Los dueños del continente y la diplomacia de las bombas

La prepotencia de Trump para controlar el hemisferio convive con la desesperación de Estados Unidos por el ascenso de China. El efecto diferido de la conquista del petróleo, la ausencia de un plan B en Venezuela y la política de comprar tiempo. Milei, candidato a liderar una liga de Estados vasallos.  

11 de enero, 2026 | 00.05

Alcanzaron 10 días de 2026 para llevar a la enésima potencia el dato de la nueva etapa: detrás de cada movimiento global, está la supremacía de China. Desde el bombardeo de Donald Trump y la detención de Nicolas Maduro, hasta la firma del acuerdo con el Mercosur que la Unión Europea refrendó el viernes después de 25 años de negociaciones, todo es parte de la reconfiguración de un orden global que incluye la guerra por los recursos naturales y la transición energética. Los hidrocarburos, las tierras raras, el litio y el cobre, que acaba de llegar al récord de 13.300 mil dólares por tonelada, están en disputa. 

Afuera de los BRICS y enemistado con Brasil, el gobierno de Javier Milei entregó sus márgenes de soberanía para atar su destino al de Trump mientras se abre a la invasión de productos chinos. Después de pagarle a los bonistas con un préstamo que incluyó fondos del Bank of China y cancelar el tramo del swap con Estados Unidos, Milei viajará a Asunción en una semana para la firma del acuerdo entre bloques comerciales y dos días después volará a Davos para escoltar a la delegación que lleva Trump en su tercera visita al foro: Scott Bessent, el secretario de Comercio, Howard Lutnick; el secretario de Energía, Chris Wright; el jefe de política comercial que redactó el acuerdo con Argentina, Jamieson Greer; el magnate inmobiliario enviado a Medio Oriente, Steve Witkoff; el zar de la inteligencia artificial y las criptomonedas, David Sacks; y jefe de la política de ciencia y tecnología de la Casa Blanca Michael Kratsios.

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Aunque la aprobación final en los parlamentos puede dilatarse sin fecha, en Argentina el acuerdo UE-Mercosur fue festejado por los sectores agroindustriales que van a recibir beneficios arancelarios inmediatos y graduales de la Unión Europea y van a pagar menos retenciones o dejar de pagar en Argentina a partir del tercer año de vigencia del convenio. Pero es resistido desde ámbitos industriales, en especial el automotriz, donde el sindicato SMATA advierte que el acuerdo es la partida de defunción para la industria y los sectores autopartistas que ya sufren el esquema libertario.

Con la apertura indiscriminada que favorece Milei bajo la lógica de adaptarse o morir, la importación masiva de productos chinos destruye empleo que no se recupera. A eso se suman los datos negativos del intercambio comercial dentro del propio bloque. En 2025, el déficit comercial con Brasil escaló a 5.200 millones de dólares y llegó a su nivel más alto en 8 años. En apenas un año, el déficit -que en 2024 había sido de U$ 308 millones- se multiplicó por 17. Según el último informe de la consultora Abeceb, el rojo se explica por un 30% de aumento en importaciones y una caída del 4,6 en las exportaciones. El boom de importaciones más fuerte se dio justo en el sector automotriz: subió 150,5% la importación de autos y  76,6% la importación de vehículos para transporte de pasajeros.

Como en Argentina, donde operó el salvataje electoral vía swap para Milei, en Venezuela corre para Estados Unidos la famosa frase de Colin Powell después de la guerra de Irak: “If you break it, you own it”. La ofensiva bélica del trumpismo, el efecto disciplinador sobre América Latina y la amenaza sobre Groenlandia forma parte de una política extorsiva que no está exenta de riesgos porque Trump hace responsable a Estados Unidos de lo que pase en lo que considera sus estados vasallos.  Peón de la extrema derecha, Milei se candidatea como líder de un bloque de súbditos del rey, un papel que le queda enorme. 

Las elecciones tuteladas que Estados Unidos planea en Venezuela pueden demorar hasta dos años. Si el equilibrio de fuerzas que aparece en la superficie después de la agresión militar más importante de los últimos 35 años se mantiene, ese sería el plazo que demandaría la transición que proyecta el núcleo de poder que rodea a Trump. 

Las tres fases que anunció Marco Rubio contradicen tanto las pretensiones de la oposición venezolana ligada a Miami como los artículos (233 y 234) de la Constitución bolivariana, que establecen un período de 30 días para llamar a elecciones en caso de “falta absoluta” del presidente de la república. La primera fase de estabilización y la segunda de recuperación económica con reconciliación que Estados Unidos fijó como metas antes de que comience la transición dependen de la convivencia o pacto que Trump pueda sellar con el chavismo que sigue en el poder. 

Para Michael McCarthy, director de la consultora Caracas Wire, la reconstrucción de Venezuela que proyecta Trump puede demandar hasta 2 años. Para el profesor de la Universidad George Washington, incluye un periodo prolongado de “drill, baby, drill”, lucha contra las bandas criminales y el intento de presentar una escena de reconciliación antes de generar un nuevo equilibrio político a través de elecciones. “Esto no es sencillo, y la primera parte probablemente va a tomar unos 12 meses, mínimo. Los dirigentes del chavismo son expertos en comprar más tiempo, pero para Marco Rubio, que quiere ser candidato en 2028, el tiempo no es infinito”, dice.

Rubio no hubiera querido jamás plantear una estrategia de transición en tres etapas para que Estados Unidos tome el poder en Venezuela. Su objetivo fue siempre tirar abajo al chavismo y apoyar el proyecto político de María Corina Machado. Pero en el actual esquema de poder trumpista, el cubano americano tiene un peso menor al que exhibe el estratega de la extrema derecha norteamericana, Stephen Miller, el jefe adjunto de personal al que apodan desde hace tiempo el Rasputín de Trump. Fanático de las deportaciones masivas, Miller hace explícita la filosofía del trumpismo, que no conoce de sutilezas: un superpoder que gobierna su patio trasero y se impone en un mundo que se rige por la fuerza. Más que facilitar el acceso de la oposición venezolana al poder, Miller sostenía que el secuestro y juicio contra Maduro en Nueva York era la mejor vía para frenar la inmigración venezolana. Aunque su rango en teoría es inferior al de Rubio, las reuniones entre Miller y Rubio eran en su despacho de la Casa Blanca y no en Foggy Bottom, la sede del Departamento de Estado.  

Mientras el Departamento de Justicia desliga a Maduro del Cartel de los Soles, el único fundamento que había encontrado para intervenir Venezuela con una operación armada, Miller es el ideólogo de la diplomacia de las bombas y cumple el rol que Steve Bannon cumplió en el primer mandato de Trump. Estados Unidos vuelve a exponer su voracidad imperial pero prescinde como nunca de la arquitectura legal que utilizó durante décadas dentro y fuera de su país para justificarla.

Autoproclamado dueño del continente, el trumpismo terminó de enterrar el derecho internacional que ya sonaba a letra muerta. Si la fuerza siempre determinó las relaciones de poder global, ahora la hipocresía del viejo mundo queda de lado. La novedad en todo caso es que los gobiernos y una porción notable de las sociedades ya no necesitan otro tipo de argumentos para justificar la violación de la soberanía. En el colonialismo del siglo XXI, el puro poder pulveriza los discursos y declaraciones sin efecto práctico.  

El bombardeo de Estados Unidos a Venezuela, que causó alrededor de 100 víctimas fatales, y la detención de Maduro bajo una falsa acusación marcan un quiebre en la historia reciente de América Latina y consagran la dictadura del más fuerte. Como lo hizo viral el Departamento de Estado, Trump asume como el dueño del hemisferio y busca antes que nada obturar la expansión de China en América Latina.

Para el doctor en Historia Pablo Pozzi, Trump encarna con su operación en Venezuela el estado de crisis y desesperación de Estados Unidos, que no logra revertir su decadencia ante las potencias emergentes como China e India. Eso explica la confesión de un fracaso, el abandono de la política aislacionista de America First de Trump I que le permitió a China ganar posiciones en zonas controladas por Estados Unidos y el intento de  Trump II de extender su control sobre los recursos naturales, en un movimiento que empieza por frenar a sus competidores.

Profesor emérito de la UBA y experto en Historia de Estados Unidos, Pozzi sostiene que los sectores que respaldan a Trump también buscan ganar tiempo mientras persiguen sin éxito una estrategia de largo plazo. Más que reflotar una versión actual de la doctrina Monroe, dice, parece un regreso al planteo de Bush padre, que promovía el caos organizado, una estrategia que se vio en la guerra de los Balcanes y estranguló durante más más de una década de la Unión Europea. El objetivo ahora es desestabilizar la región para frenar el acceso de China a recursos y el comercio, una forma de reducir su productividad. Detrás de la prepotencia de Trump, Pozzi advierte una política concreta del gran capital financiero para enfrentar la decadencia de Estados Unidos como potencia mundial.

La apropiación del petróleo venezolano que impulsa Trump tendrá un efecto diferido y beneficiará a sus sucesores en el poder. “Una vez que el panorama se aclare, tomará un año tener un modelo de contratos para inversión, otro año de rehabilitar yacimientos e infraestructura y otro año para empezar a ver resultados de producción”, dice un empresario del sector que conoce bien el mapa de la energía global. 

En la reunión con las petroleras estadounidenses en la Casa Blanca, Trump recibió objeciones del CEO de Exxon, Darren Woods, que le planteó que era “inviable” invertir en las actuales condiciones. En una entrevista con Silvia Naishtat y Nicolas Gandini, el irani Alí Moshiri respaldó la apuesta del trumpismo a un acuerdo con los sobrevivientes del chavismo con el argumento de que apoyar a alguien “completamente nuevo” hubiera generado un vacío de poder perjudicial para las inversiones. El ex ejecutivo de Chevron que se asoció con YPF en el primer proyecto de exploración en Vaca Muerta tras la estatización parcial de la empresa, hoy dirige un fondo de inversión que apuesta en Venezuela. En su opinión, el país puede pasar en el corto plazo de producir 1 millón a 1 millón y medio de barriles por día. Pero duplicar o triplicar la producción demandaría invertir muchísimo dinero y altos precios del petróleo, condiciones que hoy no existen. Al contrario, Trump busca bajar el precio del barril para controlar la inflación, una jugada con lógica electoral que choca de frente con sus planes para Venezuela.  

Trump apuesta a una convivencia extorsiva con Delcy Rodriguez y su círculo íntimo, donde conviven distintas alas. Es un juego de esgrima en un campo minado, donde todos los actores involucrados necesitan tiempo. Si el plan de inversiones tiene éxito y la economía venezolana profundiza la tenue recuperación de los últimos años en el marco de un giro económico marcado por las sanciones de Estados Unidos, los sucesores de Maduro podrían capitalizar ese escenario en el terreno político. En el esquema de Estados Unidos en Venezuela también pesa Richard Grennel, el enviado especial de Trump que tuvo un encuentro público en Miraflores con Maduro y Jorge Rodriguez apenas se inició el segundo mandato de Trump y encarna la línea dialoguista del trumpismo en oposición a Rubio. Todo forma parte de un equilibrio delicado.

En las últimas horas, el halcón republicano Elliott Abrams puso en duda la estrategia de Trump. Autor de un articulo publicado en noviembre bajo el titulo “Cómo derrocar a Maduro: Por qué el cambio de régimen es la única salida en Venezuela”, Abrams le dijo al columnista de The New York Times Ross Douthat que la situación en Venezuela es inestable y consideró que las autoridades del chavismo no van a cometer el suicidio de abrir a una transición para que gobierne la oposición. Para Abrams, que trabajó para Ronald Reagan, George W. Bush y fue el operador del primer Trump en Venezuela, hay un debate interno entre Trump y Rubio y el secretario de Estado quiere llevar al presidente a un plan B para avanzar también sobre Cuba y Nicaragua. De momento, Trump no tiene ni quiere un plan B. 

Considerado el arquitecto de la guerra de Irak y condenado por la operación Irán-Contras en Nicaragua, Abrams es un opositor acérrimo al chavismo pero sostiene que ni el petróleo, ni el fentanilo ni por supuesto la democracia motivaron el ataque de Trump. El republicano dijo que solo el ascenso de China puede explicarlo. Saber a dónde puede terminar la situación actual, dijo, es el más grande de los misterios.