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Lecciones de Brasil: agonía reformista y contrarrevolución fascista

Lula gobernó con crecimiento, empleo y dinero para el agro, y la extrema derecha llegó al balotaje sin plan, con la guerra cultural como programa. 

05 de octubre, 2026 | 11.04

En el tramo final de la campaña Lula hizo una pregunta que fue a la vez provocación y confesión: “¿Por qué el sector agropecuario no vota por mi? Debería arrodillarse, nunca hubo tanto dinero como ahora".

Tiene razón. Ese es el problema.

Desde la pandemia, la economía brasileña creció todos los años. En el último gobierno de Lula el PBI subió siempre, a ritmos moderados, y este año va a crecer cerca del 2%. El desempleo ronda el 5%, bajo en términos históricos: Lula había asumido con cerca del 8%. El empleo asalariado formal recuperó terreno y la informalidad bajó a 37,5%. Lento, pero bajó. Es lo que cualquier manual de reformismo llama gestión exitosa.

¿El resultado? Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta y llega como favorito al balotaje del domingo 25.

Lula perdió votos en todas las regiones, pero fue peor en las zonas agropecuarias. En Barreiras, en el oeste de Bahía, cayó por 12,9 puntos. En Rio Verde, Goiás, por 11,3. En Guarapuava, Paraná, 8,7. En Petrolina, 7,9. En Chapecó, 7,8. En los municipios de menos de 10 mil electores perdió 6,7 puntos; en las capitales, apenas 0,9. Son los polos del agro: justo donde más plata hubo.

El apoyo de Lula al agronegocio y la minería tal vez haya costado su elección. Con subsidios y beneficios fiscales a un mercado que lo aborrece y quiere más: el desmonte del Amazonas, la liberación total del uso de agro químicos, ¿la reposición de la esclavitud? Por qué no. Flavio Bolsonaro es capaz de conceder eso y más. 

La tristeza no es sólo brasileña 

Colombia ya había mostrado los dientes. Petro llegó al final con buenos números económicos. Su candidato, Iván Cepeda, mantuvo el caudal de votos de 2022. Perdió el balotaje por apenas un punto. Ganó Abelardo de la Espriella, con una extrema derecha se concentró más en la batalla cultural que en presentar un plan de gobierno claro. Mano dura y alianza irrestricta con Estados Unidos le ganaron a las mejoras económicas.

En Bolivia el oficialismo sacó 3,16%. En Chile, Kast le ganó el balotaje a Jeannette Jara. En Honduras ganó Asfura, el candidato de Trump. El apologista Eduardo Feinmann lo celebró con un mapa: "Casi todo azul en América Latina", con Venezuela pintada con la bandera de Estados Unidos. No fue una chicana aislada. Lo expresó igual el secretario del Tesoro, Scott Bessent, a Axios: "Nunca antes habíamos tenido a tantos países latinoamericanos aliados con EE.UU.".

Contrarrevolución sin revolución

El historiador Miguel Mazzeo lo describió en un texto de 2022: "Hay una contrarrevolución en ciernes. Una rara contrarrevolución, sin revolución pasada y sin amenaza de revolución futura. Anticomunismo sin amenaza comunista".

Ahí está la trampa. Lula no hizo ninguna revolución. Gobernó con empleo, crecimiento y dinero para el agro. Ningún sistema estaba en riesgo. Y aun así, la reacción es brutal. Porque, como escribió Mazzeo, para las clases dominantes "todo aquello que representa un límite a su poder (o la amenaza de un límite) es una declaración de guerra. Toda función reparadora del universo popular es una declaración de guerra".

Ahí empieza la agonía del reformismo. Administra bien, reparte algo, no toca lo estructural y espera gratitud. La gratitud no llega. Llega la guerra cultural, con palabras que, "lanzadas desde tarimas poderosas y replicadas hasta el hartazgo, tarde o temprano se convierten en balas".

Y acá, ¿qué?

Argentina no mira el partido desde la tribuna. Bessent dijo que, si hiciera falta, el Tesoro volvería a asistir a Milei: "¿Si podríamos volver a hacerlo? Por supuesto". Ben Black, de la DFC, llega a Buenos Aires el 9 de octubre con un cheque de hasta US$7.000 millones para blindar el frente financiero de un programa económico que cruje por el peso demoledor del ajuste permanente.

La intención oficial es volcar la campaña a una polarización que se resuma en una incógnita: ¿quiénes son más, los anti Cristina o los anti Milei? La estrategia mileísta, en la que coincide parte de la oposición, es mala noticia para Axel Kicillof, que pretende mostrarse como una alternativa “normal” a tantos años de furia.

Las elecciones en Brasil muestran, entre otras cosas, que la moderación es negocio para los que viven de transaccionar apoyo parlamentario. Los que aspiran a gobernar, en cambio, están obligados a ser nítidos, contundentes y enfáticos con las sociedades impacientes y hastiadas a las que aspiran representar.

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