“Que me vengan a embargar”, responde Mariela con un tono entre risueño y de resignación al contar que ya se consumió los créditos que le dieron la tarjeta de su banco, los plásticos no bancarios y los préstamos de las billeteras virtuales que tiene. Mariela es porteña. Vive en Ciudad Oculta, Lugano. Se dedica a la repostería, es madre de dos hijos en edad escolar, alquila una pieza por 400 mil pesos mensuales y banca todo sola porque el padre de los chicos aparece esporádicamente (y, cuando lo hace, lo cierto es que no ayuda mucho). Como cada vez se festejan menos cumpleaños y casamientos, y los que lo hacen son más austeros, el trabajo le bajó mucho. La forma que encontró para pagar sus cosas fue endeudarse. Ya no tiene donde hacerlo.
La madre de Laura se enfermó hace 6 meses de cáncer. La enfermedad está muy avanzada. Ella tuvo que viajar a Perú para acompañarla. El pasaje de avión le salió 500 mil pesos. La única forma que tuvo de conseguir la plata fue con un prestamista del barrio, hermano de una vecina, que le hizo precio. Suele cobrar un interés mensual de 40%, pero como llegó recomendada le entregó el dinero con un costo del 30%. La desesperación por la situación la llevó a aceptar las condiciones. No sabe cómo va a devolverlo. Trabaja de empleada doméstica de manera informal, tiene 4 hijos. Solo uno de ellos tiene trabajo. Vive en el Barrio 31 de Retiro, los alquileres son altos y con aumentos trimestrales, y sus posibilidades para buscar otros trabajos son muy pocas y malas.
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Reseñamos apenas dos ejemplos de las millones de personas que en todo el país están en una situación crítica como consecuencia de las deudas que se vieron forzadas a tomar para pagar sus cuentas. No es una novedad que la gente no llegue a fin de mes. Hay menos consumo, trabajos mal pagos y la inflación sigue siendo elevada, sobre todo entre los sectores populares. La única forma que encuentran los trabajadores para subsistir es tomando créditos donde pueden: los tradicionales préstamos personales bancarios, el financiamiento que promueven las nuevas fintech a un click o de los prestamistas barriales, cuando las alternativas “formales” se les agotaron.
Estamos entrando en la etapa donde la mayoría de las alternativas “formales” de acceso a crédito para sectores populares ya no son opción. Quedan prestamistas que tampoco regalan la plata, prestan a alta tasa a quienes tengan alguna posibilidad de pago (o algo para sacarles).
El INDEC en su informe sobre estrategias de manutención (2025) revela que más del 30% de los hogares de menores ingresos está endeudado, mientras que en los de altos ingresos esta cifra desciende al 18,5 %. El otro dato relevante es que mientras los hogares de altos ingresos recurren a bancos y financieras para acceder al crédito, los de bajos dependen de préstamos de familiares y amigos, en una proporción tres veces mayor. El INDEC señala en ese relevamiento que durante el primer semestre de 2025 uno de cada cuatro hogares argentinos se endeudó, mientras que en el estrato más bajo lo hizo uno de cada tres.
El último informe sobre morosidad del crédito bancario del Banco Central, muestra un aumento en ese indicador hasta superar el 12%. La cifra se vuelve más preocupante si se tiene en cuanta que el promedio en los últimos 10 años rondó el 4%.
El endeudamiento es un problema que crece en las familias argentinas y más en los sectores populares. El gobierno nacional minimiza el tema y no tiene previsto hacer nada para resolverlo. En el Congreso el oficialismo traba los casi 30 proyectos de ley que hay para abordarlo y en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires votó en contra de un proyecto que fue aprobado el pasado 18 de junio. Es urgente encontrar una salida sustentable y con acompañamiento estatal para que las familias se desendeuden de manera ordenada y no traumática. El pueblo argentino no tiene un Scott Bessent que lo rescate como al gobierno de Milei.
