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La persistencia del dogma y el retorno de la economía de la depresión

Tras casi tres años de gobierno, el deterioro del empleo, los ingresos y el mercado interno expone los límites del modelo económico. Mientras el discurso oficial insiste en la recuperación, la recesión obliga a recurrir a herramientas que contradicen el dogma libertario. 

30 de agosto, 2026 | 00.04

Si las esperanzas en el futuro de la Nación y su potencial desarrollo no están absolutamente perdidas, si se cree que es posible que en algún momento se termine el medio siglo de decadencia —con excepción de la anomalía de la primera década del siglo XXI—, es probable que pronto se lea la época actual como un período alucinado de extremismo ideológico, oscuridad y desprecio por los saberes más elementales de la ciencia económica.

Las anomalías del gobierno 2019-23, desde el internismo más mezquino y fratricida hasta el shock inflacionario del último año, ya no alcanzan para justificar el presente. Algo sucedió al interior de aquello que en algún momento se llamaba la “intelligentsia”, como síntesis de los sectores más ilustrados de la sociedad con preocupación por la cosa pública.

Muchos referentes políticos y económicos se volvieron una máquina de repetir zonceras que no serían admisibles ni en un alumno de secundaria que comienza a descubrir el mundo. A modo de ejemplo, uno de los principales empresarios del país, el nuevo Shylock ultralibertario de estas tierras, escribió en redes sociales que hasta la Universidad de Harvard está tomada por el marxismo, un micromundo tan delirante como el del Presidente cuando habla frente a adolescentes sobre el presunto satanismo del viejo Karl.

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No hace falta aclarar que tanto el empresariado más rancio como el primer mandatario combaten contra un ejército de hombres de paja. Si hay algo que el capitalismo del presente no padece, en ningún lugar de la Tierra, es la “amenaza marxista”. La falta de ilustración de las clases dominantes locales es alarmante. La nobleza del Ancien Régime, allá lejos, en el siglo XVIII, por lo menos tenía la buena práctica de contratar institutrices y tutores para sus vástagos.

El deterioro institucional

El grueso de la sociedad política, mientras tanto, guarda un silencio cobarde frente al deterioro cotidiano que el escatológico Javier Milei ejerce sobre la investidura presidencial. Los valores más elementales de la lenta reconstrucción democrática posdictadura son arrastrados por el piso bajo la excusa espuria de la incorrección política. El actual retroceso de la convivencia democrática hubiese resultado inimaginable hace apenas unos pocos años.

Los autores de la idea de “la grieta”, de “Argen y Tina”, hoy integran alegremente la coalición que profundiza y alimenta las divisiones. Y qué decir de los repúblicos, de quienes hasta ayer nomás pregonaban las grandes virtudes de la división de poderes y hoy hacen mutis por el foro. O de quienes esta misma semana votaron la primera ley que deberá derogar cualquier futuro gobierno, la que intenta blindar como presidente del Banco Central al socio de la consultora del ministro de Economía. Y todo en nombre de la independencia del organismo. Más hipocresía no se consigue.

Sin embargo, el deterioro institucional y discursivo, que parece no importarle a nadie, es un problema menor al lado del principal, que es la profundización del deterioro económico que, a su vez, se expresa en el deterioro de las condiciones de vida. Entre los economistas que no trabajan de propagandistas del régimen existen algunos consensos básicos al momento de describir el panorama.

Un modelo que deja a la gente afuera

Mirando los resultados parciales de casi tres años de gobierno, el primer consenso es que el modelo deja progresivamente a la gente afuera. El empleo no solo crece por debajo de la evolución de la población, sino que el mercado de trabajo sufrió un profundo deterioro caracterizado por tres elementos: la caída de los puestos de trabajo formales, la contrapartida de la suma de la informalidad y la precarización general del mundo del trabajo.

Quienes pierden sus empleos formales no solo pasan a la informalidad, sino también al cuentapropismo de subsistencia y a la precariedad laboral. Luego, los únicos sectores dinámicos de la economía, los vinculados a los enclaves exportadores de recursos naturales, expulsan más empleo del que crean. El resultado es una crisis de ingresos, una de cuyas manifestaciones es la mora generalizada. Lo que está sucediendo es que el modelo destruye todas las actividades vinculadas al mercado interno y no las reemplaza.

Entre las explicaciones que se promueven sobre la transformación que hoy sucede en la estructura productiva se suele poner énfasis en el nivel del tipo de cambio. Es verdad que existe una relación directa entre tipo de cambio y nivel de salarios, en particular si se miden los salarios en moneda dura, pero el detalle cambiario distrae del problema de fondo, que es el primitivismo teórico y conceptual del modelo.

No hay ningún economista que no sepa que, si se induce una recesión, se clava el tipo de cambio en un nivel apreciado y se abre la economía, la inflación se frena, más allá del costo altísimo de la destrucción de producción y empleo. Los mismos economistas saben también lo que sucede si se sigue el camino inverso, por ejemplo, soltando el tipo de cambio, cerrando la economía y promoviendo la expansión solamente por el lado de la demanda. Sin embargo, la política económica puede y debería ser más sofisticada que estos extremos.

Las contradicciones del dogma

Pero como el gobierno milita uno de los extremos, se encuentra impotente y sin herramientas para salir de una recesión interna que se profundiza. La semana que pasó fue rica en ejemplos. Se generó cierto revuelo discursivo porque el ministro Luis Caputo dijo que era “justicia social” otorgar créditos para la vivienda, con “la plata de los jubilados”, dirigido al sector de la población que las consultoras de consumo denominan ABC1, es decir, el de mayores ingresos. Pero el punto crítico no fue el plan en sí, sino hablar de justicia social, uno de los conceptos más vilipendiados por el discurso libertario, asimilado a la envidia y al robo.

La segunda gafe ministerial fue hablar del “efecto multiplicador” de la construcción. Difícil encontrar un término más keynesiano que “multiplicador”, aunque ya se sabe que los libertarios hablan de Keynes sin conocerlo.

Pero lo más notable de los anuncios es que incluso un trader sin mayores conocimientos macroeconómicos advierte que, frente a “la vuelta a la economía de la Gran Depresión”, Paul Krugman dixit, se necesita que el Estado intervenga para salir del parate: un abecé teórico que cualquier estudiante aprende en “Macro I” y una de las enseñanzas más elementales de la experiencia práctica del siglo XX. La realidad pisotea en el piso al dogma austríaco.

Persistir en el ajuste

Mientras tanto, cruzando la calle, desde el “Palacio” de Hacienda a la Rosada, las voces alucinadas se mantienen. Allí dicen que la economía crece, la inflación baja, las exportaciones vuelan y se compran reservas. Un mundo feliz en el que nadie sufre. En consecuencia, la receta para salir sería muy simple: persistir y “no dejarse correr por los que reclaman empatía”. Hay que persistir en el ajuste aunque la recesión destruya la recaudación. Persistir y no hacer nada nuevo. Es solo cuestión de tiempo.

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Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017). 

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