Si hablamos de Inteligencia Artificial (IA), hablamos también de uno de los sectores más dinámicos de la economía mundial. Un sector que moviliza inversiones nunca antes vistas en la historia, literalmente billones de dólares en investigación y, sobre todo, en infraestructura. Los movimientos de dinero involucrados por algunas de las contadas empresas líderes superan el PIB de la mayoría de los países.
Dada la velocidad a la que suceden las transformaciones, a la mayoría de las personas no especializadas se les dificulta seguir los acontecimientos, pero no es exagerado afirmar que nos encontramos frente a una de las mayores revoluciones tecnológicas de la historia humana. Desde que los predecesores de los sapiens comenzaron a desarrollar herramientas, estas siempre potenciaron dimensiones humanas equiparables a las de cualquier otro animal: la fuerza, el movimiento, la precisión. La computación fue apenas un paso previo a la IA. Aportó el procesamiento de datos y la capacidad de cálculo. La IA, en cambio, trabaja sobre otras dimensiones, quizás las más humanas de todas: el aprendizaje, el razonamiento y la interpretación. Y así como la más simple de las viejas calculadoras tiene más capacidad de cálculo que cualquier humano promedio, no se necesita una gran imaginación para proyectar que la IA seguramente superará a la inteligencia humana. A ese punto de superación se lo denomina “singularidad”, la que, según algunos autores, como Ray Kurzweil, está muy próxima o ya presente.
Definir qué es inteligencia no es sencillo ni breve, pero, a grandes rasgos, se trata de la capacidad de construir representaciones abstractas del mundo físico que nos rodea y de razonar sobre esas abstracciones. También es la capacidad de aprender de la experiencia y de adaptarse a los cambios de escenario. No es solamente acumular información, sino interpretarla, analizarla, recombinarla en nuevas ideas y predecir a partir de ellas. Desmenuzar estas interpretaciones excede la extensión de este artículo (y seguramente la capacidad de quien escribe), pero resulta evidente que, a partir de la profundización del desarrollo de la IA, se agranda muchísimo la porción del trabajo humano que puede ser reemplazada por las máquinas.
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Ahora bien, el reemplazo de trabajo humano siempre fue una consecuencia económica de los cambios tecnológicos y su efecto resultó históricamente positivo en el agregado. Dicho esto con prescindencia de los efectos de primera vuelta, como, por ejemplo, el lapso de aumento del desempleo hasta la creación de nuevos trabajos. A este proceso general se lo denomina “aumento de la productividad del trabajo”, una secuencia que no se rehistoriza aquí, pero que constituye la característica más potente del sistema económico que, a partir de la Revolución Industrial, catalizó el capitalismo. Un aumento de la productividad que ya Adam Smith advertía como causa de la mayor “riqueza de las naciones”, lo que sigue siendo cierto desde entonces. Al capitalismo se lo entiende aquí como modo de producción, con prescindencia de las relaciones de propiedad y las condiciones de mercado. Desde esta perspectiva, es el único modo de producción actualmente existente en todo el planeta, desde Occidente hasta China. Y, más allá de los temores de los tecnófobos y de las preocupaciones válidas de los analistas más lúcidos del cambio social, la mayor productividad del trabajo es siempre una buena noticia.
Si se repasa toda esta dinámica conocida del desarrollo tecnológico es porque el aumento inherente de la productividad siempre dio lugar al pesimismo catastrofista, pesimismo que esta semana alcanzó un cénit a partir de las declaraciones de muchos de sus principales actores, quienes advirtieron que, en muy pocos años, las IA podrían deshacerse de los humanos y, en consecuencia, invitaron al Estado a que las regule. La idea subyacente a estas predicciones cinematográficas sería el autofreno de la velocidad de las transformaciones.
Para no abrir todos los frentes de análisis al mismo tiempo, dejemos a un lado las posibilidades reales de la distopía de las máquinas fuera de control destruyendo a sus creadores, para concentrarnos en la racionalidad económica de lo que está sucediendo:
¿Es racional que sean las empresas las que solicitan que los Estados las regulen?
¿Alguna vez en la historia, para los capitalistas, fue más importante el destino de la humanidad a largo plazo que sus ganancias de corto plazo? (Capitalistas que, dicho sea de paso, están construyendo búnkeres posapocalípticos.)
¿Ocurrió alguna vez que las empresas quisieran frenar la competencia por la producción de un bien con demanda infinita?
Y, finalmente, ¿la regulación en un solo país alcanza para frenar el desarrollo de un sector a nivel planetario?
Dado que las respuestas a estas preguntas elementales son todas negativas, puede deducirse que el planteo de los gigantes de la IA es, prima facie, sospechoso, lo que invita a poner el foco en una herramienta de la teoría económica: la racionalidad de los actores.
Lo primero que se destaca es que la advertencia sobre la IA descontrolada fue notablemente coordinada. Comenzó con el tuit de un exempleado desencantado, Jacob Coxson, pero fue rápidamente seguida por la adhesión de todos los dueños de las grandes empresas del sector, desde Dario Amodei a Sam Altman, desde Elon Musk a Mark Zuckerberg, todos conocidos filántropos. Afectos naturales a los títulos fuertes, los medios de comunicación de todo el mundo se hicieron eco inmediatamente, con lo que la predicción distópica quedó instalada.
Una hipótesis posible para explicar estos hechos es que las empresas hayan advertido el verdadero descalce entre las necesidades de inversión para mantenerse en la vanguardia de la competencia tecnológica, los ingresos de mediano plazo que generarán la nueva tecnología y el flujo de inversiones necesarias para sostener el crecimiento de la infraestructura. Este descalce se parece bastante a una burbuja financiera.
Aquí se necesita agregar otro concepto económico elemental, el de costo marginal. En concreto, el costo adicional que exige el aumento del procesamiento de datos cuando aumenta el uso de la IA, el que está bastante lejos de ser cero. Cuanto más potente es una IA, más infraestructura y energía se necesitan.
En ese contexto, miradas desde la racionalidad económica de los actores, las propuestas de Anthropic y el resto de las grandes para ralentizar el desarrollo, introducir evaluadores externos y establecer límites regulatorios comunes podrían tener un efecto financiero favorable para los líderes: reducirían el ritmo de gasto, prolongarían la vida útil de las inversiones existentes y evitarían que cada compañía tenga que acelerar indefinidamente para superar a sus competidores. La regulación permitiría, además, presentar públicamente como una decisión de seguridad lo que, en realidad, es un problema financiero. Esto también explicaría la demora en salir a la bolsa. La oferta pública de acciones significaría someter al escrutinio público costos, márgenes, necesidades de capital y, en consecuencia, justificar las valoraciones siderales de estas empresas.
Finalmente, queda el detalle que el invitado a regular –es decir, el gobierno estadounidense– advirtió rápidamente: un potencial “autofreno” estadounidense no frenaría al principal competidor, China, que, por supuesto, no se detendría por los problemas financieros de terceros.
