Elogio del conurbano bonaerense

07 de septiembre, 2020 | 10.24

En el cuento “El calamar opta por su tinta”, Adolfo Bioy Casares incluye como parte de la narración una breve historia del pueblo donde suceden los hechos, la cual cierra con esta frase: “y el peligro del malón, que si bien no se concretaría nunca, mantuvo a la gente en jaque a lo largo de un lustro en que partidos limítrofes conocieron la tribulación por el indio.” Las percepciones han variado poco. Desde hace unos días los grandes medios volvieron a ofrecernos al conurbano como zona de delitos, de violencia, de crímenes. Es cierto que el empeño esta vez logró expandirse geográficamente y eligió algunas playas bonearenses, no todas solo algunas y jamás sabremos el criterio de esa elección, para advertirnos que se estaban movilizando miles de personas dispuestas a tomar también las casas de veraneo. Todo exactamente igual que la historia que Bioy Casares refería al malón que nunca llegaba. Casi desde que existe el conurbano bonaerense, ese anillo incompleto que bordea la Capital Federal, es pensado, imaginado, definido como un lugar de horror, miseria, fracaso. Pero esas conclusiones son dichas principalmente por los  otros, porque como suele ocurrir con los sectores con menos recursos de poder, son “hablados por los otros”. Porque el centro además de concentrar poder, y con él recursos económicos, define la identidad de la periferia y en una operación quirúrgica separa las partes que definirán el todo. Así el Gran Buenos Aires es robo, secuestros, producción y venta de paco, desarmaderos de autos robados, toma de tierras, fábricas y comercios ilegales…prácticamente toda una representación del código penal. Porque cuando los medios envían un móvil a Quilmes, San Martin, Florencio Varela o Moreno, será para informarnos sobre algún hecho de esas características, porque nada bueno viene del conurbano. En realidad no tiene la exclusividad porque a medida que surgen nuevos, puede ser en Rosario, Córdoba o Resistencia, las miradas se repiten al igual que los juicios. Lo dijo el año pasado en campaña el ex senador Miguel Angel Pichetto: “El punto neurálgico de los problemas argentinos, el lado oscuro de la Argentina que es el Conurbano bonaerense.” Bien resume esa expresión todo lo que se mencionó antes. Lo oscuro, las luces el centro, frente a la oscuridad de los barrios, de las villas. No es casual tampoco que “el aluvión zoológico” llegara mayormente del mismo conurbano un día de 1945. De las fracturas que tiene nuestro país aquí nos topamos con una persistente: décadas afirmando que el origen de nuestros problemas, como si ellos tuvieran una sola matriz, es la existencia del conurbano.  Las noticias ahora son sobre toma de tierras de manera masiva y planificada. Todo eso existe y no solo en esta zona, por cierto. El delito “común” y el crimen organizado están desde hace mucho tiempo entre nosotros, como también las situaciones de vida crítica, la falta de trabajo, la informalidad y algún etc. más. Desde la dictadura en que la matriz económica comenzó a girar hacia la supremacía del sector financiero y Argentina restringió su capacidad productiva industrial fueron cambiando y emergiendo algunas de esas realidades. ¿Qué era el conurbano hace 40 – 50 años? Un cúmulo de fábricas, de barrios obreros, de trabajo y producción, también con sus problemas sociales, sus conflictos. La fábrica fue su marca registrada, su paisaje urbano y el signo de su crecimiento. A tal punto que la actual catedral de la Iglesia Católica en Avellaneda, construcción iniciada hace unos 50 años, emula en sus torres las chimeneas de una fábrica. El conurbano, como los que existen en otros países subdesarrollados en derredor de El Cairo, San Pablo, o México DF, (todos más poblados que el nuestro) cruzan esas marcas que deja el intento industrializador, con las características propia de economías dependientes. Pero al menos había en ellos durante el modelo de sustitución de importaciones, una búsqueda de desarrollo con las limitaciones del caso. Sin embargo hay un detalle que se recuerda poco. Juan Domingo Perón imaginó ese crecimiento urbano a tal punto que, cuando expropió la estancia de Pereyra Iraola, en el partido de Berazatagui, y lo convirtió en un parque – reserva natural,  lo pensó como un cordón verde entre dos manchas urbanas: la proveniente de Buenos Aires y la que se extendería desde La Plata. Algo difícil de pensar en aquella época, es hoy un cordón clave en el presente en favor del ambiente. De modo que aun con un crecimiento intenso, se planificaba como reducir el impacto ambiental…hace 70 años. Pero el fin de ese modelo, trajo aparejado un conurbano mucho más complejo, con un incremento de la desigualdad, los problemas de hábitat, la inseguridad, el desempleo. El primer impacto fue pura violencia sobre la sociedad librada a su suerte. Pero cuando empezó a transcurrir el tiempo el conurbano también empezó a pensar su propia reconstrucción. Los municipios generan hoy mucha más políticas públicas que hace 40 años; intervienen en sus competencias, pero se han expandido más allá de ellas, con nuevas ideas para pensar el desarrollo en los grandes centros urbanos y sus temas claves: la producción, el empleo, el medio ambiente, la salud, la participación ciudadana. Nos falta, como ya se ha dicho, profundizar políticas metropolitanas. La economía solidaria/social/popular, cualquiera sea el énfasis ha generado respuestas a una economía transformada creando empleo y producción. Difícil contar todos los emprendimientos que existen, pero lo que hace algunas décadas parecía ser solo una respuesta a la emergencia, comienza a plantear la discusión de un subsistema en la economía. Y las universidades, no podría no referirme a ellas. En el Gran Buenos Aires existen 17 universidades nacionales, 14 de ellas creadas en los últimos 30 años; son una muestra de la reconstrucción en muchos aspectos: sus sedes se montaron sobre fábricas o talleres ferroviarios cerrados o  sedes de empresas estatales privatizadas. Lo viejo se convierte en cimiento de lo nuevo. Centenares de investigadoras/es y docentes encontraron en ellas un lugar de trabajo y producción. Y por sobre todo: para miles de jóvenes se abrió una ventana de crecimiento que parecía impensada y en su propio territorio. Lo estamos viendo en esta pandemia con el aporte de los departamentos de salud de esas universidades, pero también en otras áreas. Ese es el conurbano que piensa en su propio futuro y que afortunadamente no se detiene a escuchar lo que dicen de él.  

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