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¿Pensar ya es una quimera?

Para pensar se necesita tiempo, se necesita escucha y se necesita una otra u otro, con quien debatir, condiciones que parecen una quimera si cada segundo que tenemos lo destinamos a las tecnologías del capital

20 de octubre, 2026 | 23.37

Casi tres años y todavía escucho la pregunta: ¿pero cómo puede ser, quién puede votar esto? Subestimamos, tal vez, la potencia y seducción del cambio, del barajar y dar de nuevo. Sostiene Víctor Serge en Memorias de un revolucionario: “Si los cuadros del viejo socialismo europeo y de las jóvenes democracias asesinadas no son salvados, las revoluciones inevitables serán dirigidas por ex nazis, ex fascistas, ex totalitarios comunistas, aventureros sin ideas y sin humanismo, hombres de buena voluntad desorientados…” (551). Así, en 2015, para salir de lo que se percibía como “más de lo mismo”, llegaron la “Revolución de la alegría”, los globos de colores y los logros que -al final- no lograron lograr. Luego, el impasse de la pandemia. Y, tras él, la revolución 2.0: la de la motosierra, la destrucción y el odio, la del fascismo, esa forma bufa de la reacción (Serge) que para ejecutarse precisa de un caudal energético desprovisto de pensamiento.

“Asistimos al nacimiento de psicosis colectivas como las que conoció la Edad Media; y a la formación de una técnica de estrangulamiento del sentido crítico tan laboriosamente adquirido por la inteligencia moderna. Hay por alguna parte en Mein Kampf veinte líneas de un perfecto cinismo sobre la utilidad de la calumnia empleada con fuerza. Los nuevos métodos totalitarios de dominación del espíritu de las masas adoptan los procedimientos de la gran publicidad comercial añadiéndole, sobre un fondo irracional, una violencia frenética. El desafío a la inteligencia la humilla y prefigura su derrota. La afirmación enorme e inesperada sorprende al hombre medio, que no concibe que se pueda mentir de esa manera. La brutalidad lo intimida y rescata en cierto modo la impostura; el hombre medio, desfalleciendo bajo ese choque, siente la tentación de decirse que después de todo ese frenesí debe tener una justificación interior que rebasa su entendimiento. El éxito de estas técnicas no es posible evidentemente sino en épocas perturbadas y a condición de que las minorías valerosas que encarnan el sentido crítico estén bien amordazadas o reducidas a la impotencia por la razón de Estado y la falta de recursos materiales. En ningún caso se trata de convencer; se trata en definitiva de matar […]. El totalitarismo no tiene enemigo más peligroso que el sentido crítico; se dedica encarnizadamente a exterminarlo. Los clamores ahogan la objeción razonable y, si persiste, un ataúd se lleva al objetor a la morgue. He hecho frente a atacantes en reuniones públicas. Les ofrecía contestar a todas sus preguntas. Ráfagas de injurias, lanzadas a voz en grito, se esforzaban en cubrir mi voz. […] Nada más que la injuria, la denuncia y la amenaza.” (504-5) Esto escribía Serge en la Europa de 1951; es como si lo hubiera escrito en la Argentina de hoy.

Una de las características principales del capitalismo es que, como el patriarcado -su servidor incondicional, es internacional. En su etapa actual, de reconversión tecnofinanciera, en este nuevo ciclo de acumulación originaria en el que se nos empuja, presiona y extorsiona para que tengamos una vida digital que duplique la “analógica” (con estrategias que van desde la instilación del FOMO o miedo a no participar, a la adicción lisa y llana) porque todo lo que hacemos on line es fuente de plusvalía, vivimos los efectos de una psicotización planificada (cf. Carbone). Se nos impone la velocidad -inhumana- de la tecnología. Llega el mail y a los cinco minutos, el whatsapp: “Te mandé mail, ¿lo viste?”. Los tiempos se aceleran. No hay espera, no hay paciencia, se evapora la concentración. En estas condiciones, el pensamiento no puede sobrevivir porque precisa muy especialmente, entre otras cosas, de tiempo. Tiempo “muerto”, “tirado al tacho”, de no buscar nada (y, sin embargo, encontrar). En esos espacios “vacantes” las neuronas se comunican, florecen las ideas, afloran los conceptos.

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“Los soldados de la División Salvaje, de hecho, desconocían el propósito de su traslado. No estaban especialmente predispuestos a apoyar a Kornílov, y cuando más escuchaban a aquellos que les rogaban, menos dispuestos estaban. Escucharon y discutieron, y reflexionaron sobre lo que se les decía, mientras se ponía el sol y caía la noche. El tren y sus alrededores se convirtieron en una sala de debate, un parlamento improvisado. Sus oficiales se desesperaban.” (Miéville, 245)

Esta pequeña escena se encuentra en Octubre. La historia de la Revolución rusa, de China Miéville, una excelente introducción para quien quiera acercarse a ella sin demasiado conocimiento previo. Un grupo de soldados queda varado entre dos estaciones en agosto de 1917, en medio del enfrentamiento entre el Soviet y Kerenski. Soldados que estaban siendo trasladados para atacar la capital y sofocar las revueltas populares. Al verlos inmóviles, “llegaron decenas de emisarios. Procedían del Comité para la Lucha, de soviets de distrito, fábricas, guarniciones; venían delegados de la Tsentroflot, del Comité Naval, de la tripulación de la Segunda Flota del Báltico. Y también llegaron lugareños. Atravesaban los matorrales y aparecían de entre los árboles, acercándose al tren sibilante. Venían a agitar; a rogar a la División Salvaje que se resistiera a ser instrumentalizada por la contrarrevolución”. Es decir, venían a hacerlos pensar. Invitarlos a que dejaran de ser hablados y empezaran a hablarse. Que dejaran de repetir y empezaran a crear pensamiento propio.

Para pensar se necesita tiempo, se necesita escucha y se necesita una otra u otro, con quien debatir, condiciones que parecen una quimera si cada segundo que tenemos lo destinamos a las tecnologías del capital. Porque trabajamos con ellas, porque estamos quemadas y no nos queda cerebro para más, porque son un narcótico adictivo. Como la soga que oprime el cuello de la ahorcada, más hacemos con ellas, más se ciñe el nudo, menos podremos respirar. Si hay hoy una tarea para el campo de la emancipación es lograr que las condiciones que habilitan la capacidad de pensar vuelvan a ser una realidad para las grandes mayorías. Hacer que pensar vuelva a ser sexy.

Fuentes:

Víctor Serge, Memorias de un revolucionario, Carmen Castillo (prólogo), Jean Rière (edición, prefacio y notas), Tomás Segovia (traducción), Buenos Aires, Tinta Limón / Traficantes de sueños, 2023.China Miéville, Octubre. La historia de la revolución rusa, Antonio J. Antón Fernández (traducción), Madrid, Akal, 1917.
Rocco Carbone, Lanzallamas, Buenos Aires, Debate, 2024.
Rocco Carbone, Ultra, Buenos Aires, Sudamericana, 2025.
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Ana Ojeda

Ana Ojeda es escritora, autora de las novelas Vikinga Bonsai y Furor Fulgor, entre otras

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