el establecimiento de relaciones de pareja. La expansión de estas posibilidades, la incorporación de la noción de deseo y la ganancia de espacio en territorios que antes le fueron vedados constituye para las mujeres una conquista de autonomía social, económica y reproductiva, que no debería interpretarse inicialmente como un problema demográfico y político. La concepción de “problema” aparece en realidad cuando la estadística muestra que se produce una brecha sistemática entre lo que las personas desean, dicen querer o imaginan y aquello que finalmente consiguen realizar, situación que se explica por factores sociales, culturales, económicos y hasta climáticos.

En la primera encuesta nacional de intenciones reproductivas, realizada por UNFPA Argentina (Fondo de Población de las Naciones Unidas) junto con Voices!, se encontró que el 57% de las personas de entre 18 y 45 años desea o hubiera deseado tener más hijos de los que tiene, mientras que solo el 32% dice haber alcanzado la cantidad de hijos que desea. Este dato indica que la caída de la fecundidad no puede interpretarse únicamente como una transformación de las preferencias de las mujeres o la construcción de familias más pequeñas, sino como un choque entre el deseo y las condiciones necesarias para concretarlo.

Entre los factores que intervienen, según la encuesta de UNFPA, las barreras económicas explican el 62% de los motivos por los cuales las personas tienen menos hijos, mientras que el 18% de las mujeres menciona la distribución desigual e injusta de las tareas domésticas y de cuidado que siguen recayendo mayoritariamente sobre ellas. Es decir: a los costos ordinarios como comprar pañales, una vivienda o alquiler, alimentación, vestimenta, salud y educación, se suma la preocupación por el tiempo que uno dispone para criar y cuidar y cómo esa distribución injusta modifica las trayectorias laborales de quien lo hace.

Un estudio reciente de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) revela que -por ejemplo- después de tener hijos, las mujeres acceden mucho menos a capacitación laboral. El documento titulado “La penalización de la maternidad en la formación laboral”, evidencia que el mercado -además de pagar menos a las madres, de manera sistemática y silenciosa- les retira las herramientas para seguir siendo competitivas: las mujeres madre experimentan una reducción de entre el 17% y el 21% en sus probabilidades de recibir formación profesional, mientras que el impacto en los varones padres es de entre el 1% y el 5%. Tener un hijo supone al mismo tiempo incorporar a la vida cotidiana una enorme cantidad de trabajo reproductivo y "perder” tiempo y oportunidades de trabajo productivo.

La crisis de los cuidados

El concepto de reproducción social de Nancy Fraser explica cómo las sociedades capitalistas necesitan que exista una fuerza de trabajo socializada, educada, alimentada y capacitada disponible para producir, pero esa fuerza de trabajo no se reproduce ni mantiene sola: necesita ser alimentada, cuidada, educada y sostenida emocionalmente, tareas y roles que históricamente fueron trasladadas al ámbito privado y distribuidas de manera desigual entre varones y mujeres. La expansión de la participación femenina en el mercado laboral modificó esa organización, pero no eliminó la necesidad de realizar esas tareas ni la distribución inequitativa. El resultado entonces es una tensión entre dos exigencias simultáneas e irreconciliables que recaen mayormente sobre las mujeres, cuyo costo social puede ser la baja en la natalidad.

Justamente las investigaciones de Fundar evidencian cómo la transformación reproductiva ocurre al mismo tiempo que una modificación de la relación de las mujeres con el mercado laboral. Entre 2014 y la actualidad, la proporción de mujeres mayores de 18 años que trabaja o busca trabajo pasó del 50% al 56%, mientras que su participación dentro del conjunto de personas ocupadas aumentó del 41,7% al 44,2%. En paralelo, disminuyó la proporción de mujeres jóvenes que no estudian ni trabajan. La caída y postergación de la maternidad deben entenderse a la par de la ampliación de las trayectorias educativas, profesionales y laborales de las mujeres que dedican cada vez más tiempo a estudiar, formarse, crecer en el mercado laboral, ganar autonomía económica y construir proyectos profesionales durante periodos más prolongados.

Más que un problema demográfico lo que se observa es una crisis sociopolítica producto de instituciones que no se transformaron a la velocidad de los cambios ni contemplaron la incompatibilidad material y simbólica que se produce frente a la nueva realidad económica y reproductiva de las mujeres. La transformación social no está sustentada por servicios públicos suficientes, licencias adecuadas, horarios laborales compatibles, jardines accesibles, redes familiares disponibles, legislaciones contemplativas y un mercado que acompañe y no penalice. Hoy una mujer puede haber conquistado el derecho y la posibilidad de estudiar, trabajar y desarrollar una carrera profesional, pero tener un hijo implicará una cantidad extraordinaria de tiempo, disponibilidad y organización cotidiana de los cuidados que recaerá mayormente en sus hombros. En lo material, y desde una perspectiva de derecho, aquello supone analizar la cuestión demográfica y al mismo tiempo garantizar vivienda, trabajo, licencias, educación, salud sexual y reproductiva y, especialmente, una infraestructura de cuidados con perspectiva de género.

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Fabiana Solano

Soy Socióloga (UBA) y periodista (ETER). Intento correrme de la agenda vertiginosa para profundizar en la realidad social, la cultura y la política. Como socióloga he estudiado y escrito sobre temas como la desigualdad social, la pobreza, la exclusión y la discriminación. En la actualidad me dedico mayormente a estudiar el fenómeno de tecnologías de comunicacion, plataformas, redes sociales y sus efectos sobre la subjetividad. Como periodista he trabajado y colaborado en varios medios de comunicación como Cítrica, Kamchatka, FM La Patriada, AM530, Tv Pública y El Destape.

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