“El capital se ha apoderado del Estado, pero no puede eliminar por completo sus funciones históricas”. Maurizio Lazzarato interviene en el debate sobre el poder de los supermillonarios: la concentración de la riqueza y de la infraestructura tecnológica no vuelve prescindible al Estado. Para organizar la guerra, garantizar la moneda y coordinar una estrategia, el capital sigue necesitando poder estatal.
El filósofo italiano acaba de publicar en la Argentina "La gran violencia. Por qué la guerra y no la revolución", editado por Tinta Limón. En su nuevo libro analiza un capitalismo en el que la guerra constituye una forma de ejercicio del poder y de reorganización de las relaciones entre clases y Estados.
En esta entrevista, desarrolla su concepto de “máquina Estado-Capital” y cuestiona la capacidad de los movimientos emancipatorios para enfrentar a un adversario que conserva y actualiza su pensamiento estratégico. La deuda, una relación de dominación que atraviesa tanto la vida cotidiana como los vínculos entre países, aparece como una clave para comprender las dificultades para organizar una respuesta.
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El Estado y el poder de los magnates
—Definís al capitalismo actual como una “máquina Estado-Capital” orientada a la guerra. Hoy, monopolios privados en manos de los hombres más ricos del planeta absorben funciones e infraestructuras estatales y automatizan el ejercicio de la violencia. ¿La insurrección que proponés debe seguir apuntando al Estado o reinventarse frente a este nuevo tecnato?
—¿Qué intento captar con el concepto de máquina Estado-Capital? Una multiplicidad de poderes —monetario-financiero, político, militar, mediático, tecnológico, cultural— que se coordinan en torno al Estado: el lugar donde se puede formular y ejecutar una estrategia. Estos poderes son distintos y tienen fines heterogéneos; incluso pueden entrar en conflicto, pero convergen en una estrategia dirigida contra un enemigo común.
Esta dinámica se observa en la administración Trump, que ha utilizado el Estado para mediar entre diversas fuerzas y mantener una política unificada: una guerra para afirmar la hegemonía estadounidense, con el objetivo principal de controlar la extracción y distribución de combustibles fósiles.
La máquina Estado-Capital, tal como la he definido brevemente, aspira a lograr una totalización de su poder: una totalización imposible, pero que se persigue constantemente.
Para combatir esta máquina, es preciso articular una estrategia que aborde estos diferentes poderes y sus jerarquías. El enfoque no puede limitarse únicamente al Estado, aunque este siga siendo esencial como el lugar desde el cual se puede lanzar una estrategia. Se habla del «retorno del Estado», pero en realidad este nunca desapareció.
La organización de la guerra sigue siendo una prerrogativa del Estado, que subordina la economía, la tecnología y la comunicación a su estrategia: el Estado decide qué mercancías y tecnologías se pueden vender y a quién.
—¿Ves imposible que el capital concentrado en un puñado de manos le dispute al Estado la conducción estratégica de esa máquina y avance hacia una privatización total del poder?
—Yo diría más bien que el Estado y el Capital se constituyen y trabajan juntos a partir de la conquista de América —con fricciones, oposiciones y convergencias—, construyendo una sola máquina Estado-Capital que se está integrando cada vez más profundamente.
Tres son las acciones que definen al Estado: emitir moneda, imponer y recaudar impuestos, y declarar la guerra. No se entiende cómo podría funcionar una economía sin moneda y sin impuestos, garantizados por el monopolio estatal de la fuerza.
La soberanía del Estado —monetaria, fiscal y militar— es lo que el capital quisiera privatizar: una pretensión imposible, pero no por ello menos efectiva. El capital ha privatizado la moneda en gran medida, pero no puede convertirla en un bien absolutamente privado. En las grandes crisis se necesita un poder monetario de última instancia que no puede ser privado. El mismo problema ocurre con la guerra: su privatización no puede llevarse más allá de cierto límite.
Digamos que el capital se ha apoderado del Estado, pero no puede eliminar por completo sus funciones históricas. La privatización lleva a la destrucción de la economía, de la sociedad y a la guerra, tal como lo estamos constatando. Lo vemos con la política de Estados Unidos: quien quiera cambiar las cosas tiene que tomar el poder y, desde el Estado, organizar una estrategia para imponer transformaciones que, si se pretenden radicales, implican la guerra.
Democracia y autoritarismo
—¿Qué lugar ocupa la democracia en este escenario?
—El hecho político más importante de las guerras en curso es, sin duda, el genocidio de los palestinos, armado, financiado y legitimado por las democracias liberales. La relación que vemos entretejerse entre fascismo, técnicas nazis de comunicación y guerra, «democracia» y liberalismo halla sus raíces en la genealogía del Estado y del capitalismo. No se trata de hacer analogías con el fascismo y el nazismo del siglo XX, porque estos no fueron más que momentos de una larga historia que comienza con la conquista de América y continúa hoy con las «democracias» occidentales.
Este nuevo fascismo —que ve a los partidos de origen fascista, como en Italia, alinearse con las exigencias del capitalismo financiero— combina dictadura y democracia, Estado de derecho y estado de excepción, «mercado y autoritarismo». No necesita de un «Führer personal», sino que se manifiesta como un Führer tecnológico y financiero, absolutamente fundamental en la organización del genocidio de los palestinos.
La estrategia y la deuda
—Cuestionás que el pensamiento de izquierda posterior a 1968 haya desplazado el debate hacia los micropoderes y pacificado la crítica política. ¿Cómo recuperar el pensamiento estratégico de los siglos XIX y XX frente a un capitalismo que sus opositores no logran contrarrestar?
—Las revoluciones del siglo XX desafiaron y a menudo derrotaron al colonialismo y al imperialismo occidentales. A mi juicio, sus grandes logros derivaron de la capacidad de los revolucionarios para desarrollar una visión estratégica a la altura de la europea. La cúspide de ese pensamiento se encuentra en "De la guerra", de Clausewitz, un texto con el que figuras como Lenin, Mao y Giap dialogaron directamente.
Antes de preguntarse cómo traducir hoy el «rigor estratégico», conviene estudiar qué es el pensamiento estratégico. Michel Foucault afirmó que la estrategia militar es el método para analizar las relaciones de poder. Al excluir la guerra y la guerra civil, los movimientos posteriores a 1968 —y las teorías asociadas a ellos— han perdido por completo la naturaleza específica de este tipo de pensamiento. El enemigo de clase, por el contrario, sigue manteniendo y actualizando minuciosamente su propio pensamiento estratégico.
El pensamiento estratégico es una teoría de la revolución, mientras que las teorías posteriores a 1968 —feministas, descoloniales, etcétera— son teorías revolucionarias en el sentido de que describen la sociedad en términos de su capacidad de transformación; sin embargo, no abordan el problema de cómo combatir el poder como totalidad: qué formas de organización adoptar, qué plazos seguir, etcétera.
La guerra mundial en curso representa el punto álgido del choque entre Estados y clases; solo una mentalidad estratégica —de la que actualmente carecemos— puede proporcionar los puntos de referencia necesarios para evitar quedar totalmente desorientados y supeditados a la estrategia del enemigo.
—La automatización del trabajo y la precarización profundizan la atomización de la clase trabajadora. ¿Dónde y cómo puede constituirse una fuerza material capaz de enfrentar a esa máquina?
—El problema principal radica en que las teorías y los movimientos posteriores a 1968 no conciben el poder como una totalidad. El movimiento feminista critica la dinámica de poder entre hombres y mujeres en todas sus formas; si bien esta labor es loable y necesaria, resulta insuficiente. Los movimientos descoloniales hacen lo propio respecto al racismo, abordándolo como la suma total de las relaciones de poder.
Me parece evidente que nunca se puede amenazar o derrotar verdaderamente al poder centrándose únicamente en relaciones de poder específicas: clase, sexo, raza. Estas luchas generan prácticas y espacios de libertad, pero siempre permanecen dentro de los límites impuestos por la maquinaria Estado-Capital.
Para provocar una ruptura, debemos construir una «totalidad» que abarque las diversas relaciones de poder de explotación y dominación, combinándolas en una totalización lo suficientemente fuerte como para confrontar a la maquinaria Estado-Capital. Si se rechaza esta confrontación —tal como sucede actualmente—, la alternativa es la impotencia.
El aparato Estado-Capital organiza una multiplicidad de poderes contra un enemigo: el proletariado y otros Estados. Por parte de los oprimidos, existe reticencia a hablar de un «enemigo», aun cuando este sea muy real, esté fuertemente armado y no tema declarar y librar guerras o ejercer la represión.
—¿Cuál puede ser el eje para construir una fuerza que enfrente al capitalismo actual, si los elementos que aglutinaban esas luchas en el siglo XX perdieron esa capacidad?
—La relación entre acreedores y deudores constituye la relación principal del capitalismo contemporáneo, de manera transversal a la composición de clase. Esta relación tiene la particularidad de ejercer una doble explotación: a la descrita por Marx —capital-trabajo—, por las feministas —hombre-mujer— y por las teorías post y decoloniales —blanco/no blanco—, se suma la de la deuda que debemos asumir para la vivienda, el automóvil, la jubilación.
Al mismo tiempo produce y moldea los comportamientos del deudor, tanto a nivel individual como a nivel de súbdito del Estado. Obliga a realizar gastos individuales y colectivos compatibles con el hecho de que las deudas deben pagarse. La relación acreedor-deudor también funciona en las relaciones entre Estados. De eso saben bastante ustedes en Argentina.
Se necesita una fuerza y una voluntad política a la que le cuesta emerger, precisamente porque la relación de poder acreedores/deudores ha dejado completamente fuera de juego al movimiento obrero, el cual había sido pensado u organizado a partir de la fábrica y del trabajo industrial.
Para tener una estrategia política se necesitaría, primero, tener claro en qué capitalismo vivimos. Una vez que hayamos identificado al enemigo y su funcionamiento, se pueden plantear propuestas de lucha y de organización.
